Seguridades

Ese niñato que ven ahí sentado en el banquillo, con la mirada estremecida, recientemente asustado, extrañamente sorprendido por cuanto ahora le ocurre, en el fondo es un joven rebosante de seguridad. Absorto en la embrutecedora ignorancia de sí mismo, nunca le dio por confrontar sus propias acciones con la realidad. Nunca oyó el sonido de sus pasos. Nunca leyó en la mirada de los otros una desaprobación, una crítica o una condena. Quizá nunca la hubo. Quizá no le enseñaron a leerlas.

Ahora pretenderán ocultarlo, pero la verdad es que este jovencito no es más que otro ejemplo de un producto manufacturado en serie, diseñado con troquel, adiestrado con firmeza en la abdicación absoluta de la responsabilidad personal. Aun hoy, cuando sentado en ese banquillo espera el fallo que ha de condenarlo o absolverlo, puede que no tenga claro el motivo por el que un día fue arrestado. Quizá no entienda siquiera, cabalmente, cuál es su culpa. El grado de responsabilidad que tiene en la desgracia que provocó a otros.

En realidad no importa el delito. Rellénese en la línea de puntos el que corresponda a la causa: ………………………… Sobran los ejemplos: robo, allanamiento, intimidación, agresión con arma blanca, homicidio, asesinato, violación… ¡Qué más da!  Eso al menos debe de pensar él y sus iguales.

Lo que importa, lo que quedará al cabo, lo que un día será contado, es la sorpresa social, el desconcierto, estupor o asombro con que fueron acogidas en su día las respuestas del joven a las autoridades que le interrogaban. A todos sorprendió la farsa y el cinismo, la doblez de sus respuestas, las mil formas de eludir la verdad, sin mirarla nunca de frente, el repertorio de amaños para que el delito quedara impune, la capacidad para inventar mentiras, el talento para la mendacidad. Como un niño que jugara sin riesgo a inventar el horror. Parecía adiestrado para ello. Cualquiera diría que se lo enseñaron en casa, cuando se salía siempre con la suya protegido por papá y mamá. Cualquiera diría que reforzaron  en la escuela ese inicial aprendizaje, cuando se habituó a observar que nunca pasaba nada, que nada era punible, que palabras como prohibición, deber o autoridad no tenían significado alguno. Que la palabra infracción no existía. Que nada importaba ni valía porque tampoco nada tenía consecuencias.

Y al cabo esa es la seguridad que impera. En realidad no pasa nada. Puede estar seguro. A pesar de la farsa de juicio que hoy lo importuna, más la indignada mirada de tantos, en el fondo puede estar tranquilo. No tiene nada que temer. Pese a los seiscientos años y un día que el fiscal está dispuesto a pedir para que se pudra en la cárcel. No pasa nada. Sus abogados se lo han asegurado. Sea cual sea la condena…, por elevada que sea…, en realidad no cumplirá más de cuatro o cinco años. ¿Quién no se porta bien en una cárcel? En el fondo, tiene la seguridad, porque se lo han dicho sus abogados, de que le terminarán rebajando la pena por buena conducta, tras realizar, pongamos por caso a modo de ejemplo frívolo, un cursillo de dibujo técnico.

Vendetta

Estatua de Palamedes esculpida por Antonio Canova

Homero no recogió el suceso en sus dos célebres poemas, pero sí lo hicieron más tarde Filóstrato y Eurípides, entre otros.

Cuando las naves griegas comandadas por Agamenón alcanzaron las costas de Troya, se le encomendó a Odiseo que acudiera a Tracia en busca de víveres, pero Odiseo, quizá por desidia, volvió de la expedición con las manos vacías. Entonces Palamedes, el rey de la isla de Eubea, lo ridiculizó delante de todos acusándolo de cobardía, tal y como ya había hecho en una ocasión anterior, cuando, queriendo rehuir Odiseo el peligro que suponía partir hacia la guerra, fingió estar completamente loco y no reconocer a quienes habían ido a Ítaca para reclutarlo.

Agamenón, Menelao y Palamedes encontraron a Odiseo disfrazado de campesino, arando el campo con un asno y un buey. Consciente de que se trataba de un simple ardid, Palamedes ideó la forma de desenmascarar al impostor. Para hacerlo, arrebató al pequeño Telémaco de los brazos de Penélope y lo dejó en tierra delante de los animales que continuaban avanzando. Para salvar a su único hijo de una muerte segura, a Odiseo no le quedó otro remedio que descubrirse y mostrar a las claras que había tratado de engañarlos.

Desde ese mismo momento, Palamedes y Odiseo son enemigos irreconciliables. Homero no lo cuenta. Tal vez nunca lo supo. Pero con toda probabilidad su futuro héroe de la Odisea exhibió una sonrisa esquinada y trató de calmar los ánimos de los presentes, que no entendieron su comportamiento, tan poco valeroso. Tan indigno. También Palamedes lo ignoraba, pero no cabe duda de que aquel día firmó su sentencia de muerte.

La ocasión para la venganza se le presenta a Odiseo al regresar de Tracia con las manos vacías. Por segunda vez es humillado por alguien más valeroso pero menos astuto y,  consciente de lo que va a ocurrir, reta a Palamedes para que salga en busca del forraje que él no ha sabido traer.

-Si hubieras ido tú no habrías tenido más suerte –le dice.

Recogiendo el envite, cayendo en la trampa, Palamedes zarpa inmediatamente y vuelve al poco tiempo con una nave cargada de grano. Satisfecho y orgulloso, pero vencido sin saberlo, pues este es precisamente el triunfo que subraya la desgracia que va a acabar con su vida.

La pequeña victoria de Palamedes es la que lo condena a muerte. Sabiéndose de nuevo insultado, Odiseo tiene ahora dos razones para tramar la caída de aquel que se ha ido convirtiendo en un enemigo silencioso. Le bastarán dos días y dos noches para armar un plan infalible. A la mañana del tercer día se vale de la superstición para movilizar a todo el campamento. Y con certeras palabras envenena la mente de Agamenón.

-Esta noche –le dice-. Los dioses me han revelado en sueño que hay un traidor entre nosotros. Debemos movilizar a las tropas por un día para descubrirlo.

Así se hace. Al caer la noche, Odiseo aprovecha para esconder una bolsa llena de oro en el lugar en el que estuvo la tienda de su enemigo. Luego obliga a un prisionero frigio para que escriba una fingida carta de Príamo, el rey de los troyanos, a Palamedes, en la que deja constancia de las condiciones del acuerdo:

El oro que te envío es el pago por tu traición.

Una vez escrito el comunicado, Odiseo da muerte al prisionero y lo deja abandonado en mitad de la explanada, con la infame misiva entre sus ropas.

Al día siguiente las tropas de los aqueos vuelven a ocupar el lugar de su anterior emplazamiento, y es entonces cuando, no se sabe si por azar o por mandato, uno de los vigías haya el cadáver del prisionero frigio y entrega el mensaje a Agamenón.

Incapaz de comprender los motivos ocultos de una acusación tan grave, Palamedes se limita a negarlo todo. Hasta el último momento, quizás, no sabrá de dónde le viene el golpe. Para no delatarse, Odiseo trata de calmar los ánimos de todos intercediendo en favor de Palamedes.

-No es prudente acusar a un hombre sin las suficientes pruebas –dice.

Y así, con paciencia, con disimulo, con astucia, Odiseo sugiere sin decirlo que sea registrada la tienda en la que duerme Palamedes, donde hallarán el oro que lo condenará  a morir lapidado por traidor.

Problemas de identidad

¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?, de Paul Gauguin, 1897.

Siempre le gustó fantasear con la posibilidad de ser otro. Cansado de ser él mismo, se inventaba posibles vidas para sobrevivir; mentía con frecuencia. En alguna ocasión, para no incurrir en la vulgaridad de ser solo uno, se atrevió a invocar sobre sí a una multitud. Creerse múltiple e infinito fue para él mucho más que una ilusión. Sabía que también somos lo que los demás se obstinan en ver en nosotros; aquello que la mirada, con el auxilio de la imaginación, desea o decide que seamos cuando nos miran. Saberse querido u odiado eran solo contingencias estéticas, mudanzas de una misma trama, variaciones sobre el mismo tema.

Estoy seguro de que momentos antes de colocarse la soga alrededor del cuello debió de pensar en todos los hombres que había sido; en todos los que fue sin que nadie lo supiera. Quizá también en todos aquellos que dejaba de ser; en todos los que ya nunca sería.  Con la sonrisa esquinada en la boca debió de valorar el triste sarcasmo de que encontraran un solo cadáver. “Suicidio”, dirían todos. Nadie pensaría en el asesinato múltiple, en el atroz genocidio que estaba a punto de cometer.

Ahora sé que apretó el nudo con la turbia sensación de saberse vencido y no reivindicado. Rara vez había sido quien decía ser. Nunca fue quien quiso.

Juego con máscara

Salida de un baile de máscaras, de José García Ramos, 1905.

Como siempre, como a todos, toda la tarde lo estuve juzgando en silencio.

En el fondo sabes que tengo razón, lo que ocurre es que no te atreves a reconocerlo.

Durante horas que se me hicieron minutos repasó banalidades de primerísima actualidad. Más por curiosidad que por interés fingí gradualmente, sin pronunciar palabras, asombro, duda, confusión y alarma. Lo suyo se parecía demasiado a una arenga, a un discurso, a una homilía. Cualquiera que lo hubiese estado oyendo lo habría creído un loco, un exaltado, un fanático. En algún momento, un hombre peligroso.

Aquella fue la frase clásica que eligió para terminar su proclama. Seguramente comprendió que nunca me iba a convencer.

En el fondo sabes que tengo razón…

Asqueado de argumentar, cansado ya de tanto querer tener razones, opiniones, motivos, toda la tarde guardé silencio y lo dejé hablar, íntimamente de acuerdo con cuanto decía, hipócritamente en contra.

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