Con el paso cambiado

Como habría dicho Javier Marías, “no he querido saber, pero he sabido” que desde hace algunos años anda flotando en formato .doc, lista para la descarga, una antología de relatos cortos, titulada Cuentos españoles contemporáneos del siglo XX, en el que aparece mi relato La bondad del Invierno.

Es lo que tiene Internet, que depara esta clase de sorpresas. Ignoro quién es el espontáneo compilador de esta colección de cuentos,  la persona a la que debo el dudoso honor de encontrar mi nombre junto al de algunos de los más destacados cultivadores del relato breve en español. En todo caso, sea quien sea esta alma cándida y predispuesta, quiero hacerle llegar mi agradecimiento por la inclusión de que me hace merecedor en su humilde antología, si bien creo que me corresponde añadir una nota marginal, a modo de aclaración aguafiestas, en mi propio texto.

El relato La bondad del Invierno es el resultado de una obsesión. En cuanto a lecturas, prácticamente todo el año 2001 lo dediqué a informarme, de manera compulsiva, sobre la Guerra Civil Española. No sé cuántos libros me llegué a leer sobre el célebre conflicto durante esos meses, pero sin duda fueron muchos, lo que me ha terminado por provocar, a la larga, cierto empacho y hasta cierto recelo hacia todo “lo nuevo” que se escribe sobre tan delicado y manido tema. Qué sé yo por qué ocurrió, pero lo cierto es que aquel año me dio por ahí… y uno de los asuntos que más despertó mi curiosidad fue el relacionado con las guerrillas antifranquistas (los llamados maquis) que, de manera más o menos organizadas, trataron de resistir en algunas zonas de España hasta bien entrado los años cincuenta, con algún caso aislado aún en los sesenta.  Pero el cuento en cuestión, largamente planeado, contado una y otra vez en mi cabeza, no lo llegué a escribir hasta el mes de julio del año 2002. De modo que, en rigor, el relato incluido en la antología es un texto escrito ya en el siglo XXI, y no en el XX, lo que quizá lo convierte en la nota discordante de la colección, y a su autor, en este caso yo, en el típico soldado que, en medio de un desfile se descubre marchando, a la vista de todos, con el paso cambiado.

 Los relatos cortos incluidos en dicha antología son estos:

La primera gripe de Adán, de Bernardo Atxaga
Acerca de la muerte de Bieito, de Rafael Dieste
Navidad sin ambiente, de Miguel Delibes
El cuento de nunca acabar, de Ofelia Dracs
El Niño-Lobo del Cine Mari, de José Mª Merino
A modo de Sonata, de Alfredo Conde
La lengua de las mariposas, de Manuel Rivas
El árbol de oro, de Ana Mª Matute
El bonito crimen del carabinero, de Camilo José Cela
El paraíso era un autobús, de Juan José Millás
El tren que no conduce nadie, de Francisco Garcia Pavón
¿Cómo te quiere él?, de Maruja Torres
Peor que la muerte, de Eduardo Vaquerizo
Televisión basura, de Manuel Vázquez Montalbán
Con la técnica de Lovecraft, de Joan Perucho
El regreso, de Rafael Diester
El caracol del jardín misterioso, de Raúl Torres
El inquisidor, de Francisco Ayala
La confesión, de Miguel Ángel Mañas
El jardín de la Alegría, de Francisco Escobar Bravo
María, de Manuel Talens
El alma en pena de Fiz Cotobelo, de Wenceslao Fernández Flórez
Entre el Cielo y el Mar, de Ignacio Aldecoa
Lenta es la luz del amanecer en los aeropuertos prohibidos, de A. Pereira
El caballero, de Álvaro Cunqueiro
La bondad del invierno, de Agustín Celis
Un curioso intercambio, de Juan José Millás
El reincidente, de Rafael Sánchez Ferlosio
Los chicos, de Ana Mª Matute
Los límites de la inocencia, de Salvador Company
Los hermanos «Dosenuno», de Patxi Irurzun
Sybil Vane, de Carmen Martín Gaite
Ragnarok en las playas de Ítaca, de Rafael Marín
Modelados en barro, de Alicia Giménez Barlett

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La bondad del invierno recibió el Premio Unión Latina de Cuento 2002, en el Concurso Internacional de Relatos “Juan Rulfo”, concedido por Radio Francia Internacional y la institución Unión Latina. El jurado que lo otorgó estaba compuesto por Fernando Aínsa, Miquel Barceló, Silvia Barón-Supervielle, Rubén Bareiro Saguier, Jorge Edwards, Claude Fell, Javier Fernández, Mercedes Iturbe, Alexis Márquez, Laura Mazzolo, Julio Ortega, Manuel Rivas, Patrick Rosas, Luis Sepúlveda, Aline Schulmann, Paco Ignacio Taibo II y Jorge Volpi

Un curioso aniversario

Ayer hizo cinco meses que escribí por última vez en este blog. Otros asuntos me han tenido ocupado, alejado y disperso. Para qué, me he preguntado en más de una ocasión. Y aunque a veces he estado tentado de retomarlo, acicateado por la realidad, al final siempre me ha terminado venciendo la pereza, la desgana y el cansancio. También la indiferencia. Esta noche, sin embargo, he regresado a casa con ganas de ponerme a escribir. Hace un rato venía en el coche pensando en ello. Regresaba de una fiesta de Halloween en Sanlúcar, donde he pasado la tarde y la noche, como acostumbro hacerlo siempre en esta fecha, en compañía de unos amigos. Mi hijo Darío y mi sobrina Cristina iban detrás dormidos, agotados de tanta risa y tanto miedo como han gastado hoy. Yo iba solo conduciendo delante, de camino a casa, atento a los peligros de la carretera sin una sola alma, pensando.

Hoy es aún 31 de octubre. Esta noche es Halloween. Mañana será el día de todos los santos. Inevitable no pensar en algunos ausentes. En los más recientes sobre todo: en Melero, en Maruchi, en mi primo Javier. Iba conduciendo pensando en ellos. También en la fiesta en la que he estado, en la casa del terror en la que me he adentrado llevando de la mano a mi sobrina, que estaba deseosa de que le dieran un susto. Darío se quedó fuera con un amigo porque le daba demasiado pavor; esa mezcla de fascinación y miedo que experimenta un niño de cinco años que empieza a sentir la atracción por lo abominable. Bendita atracción.

En todo eso pensaba hace un rato de camino a casa, en el coche, cuando de manera caprichosa, a traición, sin preverlo ni buscarlo, se me ha impuesto una fecha que ahora ya aquí, en casa, gracias a San Google, patrón de los perdidos, ha convertido esta noche en la noche en la que se cumple un curioso aniversario que me apetece recordar aquí y ahora.

Pensaba escribir sobre lo mucho que me gusta la milenaria fiesta pagana de Halloween y por qué me parece digna de celebración, pero creo que lo voy a dejar para otra ocasión, para otro año. En su lugar voy a festejar este momento. El momento en el que he descubierto y recordado que esa fecha que ha cruzado por mi cabeza era exacta y banal. 31 de Octubre de 1971. Supongo que nadie recuerda ya ese día ni lo que en él ocurrió. Pero yo sí, porque ese día tuvo lugar un suceso que hace algo más de diez años me entretuvo ocupado unas horas buscando información para un texto que luego formaría parte del primer libro que yo escribí. Y aunque ese libro ahora me parece muy malo, algunas de sus páginas me siguen divirtiendo y es bueno que así sea. Hoy sé que no las escribiría, pero a la vez me alegro de haberlas escrito. Qué sé yo…, me resulta curioso que alguna vez me llegara a interesar un asunto como el que hoy quiero recordar en esta entrada, por banal que resulte.

El 31 de octubre de 1971 tuvo lugar la insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona. Y cuarenta años más tarde, por esas cosas que pasan, me ha resultado extraño, curioso y extravagante descubrir que, si a San Google se le pregunta por el suceso en cuestión, lo primero que sale es el texto que yo escribí para mi libro de curiosidades.

 

El Cipote de Archidona

Camilo José Cela y Alfonso Canales calificaron este suceso como La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona. El episodio resulta espectacular y por eso lo refiero en esta colección de curiosidades. Para una mayor y más detallada información sobre el caso remito al lector al divertidísimo libro antes mencionado.

Ocurrió en Archidona, provincia de Málaga, el 31 de Octubre de 1971. Era ya de noche y en el cine del pueblo una pareja de novios disfrutaban viendo juntos una película musical de moda en la época. No ha quedado constancia de los motivos que incitaron a la protagonista a hacer lo que hizo, pero se sospecha que quizá la música, o alguna escena o incluso el encanto del momento propiciaron que ella tomara aquella decisión. Más tarde declaró que no sabía el cómo ni el porqué. Quizá a su novio no le sorprendió tanto que la mano de ella hurgase en su cremallera aquella noche, quizá ya era un hábito que habían adquirido e incluso una costumbre. El chico, a quien llamaremos A.A.M. tal y como aparece en el fallo que dictaminó el juez, debía de ser consentidor y hasta generoso. No opuso el menor obstáculo cuando a ella se le ocurrió comenzar los toqueteos, se dejó hacer complacido, probablemente arrellanado en el asiento, que debía de ser cómodo. No previó las consecuencias que el laborioso ejercicio de su acompañante, a quien llamaremos P.B.A, podía tener. Todo parece indicar que la voluntad de ambos se hallaba exclusivamente centrada en el goce. No hay dudas al respecto; la ejecución de ella fue espléndida. A menudo en este caso se ha tendido a olvidar el importantísimo papel que jugó la chica para mayor gloria de su novio, a quien Cela llamó muy acertadamente “honra y prez de la patria y espejo de patriotas”. Debemos reivindicar no obstante el celo apasionado y la vehemencia desprendida con que ella remató tan delicada tarea.

Me parece conveniente copiar las palabras con que Alfonso Canales resume el momento culminante de la noche. Aparecen en una carta que dirigió a Cela el 3 de febrero de 1972:

“El caso es que, en arribando al trance de la meneanza, vomitó por aquel caño tal cantidad de su hombría, y con tanta fuerza, que más parecía botella de champán, si no geiser de Islandia”.

Como este asunto fue llevado esa misma noche a la judicatura, ha quedado escrito que el chaparrón seminal salpicó a los espectadores de la fila trasera e incluso a los de la posterior. Comenzaron los gritos de extrañeza, alguien encendió la luz, identificaron la naturaleza indudable de las manchas y se hizo el escándalo. La novia que enrojece al verse sorprendida in fraganti, el novio avergonzado que trata de ocultar sin conseguirlo el cuerpo del delito, un prestigioso industrial que se queja del espectáculo al ver que su terno recién estrenado ha sido víctima de la eyaculación, una señora de la alta sociedad archidonense que estalla en gritos de histeria tras descubrir gotas de semen en su cabello, y por todo el cine voces indignadas, insultos malsonantes, palabras de indecencia en las bocas de los afectados, preguntas sin respuesta y seguro que más de una sonrisa jocosa en labios comprensivos.

Lo que resta del suceso tiene un color semejante a un auto de fe: una causa que se abre, un proceso que se estudia a conciencia, un juez que dicta sentencia y una moral que de nuevo impone su ley con el matrimonio honesto, intuitivo y urgente de los inculpados.

Tres décadas después, y visto con perspectiva, este glorioso suceso quizá no sea otra cosa que una anécdota simpática de los últimos años del franquismo en España. Pero en su día fue todo un escándalo con abundante publicidad, el libro que hizo Cela y el rodaje posterior de una película, por cierto, malísima.

Hago mías las palabras de Don Camilo en su carta respuesta a Alfonso Canales del 7 de febrero de 1972:

“¡Bendito sea Dios Todopoderoso, que nos permite la contemporaneidad con estos cipotes preconciliares y sus riadas y aun cataratas fluyentes! Amén. ¡Viva España! ¡Cuán grandes son los países en los que los carajos son procesados por causa de siniestro!”

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Publicado en Historias Curiosas, Ed. Añil, Madrid, 2001

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Enlace web: Cela comenta la insólita hazaña

Guárdate de los Idus de marzo

Nací tal día como hoy de hace ahora treinta y siete años. Siempre me complació saber que para los romanos era una fecha de buen augurio. Los Idus de marzo los llamaban ellos. Desde el año 44 a. de C. es también el día en el que asesinaron a Julio César, probablemente el más conocido magnicidio de toda la historia.

 

Busto en piedra de Julio César

 

La Muerte de Julio César

“Guárdate de los Idus de Marzo” era el consejo con que un agorero romano llevaba días saludando a Cayo Julio César, que por aquel entonces ya había sido nombrado rex sacrorum, máximo cargo religioso de Roma. Lejos estaba el hombre más importante de su tiempo de imaginar que aquel 15 de marzo del año 44 a. de C. iba a ser su último día.

La descripción que de él nos ha llegado es la de un hombre excepcional: un astuto político, un hábil estratega militar, un escritor talentoso y un amante con notable atractivo personal. Era aclamado por las multitudes y respetado por sus enemigos, con quienes se mostraba magnánimo. Su desmedida ambición le hizo disfrutar de los honores más altos, como el consulado vitalicio, la dictadura perpetua y el dictado de Padre de la Patria, entre otros honores. La historia se ha encargado de cuidar la memoria de su muerte, que pasa por ser el magnicidio más famoso de todos los tiempos.

Los elementos dramáticos que se acumulan alrededor de su muerte, no exenta de cierta ironía, merecerían figurar en una nueva historia universal de la infamia. El escenario es bien conocido. Suetonio, Plutarco, Shakespeare o Goethe, entre otros, recrearon con pequeñas variaciones los últimos momentos de la vida de César. En todos ellos hay un héroe, una advertencia, una conjura, dos infames cabecillas y 23 puñaladas asestadas en un cuerpo que cae muerto a los pies de la estatua de su máximo rival, amigo, yerno y en los últimos tiempos peor enemigo, Cneo Pompeyo Magno, asesinado en Egipto cuatro años antes.

Quiere la historia o la leyenda hacer de la muerte de César un brutal sarcasmo. Dicen que la noche previa fue ventosa y que su mujer, Calpurnia, gemía en sueños mientras él se levantaba sobresaltado por el ruido de puertas y ventanas, que se abrieron con violencia. Dicen que Calpurnia le rogó que no acudiera aquella mañana al Senado, y que él se burló de las supersticiones de ella como antes lo había hecho de los finalmente inútiles pero fatales avisos del agorero. Dicen que de los 60 conjurados dos eran los cabecillas, Cayo Casio Longino y Marco Junio Bruto, y que por despecho y ambición conspiraron contra la vida de César, pese a ocupar puestos de confianza muy cercanos a él.

El lógico desenlace tuvo lugar junto al Pórtico de Pompeyo, en pleno Campo de Marte. Estaba previsto que 20 senadores, de lo 60 conjurados, portaran dagas entre los pliegues de sus túnicas y que descargaran al menos un golpe cada uno, de modo que la responsabilidad del asesinato fuese colectiva. El plan se llevó a cabo con rigurosa precisión. Marco Antonio, el brazo derecho de César aquel año, nada pudo hacer para impedir el crimen desde la puerta donde fue entretenido por algunos de los instigadores. Entre tanto, uno de ellos, Tulio Cimbro, quizá aprovechando la fama de magnánimo con sus enemigos de que gozaba César, lo retuvo en un aparte para pedirle que perdonase a su hermano, que estaba en el exilio, en tanto que los otros aprovechaban la ocasión y el descuido para rodear a la víctima.

El resto está escrito en más de una obra maestra. Casi todos los autores de la antigüedad están de acuerdo en que fueron 23 las puñaladas recibidas, de las cuales al parecer sólo una fue mortal, precisamente la que le asestó Marco Bruto inmediatamente después de que Julio César pronunciara sus últimas palabras, que contraen aún más la tensión trágica de este curioso episodio histórico.

Julio César se ganó en vida fama de tipo duro con las mujeres. Tuvo numerosas amantes, de entre las cuales tal vez sea Cleopatra la más conocida. Pero también sedujo a las esposas de muchos de sus colaboradores. Postumia, la esposa de Servio Sulpicio; Lolia, la de Aulo Cabinio; Tértula, la de Marco Craso y Mucia, la de Cneo Pompeyo, gozaron de sus favores. Pero dicen que fue una tal Servilia, la madre de Marco Bruto,  la mujer por la que el rex sacrorum manifestó durante toda su vida una mayor pasión. Quizá  esto explica esas últimas palabras de César que nos da Shakespeare: “¿Tú también, Bruto?”.  O esas otras de Suetonio, aún más dramáticas: “¿Tú también, hijo mío?”

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Texto publicado en Historias Curiosas, Agustín Celis, Ed. Añil, 2001.

 

 

Una anécdota austeriana

 

Destino: Sixty-Three, de Salvador Dalí, 1947. Serigrafía para el corto de animación "Destino" - Dalí, Walt Disney

 

Para Eduardo Suomi

¿Quién es Eduardo Suomi? Digamos que un conocido mío, aunque nunca lo he visto, alguien del que sé algo, poco en realidad, pero que según parece a veces merodea por este blog. ¿De qué lo conozco? De la página web de Antonio Muñoz Molina, donde ambos somos contertulios, un lugar apacible dentro de la Galaxia Internet frecuentado por un grupo de personas a las que les interesa la literatura, el cine, la música, la política, y en general cualquier tema que despierte la curiosidad de los allí congregados, un sitio de encuentro que va pareciéndose cada vez más a una peña cultural y recreativa y que perfectamente podría llamarse Muñoz Molina Social Club, pero que por deseo expreso de quien lo tutela se llama Escrito en un instante.

¿Por qué se me ha ocurrido dedicarle esta entrada a Eduardo? Muy sencillo. Hoy me ha dado por echarle un vistazo a las estadísticas del blog y he comprobado que en los tres meses que lleva abierto ha recibido un total de 1625 visitas. Ignoro si son muchas o pocas, no tengo nada con qué compararlo, pero lo cierto es que las 17 entradas que he publicado hasta ahora han merecido 13 comentarios, de los cuales 3 son míos, en respuesta agradecida, por diversos motivos, a quienes tuvieron a bien dejar aquí un testimonio de su paso, en total 7 personas. Una de ellas es Eduardo, que comentó el post titulado El Otro, el Mismo, una especie de microcuento que escribí acordándome de Borges pero que a Eduardo le recordó a Paul Auster, y más concretamente “al primer Paul Auster”, según dice él.

Pues bien, hoy he vuelto a leer su comentario y me he dicho que sin duda tiene razón. Supongo que se refiere al arranque de Ciudad de Cristal, aunque también puede que se refiera al último de los relatos que figuran en su Cuaderno Rojo, una plaquette de textos sobre el azar a los que tan aficionado es el neoyorquino, un hombre en permanente estado de alerta ante los imponderables del destino, esas rarezas fortuitas con las que a menudo nos sorprende la realidad. Y pensando en todo esto que digo he pasado la tarde hasta que me ha venido a la memoria una anécdota personal que me ha hecho coger el cuaderno donde a veces escribo algunas ideas y empezar a redactar esta historia, ignorando el ataque de presunción intolerable que me hace emular, una vez más, a uno de los autores a los que más admiro.

Hará unos quince años, la que ahora es mi mujer y yo estábamos tirados en el césped de la piscina de la urbanización Valdemar de Valdelagrana, una zona residencial de El Puerto de Santa María en la que solemos pasar las vacaciones de verano. Recuerdo perfectamente el libro que cada uno estaba leyendo en ese momento; ella, el Tres tristes tigres de Cabrera Infante, que la tenía entusiasmada; yo, El metro de platino iridiado de Álvaro Pombo, que en realidad no me estaba gustando.

Fue entonces cuando Sandra levantó la cabeza del libro y me hizo una de esas preguntas que lo cogen a uno desprevenido y a la que no se sabe bien qué responder. Ignoro si fue la lectura de Cabrera Infante lo que le sugirió la pregunta, pero supongo que sí. Algo relacionado con eso debía de estar leyendo para que de pronto se le ocurriera hacerme la pregunta que me hizo. ¿Cuál era el recuerdo más antiguo del que yo guardaba memoria?

Tardé un buen rato en contestarle. La verdad es que nunca me lo había planteado. Así que urgué en mi cabeza y al cabo de unos minutos le dije que recordaba una mañana en la guardería en la que jugamos al juego de las manzanas. Eran apenas unas cuantas imágenes dispersas, no un recuerdo definido. Una de las monitoras me tapó los ojos con un pañuelo, me ató las manos con una cuerda y me colocó delante de una manzana que yo debía comerme a mordiscos.

Cuando se lo conté, Sandra se incorporó sorprendida, me miró con los ojos muy abiertos y me aseguró que su recuerdo más lejano era exactamente el mismo, el del parvulario al que asistió siendo niña, aunque ella llegó a concretar que fue en la fiesta de fin de curso donde uno de los juegos que más divirtieron a los críos era ese de las manzanas.

Fue una agradable coincidencia, un capricho del azar que nos unía, pero poco más, eso no significaba nada, era imposible que se tratara del mismo centro y ni siquiera del mismo año, puesto que Sandra es dos años mayor que yo, y aunque ambos nacimos en la misma ciudad, Jerez de la Frontera, cada uno era de un barrio distinto; yo, de la Barriada de la Granja, una zona obrera completamente rodeada de campo, en el extrarradio; ella, de la Barriada de Las Torres, en la otra punta de la ciudad, donde el Ministerio de la Vivienda había construido en los años setenta unos bloques de pisos de protección oficial destinados a funcionarios del Estado, sobre todo militares y maestros.

Cuando llegó la hora de comer, Sandra y yo recogimos nuestros bártulos y nos subimos al piso de mi suegra en Valdelagrana, y entonces fue cuando comenzó el interrogatorio a su madre. ¿En qué año estuvo en la guardería de la señorita Loli? ¿Dónde estaba esa guardería? Y sobre todo, ¿por qué fue a esa guardería y no a otra?

El curso en cuestión fue el de 1977 / 1978, y la guardería la única que había por aquel entonces en la Barriada de la Granja, en una plazoleta situada a escasos metros del colegio Elio Antonio de Nebrija, donde la madre de Sandra y su marido eran maestros de la antigua EGB.

En octubre de 1977 murió el padre de Sandra, y la que después sería mi suegra decidió, con muy buen criterio, matricular a sus tres hijos, que habían nacido de manera escalonada en tres años consecutivos, en el jardín de infancia que tenía más cerca de su lugar de trabajo, con el fin de poderlos recoger al final de la jornada. De modo que sí, se trataba del mismo lugar en el que yo estuve, pero seguía sin estar clara la coincidencia de fechas.

Entre las muchas cosas que Sandra y yo compartimos, se encuentra el hecho casual de tener cada uno una hermana con problemas cardiacos; la de Sandra, lo que llaman una transposición de los grandes vasos y las grandes arterias, naturalmente corregida, que según tengo entendido la convierte en un caso excepcional, no sé si único, dentro de la medicina española; la mía, una cardiopatía congénita denominada Tetralogía de Fallot, que le fue corregida siendo niña en una operación a corazón abierto que tuvo a mis padres en vilo durante muchos años. Si ahora cuento todo esto lo hago únicamente para dejar constancia de los enredos del azar, pues precisamente es mi hermana Lourdes la pieza clave que ha de desvelar la imagen que oculta este curioso puzzle.

Una vez que la madre de Sandra nos confirmó el curso en cuestión, agarré el teléfono y llamé a mi hermana, quien me puso al día del tinglado familiar que procuró mi ingreso en aquella misma guardería.

A finales de abril de 1977 nació mi hermano Antonio. Luego, en 1981, llegaría mi hermana Ani, convirtiendo la casa de los Celis en una familia numerosa de cinco hermanos que contribuía generosamente con el boom de natalidad de la época. Pues bien, aquel curso 77 / 78 debió de ser especialmente duro para mis padres, al fin y al cabo dos treintañeros con cuatro hijos en el mundo y, para más inri, uno recién nacido. Los dos mayores, David y Lourdes, estaban ya en edad escolar, así que el primero entró en el colegio de Nebrija y la segunda lo hizo en la clase de parvulitos de la guardería del barrio.

Ahora bien, a principios de 1978 los médicos que seguían el complejo caso de Lourdes decidieron que había llegado el momento de operarla. Gracias a la memoria familiar sé que fueron meses de preocupación constante y de miedo, con muchos viajes de mis padres a Madrid, donde en el Hospital de la Paz mantuvieron ingresada y en observación a mi hermana, haciéndole toda clase de pruebas. Por suerte, en casa contábamos con la ayuda y la presencia permanente de mi abuela María, que cuidaba de nosotros durante la ausencia de mis padres. Pero háganse cargo de la situación. Era una mujer de setenta y dos años la encargada de llevar cada mañana al colegio a un niño de siete años, y de hacerlo además en compañía de otro a punto de cumplir cuatro, que imagino iría de la mano, pasito a pasito,  y de otro más que aún no había cumplido uno, que lo haría en un carrito o en una sillita. Así que supongo que resulta comprensible que mi abuela María moviera cielo y tierra, hablando con quien hubiera que hablar, para conseguir que el niño de tres años, que era yo, ocupara la plaza de su hermana en aquel jardín de infancia, aprovechando así, de paso, la matrícula ya pagada.

Por fin, en la primavera de 1978 operaron a Lourdes, y aunque la intervención fue todo un éxito, debido a la convalecencia posterior no pudo acudir a aquella fiesta de fin de curso en la que también estuvo Sandra. En su lugar asistí yo, y fui también yo quien se comió su manzana. Pero lo curioso y sorprendente de todo este asunto, lo que lo convierte en una anécdota austeriana, es que ninguno de los dos deberíamos haber estado allí, y solo por una serie de contingencias del azar así fue como ocurrió. Solo porque se dio la coincidencia de que en el mismo curso escolar murió el padre de Sandra y a mi hermana la operaron del corazón, se dio la casualidad de que los dos estuvimos juntos en el mismo sitio durante unos meses, siendo aún muy niños.

Esta es la historia que el comentario de Eduardo Suomi me ha hecho hoy recordar. Y de ahí que merezca la dedicatoria que encabeza este escrito.

Muchos años más tarde, en 1993, Sandra y yo volveríamos a coincidir en la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz. Ella en segundo de carrera, yo en primero.

Érase una vez en América

En 1492 Cristóbal Colón descubrió las tierras que más tarde serían bautizadas con el nombre de América. Según dicen, él no llegó a saber nunca que donde había llegado era una tierra nueva, virgen, nunca pisada antes por el pie del hombre occidental. Creía solo haber demostrado con su aventura que la tierra era redonda y que viajando hacia occidente se podía llegar a las Indias Orientales. Y lo demostró. Llevaba dos décadas estudiando esta posibilidad y hay pruebas fiables que demuestran que antes de emprender su viaje ya sabía con seguridad que avistaría tierra firme.

En 1477 Cristóbal Colón viajó por Inglaterra e Islandia, tierra de vikingos, y no es extraño que allí le fueran reveladas las famosas sagas de Erik el Rojo, donde se narra cómo su hijo Leif descubrió unas tierras fértiles al oeste de Groenlandia y a las que él dio el nombre de Vinlandia, por la abundancia de vides que en ellas crecían. Esto ocurrió en algún momento entre el año 997 y el 1003, casi quinientos años antes que Colón.

La historia comienza con la expansión territorial de los vikingos a través del atlántico norte, desde sus tierras noruegas. Esta expansión fue posible gracias a un cambio climático que suavizó las temperaturas y facilitó que los vikingos iniciaran la colonización de Islandia hacia el año 870, donde se establecieron definitivamente y donde constituyeron la primera asamblea democrática de la Europa medieval, el Althing.

Tres diferentes rutas de navegación a Groenlandia, Vinland (Newfoundland), Helluland (Isla de Baffin) y Markland (Labrador) recorridas por diferentes personajes en las sagas islandesas. Fuente: Wikipedia.

Cuentan que alrededor del año 975 llegó a Islandia un individuo de pelo rojizo y malas pulgas llamado Erik el Rojo, procedente de Noruega, de donde fue expulsado por homicidio, y que se estableció en aquellas tierras con su familia hasta que el Althing decidió su destierro en el 982 por un nuevo caso de asesinato. Al parecer se le fue la mano con un vecino que le disputaba la propiedad de una vaca. Erik el Rojo decidió navegar hacia el oeste, en busca de las tierras descritas por marineros que se habían extraviado a consecuencia de los vientos del Atlántico. Y así fue que pudo establecerse en Brattahlid, en el extremo sudoriental de Groenlandia. Su destierro duró tres años, y en el año 985 volvió a Islandia con la noticia de estas nuevas tierras descubiertas, llevando consigo a colonos con los que pobló la isla y con quienes creó los primeros puestos de avanzada.

Estaban iniciando una nueva vida en Groenlandia cuando llegaron noticias de un marinero que había avistado tierra un poco más al oeste, cruzando una zona salpicada de glaciares. Este marinero se llamaba Bjarni Herjolfsson. Fue él quien contó la historia de unas tierras verdes, ricas en cereales y vides, y quien describió su travesía al hijo mayor de Erik el Rojo.

Leif Eriksson. Sello emitido en Estados Unidos en 1968. Albergado en Wikimedia Commons bajo dominio público.

¿Se llamaba Leif Erikson el primer hombre en llegar a Norteamérica? ¿O debemos considerar a Bjarni como el descubridor de esas tierras? No lo sabemos. De cualquier modo fue Leif el primero en embarcarse con el propósito de explorar las tierras occidentales descritas por Bjarni. En su viaje hizo escala en Helluland, probablemente la tierra de Baffin,  en Markland, probablemente Labrador, y finalmente en Vinlandia, seguramente Terranova, aunque hay quienes han creído equivocadamente que podía corresponder a Nueva Escocia o Nueva Inglaterra.

Aunque esta historia se conocía desde hacía mucho tiempo gracias a las sagas islandesas, hasta 1960 no se descubrió el asentamiento nórdico en el pueblo pesquero de L’Anse aux Meadows, precisamente en Terranova. La pista del hallazgo lo dio un mapa islandés de hacia 1670 donde aparecía cerca de este pueblo un lugar llamado Promontorium Winlandiae, y que se rebeló efectivamente no como “el campamento indio”  que creían los lugareños, sino como ruinas de la era vikinga que posteriormente, al ser sometidas a las pruebas del carbono 14, resultaron fechadas entre el 980 y el 1020, coincidiendo así con las fechas en que Leif Erikson realizó su viaje a lo que él llamó Vinlandia.

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Publicado en Historias Curiosas, Agustín Celis, Ed. Añil, 2001.

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