Falcone, 20 años

Ayer se cumplieron 20 años del brutal asesinato del juez Giovanni Falcone, probablemente el máximo rival con el que se topó la llamada Cosa Nostra siciliana durante las últimas décadas del siglo XX. Hoy me he dedicado a leer lo que sobre él se ha escrito en la prensa de los últimos días y me alegra saber que se le continúa considerando un referente ético en medio de la confusión. En una época en la que el sistema judicial de las democracias occidentales ha caído en el mayor de los descréditos, pienso que el caso de hombres como Falcone constituye un ejemplo a tener en cuenta para seguir confiando en el imperio de la Ley. De modo que, con esta página y este antiguo escrito, me apetece sumarme al homenaje que justamente se le viene rindiendo estos días.

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 GIOVANNI  FALCONE. UN JUEZ CONTRA LA MAFIA

 Antes de hablar del papel protagonista que el juez Giovanni Falcone tuvo en la lucha contra la Mafia siciliana debemos aclarar una cuestión de capital importancia. Si hoy por hoy podemos reseñar los éxitos de una serie de jueces italianos que prácticamente han acabado con el sistema criminal de la Cosa Nostra, ello se debe al original planteamiento con el que se enfrentaron al fenómeno mafioso, no sin antes superar numerosas dificultades aun con riesgo de perder la vida en el intento, tal y como ocurrió con Chinnici, Scopelliti, Saetta, Falcone, Borsellino y tantos otros. Y es que por primera vez en la historia de la lucha contra la criminalidad organizada, una serie de jueces,  pero sobre todo los magistrados que formaban el grupo Antimafia de la Fiscalía de Palermo, fueron conscientes de que para desarticular el entramado criminal con el que se enfrentaban había que coordinar todas los esfuerzos en una empresa de mayor enjundia, y que pasaba por imponer la ley a todo el complejo y podrido sistema de poder italiano en el que la criminalidad de la Cosa Nostra constituía sólo una parte. Sin duda fue el juez Rocco Chinnici el primero en advertir la necesidad de un nuevo planteamiento, pero debido a su asesinato en 1983, fue su sucesor en el cargo, el juez Antonino Caponnetto, quien formó el “consorcio” de jueces especializados en la lucha contra la mafia, coordinados entre sí con el propósito de compartir toda la información. Este “pool antimafia” estuvo constituido por Giovanni Falcone, Paolo Borsellino, Giuseppe Di Lello y Leonardo Guarnotta, a los que se unirían los magistrados Giuseppe Ayala y Giacomo Conte. Muchos años después, y tras algunos fracasos y no pocas intrigas de pasillo, se sumarían en la lucha contra la Mafia, con felices resultados, los jueces Guido Lo Forte, Roberto Scarpinato, Antonella Consiglio, Alfredo Montalto, Teresa Principato y muchos otros, hasta llegar a la última fase dirigida por Gian Carlo Caselli, el juez que envío al Senado la solicitud, en marzo de 1993, para proceder contra Giulio Andreotti por supuesta asociación mafiosa, y el responsable de las detenciones de los últimos grandes capos de la Cosa Nostra. Que una personalidad tan relevante en la vida política italiana como Giulio Andreotti fuera juzgado por sus coqueteos con la Mafia constituye la principal prueba de que la iniciativa emprendida por estos jueces no se limitaba únicamente a reprimir la criminalidad, tal y como se había venido haciendo durante más de un siglo, sino que su propósito era sentar en el banquillo a todo el sistema político mafioso.

Giovanni Falcone y Paolo Borsellino

Sólo teniendo en cuenta este original planteamiento, se puede entender las dificultades que debieron superar los jueces antimafia hasta culminar su proyecto. Y así las cosas, resulta imposible escribir el perfil de Giovanni Falcone sin repasar también todas esas dificultades.

En el tramo de tiempo comprendido desde que Giovanni Falcone llega al Palacio de Justicia en 1978 hasta su muerte en 1992, hay varios acontecimientos que van a marcar un antes y un después no sólo en la lucha contra la mafia, sino también en la propia concepción que de la mafia tenía la sociedad civil, pero sobre todo los jueces que se enfrentaban con ella.

Ya hemos nombrado la importancia que tiene el año 1983 con la creación del “pool antimafia” por iniciativa del juez Caponnetto. Por primera vez en la historia se instituía un organismo destinado a crear un mapa completo en el que contemplar el mundo de la mafia, un proyecto que en aquella época resultaba ambiciosísimo, pues para llevarlo a buen puerto no bastaba con reprimir la criminalidad, sino que había que golpear en el corazón de la Mafia, agrietando aquello que constituye su razón de ser y que la diferencia de otras organizaciones criminales, el rígido código de la omertà, la ley del silencio, el muro que se alza entre el universo ilegal de la Cosa Nostra y el universo legal del resto de la sociedad.

Sin duda ninguna esa fue la gran obra maestra de Giovanni Falcone. Con toda probabilidad, fue su conocimiento de la realidad siciliana lo que le hizo atisbar que había llegado el momento de intentar romper la omertà, pues la guerra que acababa de librar la mafia por causa de los corleoneses había dejado los suficientes espacios abiertos por los que poder penetrar en los secretos del sistema mafioso.

Sólo un año después de la creación del consorcio antimafia, el 29 de septiembre de 1984, Antonino Caponneto dio una rueda de prensa para informar de que el mafioso Tommaso Buscetta había accedido a hablar con el juez Giovanni Falcone. En el transcurso de aquellas conversaciones entre dos hombres de mundos paralelos, Tommaso Buscetta se revelaría como un auténtico torrente de relevaciones que abrió el primer gran agujero en el muro de la omertà. Con posterioridad, un número creciente de hombres de honor se declararon arrepentidos y comenzaron a colaborar con la justicia, proporcionando los datos necesarios para instruir el gran proceso a la mafia de 1986.

El llamado maxiproceso se inició el 10 de febrero de 1986 en la cárcel de Ucciardone, en una sala búnquer creada  para tal fin, y estuvo presidido por el juez Alfonso Giordano, con Giuseppe Ayala y Domenico Signorino como fiscales. Durante los casi dos años que duró el proceso, cientos de mafiosos fueron sentados en el banquillo, y cuando por fin se anunció la sentencia el 16 de diciembre de 1987, se impusieron 28 cadenas perpetuas y miles de años de cárcel para más de 300 imputados, aunque también 114 mafiosos fueron absueltos por falta de pruebas, entre ellos algunos de los más famosos criminales, como Luciano Liggio.

Sea como fuere, el macrojuicio a la Mafia se vivió como un gran logro de la antimafia, y durante un tiempo pareció que renacía la adormecida sociedad civil italiana. Durante esos años hubo innumerables manifestaciones contra la Cosa Nostra, en las escuelas públicas se abrían debates sobre la mafia, existía una creciente voluntad de saber y entender qué era por fin eso de la mafiosidad siciliana, incluso en Palermo parecía que empezaban a cambiar las cosas; en 1985 se había alzado con la alcaldía Leoluca Orlando, un abierto adversario de la Mafia que hizo que el ayuntamiento de la ciudad estuviese representado como acusación particular en el macrojuicio.

Sin embargo, no todo fueron elogios y parabienes. A la vez que despertaba la sociedad civil, se fue creando también una corriente de escépticos y detractores del macrojuicio y de los jueces antimafia. El propio Giovanni Falcone y su compañero Paolo Borsellino fueron dos de los más castigados por esta nueva corriente crítica. A Borsellino se le llegó a acusar de arribista, y sobre el juez Falcone pesó la acusación de que alrededor de su figura se había iniciado un “culto a la personalidad” que en nada favorecía la lucha contra la criminalidad.

Sorprendentemente, los años que siguieron al maxiproceso fueron de una gran incertidumbre. De repente pareció que todo el edificio construido por el pool antimafia se venía abajo. El juez Caponnetto, al que ya en 1983 sólo le faltaban dos meses para jubilarse, decidió que había llegado la hora de su retiro. Abandonó su puesto como jefe de la oficina de instrucción en el Palacio de Justicia y regresó a su Florencia natal. Todo parecía indicar que Giovanni Falcone sería su sucesor, pero increíblemente el elegido fue Antonino Meli, un juez ajeno a la lucha contra la mafia que en los años que siguieron, sin duda por ignorancia y no por connivencia con la Cosa Nostra, prácticamente acabó con el proyecto iniciado por Chinnici y Caponneto. Para terminar de rematar la faena, desde su puesto de presidente del Tribunal de Casación, el juez Corrado Carnevale, esta vez sí en completa connivencia con la Mafia, se dedicó a absolver a los mafiosos en el proceso de las apelaciones, alegando defectos técnicos. Como él mismo diría en más de una ocasión, quizá aplicaba la ley de una manera excesivamente puntillosa. Por ese motivo ha pasado a la historia como “el Matasentencias”.

De modo muy significativo, el juez Paolo Borsellino acertó de pleno en su diagnóstico cuando se atrevió a hacer pública su preocupación por lo que estaba ocurriendo: “Tengo la desagradable sensación”, dijo,  “de que alguien desea que el reloj ande hacia atrás”.

Sin duda los dos últimos años de la década de 1980 fueron años muy críticos para Giovanni Falcone. De repente se había convertido en un personaje vulnerable, tal y como él mismo llegaría a confesarle a algunos de sus amigos. El problema no radicaba en que hubiera sido humillado y arrinconado en el Palacio de Justicia, sino en el hecho de que la Cosa Nostra, al advertir que el Estado no respaldaba las iniciativas de Falcone, tenía la vía libre para acabar con su vida. Y efectivamente, como luego han declarado algunos pentiti, la Mafia de Totò Riina barajó distintas posibilidades para eliminar de la partida de juego a un adversario tan peligroso como Falcone. Una de estas posibilidades, que no llegó a materializarse, consistía en utilizar a un hombre-bomba tal y como hacía el terrorismo islámico. Incluso disponían del candidato, el padre de un mafioso gravemente enfermo de cáncer. La idea pasaba por crear la situación para que el anciano, cargado de tritol, pudiera acercarse a Falcone y abrazarlo, momento que aprovecharían para que los dos saltaran por los aires en  pedazos. Pero finalmente este plan fue desechado. Sin embargo, en 1989 sí hubo una intentona que acabó en fracaso. El atentado fue confiado a Antonino Madonia, que utilizó una bolsa de deporte llena de explosivos que dejó junto a un chalet que Falcone y su esposa habían alquilado para pasar unas breves vacaciones en la playa. Por fortuna, la bolsa, colocada entre unas piedras, despertó los recelos de Falcone y todo quedó en nada. En esta ocasión, Giovanni Falcone llegaría a declarar abiertamente su sospecha de que había políticos implicados en la planificación de aquel atentado.

No obstante, las cosas cambiarían radicalmente en 1991. Aquel año, el nuevo ministro de Justicia le hizo a Falcone una oferta que no pudo rechazar. Le propuso ocupar el cargo de director de Asuntos Penales en el ministerio de Justicia, lo que significaba disponer de plenos poderes desde Roma para coordinar la lucha contra el crimen organizado en todo el país. Y es a partir de entonces cuando comienzan a sucederse los grandes logros en la lucha contra la Mafia, con el definitivo apoyo por parte del Estado italiano, que por primera vez en toda su historia se situó abiertamente en el lado de la Antimafia. Entre esos logros se encuentra la creación de dos organismos fundamentales de la lucha contra el crimen organizado; la Dirección de Investigación Antimafia (DIA) y la Dirección Nacional Antimafia (DNA). Pero también en el campo judicial se impuso el sentido común y finalmente se apartó al juez Carnevale, más conocido como “el Matasentencias”, de la dirección del Tribunal de Casación. Como consecuencia de esta fundamental maniobra, el 31 de enero de 1992, la Corte de Casación revocaría el veredicto del Tribunal de Apelación sobre el macrojuicio y muchos de los condenados que habían sido absueltos regresaron a prisión.

Eso sí, con estas medidas Giovanni Falcone se convirtió definitivamente en el objetivo número uno de la Cosa Nostra de Totò Riina, que estaba empeñado en acabar con su vida. Ocurrió poco antes de las seis de la tarde del 23 de mayo de 1992 en un tramo de la autopista que une el aeropuerto de Punta Raisi con Palermo, justo antes del desvío a la población de Capaci, hacia donde se dirigía para pasar unos días de descanso con su esposa. Cuatrocientos kilos de tritol fueron colocados en unas tuberías de desagüe situadas bajo el asfalto y accionados con un detonador a distancia al paso del convoy en el que iba el juez Falcone. A consecuencia de la explosión murieron cinco personas: Giovanni Falcone; su esposa, la también magistrada Francesca Morvillo; y tres miembros de su escolta, los agentes Rocco Di Cillo, Antonio Montinari y Vito Schifani.

Cinco años más tarde, el 26 de septiembre de 1997, la Sala de lo Penal de Caltanisetta condenaría a los implicados en la matanza imponiendo 24 cadenas perpetuas; entre ellas las de Totò Riina, Pietro Aglieri, Bernardo Brusca, Leoluca Bagarella y Filippo Graviano. A Giovanni Brusca, que fue quien accionó el detonador, le cayeron tan sólo 26 años de cárcel porque se había prestado a colaborar con la justicia.

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En 1999 la historia del juez Falcone fue llevada al cine con Chazz Palminteri como Falcone y F. Murray Abraham en el papel de Tommaso Buscetta. La película, dirigida por Ricky Tognazzi, tiene un título sugerente: Excellent cadavers, aunque en España se le cambió por otro mucho más explícito: Falcone: un juez contra la Mafia.

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En el año 2004 el mundo de la justicia italiana se vio sacudido por el escándalo al saberse que Giovanni Brusca, el asesino de Falcone y de más de cien personas, estaba disfrutando de beneficios penitenciarios por su colaboración con la justicia tras declararse arrepentido. La hermana del magistrado asesinado elevó una protesta ante las autoridades judiciales italianas y calificó la medida de “decisión indecente”.

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“El crimen organizado no puede combatirse desorganizadamente”

Giovanni Falcone

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“Cualquiera que se tome en serio su trabajo acaba asesinado antes o después”

Antonino Ninni Cassarà, oficial de la brigada móvil y amigo personal de Falcone, asesinado por la mafia el 5 de agosto de 1985.

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Texto publicado en La Historia del Crimen Organizado, Agustín Celis Sánchez, Ed. Libsa, Madrid, 2009.

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Recomendación:

Cosas de la Cosa Nostra, de Giovanni Falcone, Carola Moreno, Marcelle Padovani y Miquel Izquierdo

Sobre el papel de los intelectuales

Miguel de Unamuno

“¡Estoy desesperado! Desesperado por lo que está ocurriendo en España. Se lucha, se matan unos a otros, queman iglesias, celebran ceremonias, ondean las banderas rojas y los estandartes de Cristo. ¿Cree usted que esto ocurre porque los españoles  tienen fe, porque la mitad de ellos cree en la religión de Cristo y la otra mitad en la de Lenin? No, en absoluto. Escuche y ponga atención a lo que voy a decirle. Todo lo que está ocurriendo en España es porque los españoles no creen en nada, están desesperados y actúan con salvaje rabia… El pueblo español se ha vuelto loco. El pueblo español y el mundo entero.”

Son palabras de don Miguel de Unamuno, y las pongo encabezando esta entrada porque considero que explican muy bien lo que fue la guerra civil española en opinión de uno de sus intelectuales más respetables. También son palabras de don Miguel las siguientes:

 “Entre los hunos y los hotros están descuartizando a España”.

 Evidentemente, no se trata de errores ortográficos. Al hablar de los “hunos” frente a los “hotros”, Unamuno dejaba claro lo que le parecían las actuaciones de los dos bandos enfrentados, los unos y los otros. Y también son de Unamuno estas otras:

 “He llorado porque una tragedia ha caído sobre mi patria. España se enrojece y corre la sangre. ¿Sabe usted lo que esto significa? Significa que en cada hogar español hay dolor y angustia. Y yo, que creía trabajar para el bien de mi pueblo, yo también soy responsable de esta catástrofe. Fui uno de aquellos que deseaba salvar la humanidad sin conocer al hombre”.

 Todas estas palabras, y otras muchas parecidas, fueron escritas en los últimos meses de la vida de Unamuno, que murió el 31 de diciembre de 1936. Y, sin embargo, como es inevitable, la manipulación sobre la guerra que han realizado tantos historiadores durante los últimos setenta años ha difundido el bulo de que Unamuno estuvo adscrito ideológicamente a uno u otro bando, según el signo político de quien escribe y miente. Y justifican la ficción recurriendo a las evidentes contradicciones vitales del célebre pensador, que llegó a confesarse a sí mismo esto:

 “Yo también soy responsable de esta catástrofe”.

 Creo que resulta inevitable hacerse la siguiente pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué se sentía Unamuno responsable de una salvajada como la guerra civil? Muy sencillo.

Unamuno era muy consciente de su papel de influyente intelectual en la vida política del país. A pesar de lo que muchos puedan creer para mantener limpias sus conciencias, la actuación de los intelectuales en la sociedad no es nada inocente. No son simples comparsas. No viven de espalda a los acontecimientos que acaban provocando los conflictos criminales. De hecho, son los intelectuales quienes crean el clima asfixiante que los hace posible. En buena medida son ellos, su patético entusiasmo, su insano fervor y su proverbial incapacidad para mantenerse indiferentes, quienes propician el ambiente irrespirable que acaba creando los conflictos sociales, que en ningún caso son frutos del azar. Ocurrió en los años treinta del siglo XX y ocurre también hoy. Por este motivo, creo que empieza a resultar urgente mantenerse alerta ante sus opiniones. Confieso no sentir la menor simpatía hacia los creadores de opinión, a quienes en tantas ocasiones veo como chuscos salvadores en posesión de verdades fanáticas, como profetas que elevan su voz para mostrarnos el camino a seguir, como propagandistas inveterados que minan la cohesión social en busca siempre de su medro personal, en su imparable escalada hacia la cumbre de los éxitos, como entusiastas ideólogos de un nuevo orden que ha de purificarnos, y, finalmente, como sumos sacerdotes que, cuando todo ha pasado, improvisan nuevos mitos.

Basta con encender la radio y la televisión, o abrir las páginas de un periódico para que nos encontremos al típico salvapatrias sin escrúpulos que le hace el juego, le abre el camino o le allana el poder al político de turno a la espera de las prebendas y el reparto del pastel al que nos tienen acostumbrados. El intelectual es el creador de opinión, el domador de multitudes, el encargado de prender la llama de los entusiasmos, quien actúa en la sombra corroyendo el sentido común hasta alcanzar la histeria, la epilepsia de la que nacen las ideologías, las doctrinas, los partidismos que, a poco que se les deje actuar sin control, derivan en farsas sangrientas. Y cuando esto ocurre finalmente, el intelectual es el incendiario propagandista que instiga a las masas para que luchen por la causa que ellos propiciaron e hicieron posible. De repente, digámoslo así, de repente, se quita la careta de pensador responsable y vemos su verdadero rostro de ideólogo, de fanático, de energúmeno que quiere que todos compartan su histeria, imponerla cueste lo que cueste, hasta llegar a la supresión de quienes considera sus oponentes, pues no va a permitir que nadie actúe del otro lado de lo que él considera la verdad, lo correcto, lo decente, lo justo, lo adecuado, lo que conviene a todos.

Quizá en sus últimos meses de vida, con la guerra ya iniciada, cuando ya se veía por dónde iban a ir los tiros, Unamuno fue consciente o se dio cuenta de la fatal actuación que los intelectuales habían tenido e iban a tener de ahí en adelante:

 “Fui uno de aquellos que deseaba salvar la humanidad sin conocer al hombre”.

 Al menos en su caso, este reconocimiento del error lo dignifica, nos lo hace simpático. Nunca fue un arrebatado entusiasta, toda su vida mantuvo una postura de heterodoxo total. Su actuación intelectual la mantuvo siempre frente al poder, lo que nos lleva inevitablemente a recordar la clásica distinción entre lo que se ha denominado “intelectual orgánico”  frente a “intelectual inorgánico”.

La diferencia que hay entre uno y otro es simple y fácil de entender. El intelectual orgánico es aquel que se pone al servicio de una determinada ideología, manteniendo un compromiso político con ella. No siempre es un hombre de partido, pero siempre es partidista. El inorgánico, en cambio, es el que mantiene su compromiso solo con la inteligencia. Su compromiso es intelectual, no político, y por tanto se verá siempre enfrentado al poder, sea este del signo que sea. Pero frente al poder, cuidado, no contra el poder. Y claro, esta postura, que es la del sentido común, lleva a frecuentes malentendidos, porque el intelectual inorgánico no es un individuo explosivo que no acepta el orden social impuesto. De hecho, la política le tienta. Él sabe que la política es una actividad inseparable del ser humano. El intelectual inorgánico es más bien la mosca cojonera que acepta lo que hay pero se entretiene en buscar los errores y ponerlos al descubierto. Es el incómodo personaje que no se casa con nadie, que no duerme en cama ajena, y que, por tanto, puede reconocer los méritos que hay en todos, pero también señalar los peligros que les acechan, y también poner sobre el tapete los abusos, la corrupción y los excesos a los que tiende inevitablemente toda forma de poder. Muchas veces se ha confundido con el neutral, el que no toma partido, y no es eso, por supuesto. También puede ser confundido con el chaquetero, porque el intelectual inorgánico, que es siempre un hombre prudente, puede llegar a elogiar, siempre al principio, diversas causas políticas de signo muy distinto, pero nunca por mucho tiempo, ya que su propia lucidez o el transcurrir de los acontecimientos acabarán por desengañarlo, y aquella primicia que le pareció honrosa terminará por parecerle una abominación.

La postura de Unamuno como intelectual inorgánico era la “alterutralidad”, palabrón retórico que él mismo se encargó de explicar magistralmente, distinguiéndola de la “neutralidad”, con estas palabras:

 “mi posición es de “alterutralidad”. Que si de neutralidad –de neuter, neutro, ni uno ni otro- es la posición del que se está en medio de dos extremos –supuestos los dos-, sin pronunciarse por ninguno de ellos, de “alterutralidad” –de alteruter, uno y otro- es la posición del que se está en medio, en el centro, uniendo y no separando –y hasta confundiendo- a ambos”.

 Y sin duda, debido a esta postura tan disidente, a lo largo de estos setenta años en que se viene glosando, con mayor o menor fortuna, lo ocurrido en la guerra civil, algunos historiadores mal informados han querido ver a Unamuno como adepto al bando nacional, primero, y como traidor a él, después, acercando posiciones al bando contrario. Y no es eso. No es eso.

Más de setenta años después, Unamuno continúa confundiéndolos a casi todos. Por fortuna, hay honrosas excepciones. Y es que el problema con el que se encuentra la historiografía sobre la guerra civil, con el patético añadido, en los últimos años, del fabuloso camelo de la memoria histórica, es ese. En España sigue habiendo una auténtica carencia de intelectuales inorgánicos que sean capaces de ver más allá del entusiasmo de los unos y los otros. Aquí nos va demasiado el dogma, los partidismos, las ideologías, las historietas de los buenos y los malos. Nos chiflan las posturas maniqueas. Por desgracia, antes, durante y después de la guerra civil, abundaron los intelectuales orgánicos. También hoy son legión, en sus dos arrastradas vertientes intercambiables: o comprometidos políticamente con el gobierno, el que sea, o con la paciente oposición que termina desbancando al adversario y ocupando por un tiempo el ansiado poder.  Una y otra vez y vuelta a empezar. Y así nos va, claro.

Autorretrato en tiempos revueltos

Manuel Chaves Nogales. Años 30 del siglo XX

Alguna vez he comentado aquí que soy seguidor habitual del blog que mantiene abierto desde el pasado verano Antonio Muñoz Molina, aunque hace varias semanas que me limito únicamente a leerlo, sin hacer ninguna aportación. Allí no solo he encontrado un lugar confortable en el que aún es posible expresarse con absoluta libertad, sino también a una serie de personas a las que, sin conocerlas personalmente, empiezo a apreciar por todo lo que generosamente me van aportando: ideas, argumentos, un número creciente de enseñanzas varias, recomendaciones musicales y literarias y un largo etcétera.

El otro día, sin pretenderlo ni buscarlo, me topé en la biblioteca de El Puerto de Santa María, que suelo visitar al menos un par de veces al mes, con un libro que había pasado a formar parte del listado de sugerencias que desde hace meses vengo confeccionando, gracias al blog de AMM, con el fin de paliar las inevitables carencias que tengo en muchos asuntos. El libro en cuestión es de Manuel Chaves Nogales, lleva por título A sangre y fuego y se trata de una colección de relatos cortos sobre la Guerra Civil española, ese manido tema del que tanta gente habla en este país y que sigue sirviendo de excusa propagandística para abrir impostadas brechas ideológicas en la actual sociedad española.

En realidad no sabría decir qué es lo que me llevó el martes pasado a visitar la sección de Historia de España de la biblioteca, pero lo cierto es que allí me encontraba, revisando títulos y hojeando mamotretos cuando vi la edición de Espasa del título de Chaves Nogales. Así que lo cogí con avidez, leí la sinopsis de la contraportada y me dejé convencer por estas palabras que tanto me dijeron a su favor:

“Periodista vocacional y paradigma del intelectual comprometido con su tiempo, el autor se aleja de la demagogia y del fácil maniqueísmo con que casi siempre se ha tratado esta terrible época de nuestra Historia y se preocupa más por el perfil humano de quienes sufrieron dicha contienda que por su faceta política. Es el deseo de imparcialidad el que provoca el estremecimiento en el lector: ni buenos ni malos, ni vencedores ni vencidos, ni verdugos ni mártires; tan sólo hay crueldad, absurdo, desorientación y obcecación de unos y otros”.

Fue suficiente. Como tuve la suerte de nacer en 1974, cuando el régimen de Franco daba sus últimas boqueadas, y de criarme en un país absolutamente democrático, la verdad es que nunca he encontrado en mí la más mínima razón que me impida tratar de comprender ese periodo convulso de nuestro pasado desde un punto de vista meramente histórico, alejándome todo lo posible de motivaciones propagandísticas e ideológicas, y, por supuesto, con el mismo grado de curiosidad que puedo sentir por la época de los Reyes Católicos, por el reformismo ilustrado de los primeros Borbones o por el impulso progresista que ya en el siglo XIX avivó el deseo de forjar una República.

Aquella misma noche, ya de vuelta en casa, leí y releí con atención el prólogo y desde entonces no he parado de imaginar cómo debió de ser aquel hombre al que yo me he propuesto conocer. El prólogo con que da comienzo el libro, escrito en 1937, en plena guerra, es de una lucidez tan generosa, de una brillantez tan razonable e imparcial, que no solo alumbra la trágica oscuridad que se vivió en aquellos años, sino que ilumina también con su foco esta nueva penumbra política en la que ahora mismo nos encontramos, y que quizá no es más que un pálido eco de aquella otra. O al menos eso  es lo que quieren hacernos creer. Y quizá lo estén consiguiendo.

“Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeñoburgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria”.

Con estas palabras comienza Manuel Chaves Nogales el prólogo de su libro, que es a la vez el autorretato de un hombre convencido de su propia verdad, la confesión de un intelectual asqueado por el terror y la sangre y la declaración de intenciones de un liberal que decidió exiliarse cuando tuvo “la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar”.

Estos días he pensado mucho en el prólogo de Chaves Nogales y no me ha resultado difícil imaginar el drama íntimo de ese hombre. He pensado en él y me he sorprendido pensando a la vez en mí mismo, y me he imaginado en su época y he contemplado al mismo tiempo la mía, y la he comprendido mejor. Su valoración de aquel periodo convulso sigue siendo tan actual, sigue estando tan vigente, que creo que muchos ciudadanos de hoy, tal y como me ha ocurrido a mí, podrían suscribir una a una sus palabras si en algún momento, por esas cosas que pasan, las circunstancias los colocaran en una situación de similar incertidumbre.

Releyendo el prólogo de A sangre y fuego ha habido momentos que me he sorprendido a mí mismo parafraseando mentalmente sus palabras, incurriendo en voluntario plagio referencial y hasta elaborando mi propio autorretrato, tal y como hizo él, en estos términos tan similares:

“Yo soy eso que los sociólogos más tradicionales aún podrían llamar un “pequeñoburgués liberal”, ciudadano de una Monarquía democrática y parlamentaria. Trabajador de la enseñanza pública en un Estado heredero de las antiguas reivindicaciones iniciadas por los primeros liberales progresistas del siglo XIX, gano mi pan y mi libertad con un relativo desahogo impartiendo clases de lengua y literatura y escribiendo libros de divulgación cultural, ensayos, cuentos y algún que otro artículo, pocos, con los que me hago la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. Cuando en mi país gobernaba la derecha y yo denunciaba en algún escrito el progresivo avance de las desigualdades y la injusticia, la turbia prepotencia de la que hacía gala o el desprecio que mostraba ante algunas incuestionables mejoras sociales, mis amigos de izquierda me felicitaban y me daban cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando la izquierda ha vuelto a gobernar el país y he reseñado la ruina total a la que nos ha conducido, destruyendo en tiempo récord buena parte de los avances sociales conquistados en treinta y tantos años de democracia, esos mismos amigos no se han mostrado tan abiertamente satisfechos por mis palabras; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo voy sacando adelante mi verdad de ciudadano progresista de una monarquía democrática y parlamentaria.

Si, como me ocurre a veces, no encuentro el lugar adecuado en el que publicar mis palabras y mis opiniones, me resigno a decirlo, entre amigos, en una cafetería, en el salón de mi casa o en la humilde tribuna de un blog de Internet, sin el temor, al menos por ahora, de que nadie venga a ponerme la mano en la boca y sin miedo a policías que me encarcelen ni a encamisados que me hagan purgar atrozmente mis errores. Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, ni de derechas ni de izquierdas a estas alturas, me niego sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardo trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, todo reformista extremo, todo salvador de la patria, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario.

En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendo sacar adelante, merced a mi esfuerzo y a través de mi trabajo, mi única y humilde verdad es un asco insuperable a la estupidez, la crueldad y la demagogia; es decir, una aversión natural a los dos únicos pecados que para mí existen, el pecado contra la inteligencia y el pecado contra el espíritu santo de la libertad”.

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Post scríptum.: Quiero volver a advertir, por si no hubiera quedado suficientemente explícito en el anterior texto, que los tres últimos párrafos entrecomillados son una evidente paráfrasis de los tres primeros párrafos del prólogo de Manuel Chaves Nogales en A sangre y fuego.

Recomendaciones web:

Página dedicada a Manuel Chaves Nogales

Prólogo de A sangre y fuego

El genio escondido. Reportaje de Jesús Ruiz Mantilla (El País, 28/02/2009)

Lo peor. Semblanza de Andrés Trapiello (El País, 28/02/2009)

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Vlad III Tepes. El Empalador

Todos los países tienen sus héroes. El pueblo tiende a recordar en su folclore las hazañas de algunos elegidos. Es el caso del Cid en España, de Carlomagno en Francia o del rey Arturo en Inglaterra. No parece importar demasiado el modo con que el tiempo desvirtúa a sus héroes, al pueblo no le importa. Uno diría incluso que le satisface renunciar a la verdad histórica en favor de la leyenda o de la pura invención. A veces ni siquiera es necesario que el personaje en cuestión haya existido, basta con la posibilidad de su existencia, como parece ser el caso del rey Arturo. El pueblo precisa de un salvador, de un tirano, de un caballero noble, de un intocable, de un invicto… Al pueblo le gusta reconocerse en las actitudes de quienes él ha elegido como representantes de su propia identidad, y a menudo sorprende descubrir el recuerdo que de ellos se guarda, o cómo el tiempo ha limado la figura de estos personajes o cómo el capricho y el talento de otros hombres han nublado la imagen, la han rehecho o la han inventado.

Es el caso de Vlad Tepes, príncipe de Valaquia, en Rumania. Para el pueblo rumano es un héroe nacional, un valiente guerrero del s. XV que resistió a los  turcos y defendió la soberanía nacional contra el poder de los húngaros, el último príncipe de Valaquia con alguna independencia real tras la invasión otomana. Fue apodado “El Empalador” por ser esta su manera preferida de intimidar a los enemigos. Se hizo famoso por la inhumana crueldad de sus crímenes, pero ha pasado a la historia, sobre todo, como inspirador de una de las más inquietantes historias de terror de todos los tiempos, el Drácula de Bram Stoker.

De todas formas, hasta que Stoker no estableció un vínculo inseparable entre la figura del empalador y el vampirismo, nunca antes se había relacionado a Vlad Tepes con el mito legendario del vampiro. Que ahora el nombre de Drácula sea casi sinónimo de vampiro se debe solo a un genial capricho literario.

El nombre de Drácula, aunque también significa “demonio” en rumano, derivaba del apodo del padre de Vlad, que fue distinguido por su valor en la lucha contra los turcos, razón por la cual se le otorgó la Orden del Dragón, en rumano “dracul”, como fue llamado desde entonces. Al parecer al príncipe Vlad le gustaba hacerse llamar “Drakula” o “Drakulya” como homenaje a su adorado padre, que fue asesinado por uno de sus rivales con ambición de poder. Esto era muy frecuente en la época y más aún en el principado de Valaquia, cuyo trono era hereditario, pero no por las leyes de progenitura.

 

Vlad Tepes (pintura al óleo, Austria, c. 1560). Albergado en Wikimedia Commons bajo dominio público.

Estamos en la época medieval, en pleno siglo XV, en la zona de los Balcanes, en un territorio estratégicamente situado entre dos irreconciliables vecinos sumamente poderosos. Hay que recordar  que en 1453 cayó Constantinopla  en poder del turco, y con ella todo el Imperio Romano Oriental. Las fuerzas otomanas del sultán Mohamed El Conquistador penetraron hasta los Balcanes, quedando así el reino húngaro como principal defensor de la cristiandad en aquella zona. Valaquia no era más que un punto fronterizo entre dos poderosos enemigos, una codiciada tarta a cuyos gobernantes, tanto los otomanes como los húngaros, quisieron mover a su antojo. Bien mirado, Vlad Tepes no fue sino un defensor de la libertad nacional frente a unos y a otros. Que ahora se considere que excedió las formas con que mantuvo a sus enemigos a raya durante su corto gobierno solo forma parte de la historia universal del escrúpulo.

Eran tiempos difíciles. La ley imponía que el gobernante de Valaquia tenía derecho a elegir a su sucesor entre varios candidatos seleccionados previamente para tal fin. Esto propiciaba las políticas de terror y el frecuente asesinato de los rivales. Había dos clanes enfrentados, el de los Denesti, descendientes del príncipe Dan, y el de los descendientes del príncipe Mircea, El Viejo. Drácula pertenecía a éste último clan y no ignoraba el peligro que suponía ser candidato al gobierno de Valaquia; su propio padre había muerto a manos de un Denesti. Desde mediados del s. XV los príncipes de Valaquia se sucedían en el trono según el capricho y el apoyo de húngaros y turcos. Vlad III llegó a gobernar en tres ocasiones separadas, la primera con apoyo turco; la segunda bajo la protección de los húngaros; y la tercera con la ayuda de moldavos y transilvanos. Su primer gobierno duró dos meses, durante el otoño de 1448, hasta que le fue arrebatado por Vadislav III, del clan de los Denesti. No volvería a ser príncipe de Valaquia hasta 1456, año en que los húngaros le retiraron el favor a Vadislav y apoyaron a Drácula hasta 1462. En este año cayó en desgracia y fue hecho prisionero por Matthias Corvinus, rey de Hungría. No volvería a dirigir los destinos de su patria hasta catorce años después, en 1476, y solo por espacio de un mes. Murió cerca de Bucarest en diciembre de este mismo año tras una arrolladora ofensiva turca que deshizo su ejército. Mientras gobernó Valaquia impuso un auténtico estado de terror.

No parecen probable muchas de las leyendas y anécdotas que se cuentan sobre Vlad III Tepes, El Empalador. Me refiero a los pic-nics antropófagos, a los baños en sangre, a los festines de cabezas turcas previamente cocinadas y otras barbaridades escatológicas que tenían a la sangre como principal condimento. Pero no me parece descabellado considerar que efectivamente se llevaron a cabo crímenes brutales, torturas inhumanas y ejecuciones sorprendentes. Basta con especular sobre formas de sufrimiento imaginadas y seguro que acertamos: escalpar, desollar, empalar, hervir, desangrar, mutilar, quemar, estrangular, cegar… Pero sin duda el empalamiento era su preferida. Nada mejor para intimidar a los turcos que la exhibición abrumadora de miles de cadáveres empalados. Se cuenta que en una ocasión el Sultán Mohamed II  dio media vuelta y regresó enfermo a Constantinopla ante la visión de veinte mil cuerpos pudriéndose en las afueras de Trigoviste, la capital de Drácula. El día de San Bartolomé de 1459 treinta mil mercaderes y boyardos fueron empalados en la ciudad de Brasov. Se ha conservado un grabado en madera sobre esta brutal matanza en la que aparece Drácula festejando con los verdugos la muerte de sus enemigos. Y en 1460 diez mil hombres fueron empalados en la ciudad transilvana de Sibio y abandonados a la inclemencia del tiempo durante meses.

Solo son algunas de sus hazañas. Su currículum es espeluznante. El deseo de fortalecer su poder lo convirtió en un criminal sanguinario. La venganza hizo de él un enfermo. Parece indudable que estas acciones estaban motivadas por un placer morboso y perverso más allá de las necesidades políticas de control.

A su muerte, en diciembre de 1476, su cabeza sirvió de trofeo al sultán, que tuvo el capricho de exhibirla clavada en una estaca como prueba de que había finalizado el estado de auténtico pavor creado por Vlad Tepes.

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Publicado en Hstorias Curiosas, Agustín Celis, Ed. Añil, Madrid, 2001.



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