Gente del gremio

No había sido invitado. Me colé en la sala por una de esas fatalidades que parecen estar aguardándolo a uno a la vuelta de cualquier esquina. Juro que no era mi intención volver a pisar un escenario como ese. Fue fatal que ocurriera, sin embargo. Ni querido ni buscado, pero inevitable. Así fue como pasó. Dos horas antes había comido con un buen amigo que presume de estar bien situado en los peldaños del poder de ámbito educativo. Por fortuna, durante el almuerzo, hablamos de otros asuntos.

-Tienes que venir –fue lo que me dijo-. Te vas a divertir.

Enseguida me acordé de cuando estos asuntos aún me parecían divertidos. Por curiosidad, interés o maldad acudía a ellos con la sana intención de reírme. De reírme de todos, claro. De sacarle punta a cada una de las palabras, ocultaran estas un análisis, una propuesta o una solución. Apenas seis años después de haber pisado por primera vez un aula con la ingenua intención de impartir clases de lengua y literatura, maldita la gracia que me hacen tales eventos.

-Vente –me insistió- verás qué interesantes son los nuevos planteamientos.

Acostumbrado a las malicias del poder, encanallado por sus ligeras formas, mi amigo cultiva una ironía y un sarcasmo irreconocibles. Hace falta conocerlo bien para hallar alguna verdad entre tantas mentiras. Como no quería molestarlo (al fin y al cabo había pagado él, como siempre), pronuncié el inevitable sí y nos dirigimos al Encuentro.

No me demoraré en los detalles. Apenas hace falta descripción. Imaginen solamente el más lujoso de los escenarios a la hora del británico té, y en él, dispuestos para la representación, a un grupo de individuos preocupadísimos por la educación de sus hijos. Pocos profesores de a pie, eso sí. En su lugar, la tropa más alejada de una tiza y una pizarra que imaginarse pueda: miembros de la delegación, inspectores del ramo, personal de varios CEPs con sus powepoint ya engrasados y hasta algún que otro concejal que hasta allí se vino para incubar su huevo en la  mesa redonda; sin que faltaran, por supuesto, expertos en esto y en lo otro, en entornos que pretenden afines como el entrenamiento en el liderazgo, en el uso efectivo de las relaciones interpersonales, en el manejo de conflictos en espacios reducidos, en la negociación y el pensamientos estratégico, en la implementación de técnicas motivacionales, y para finalizar, como último grito, en la autoprogramación mental, el autocoaching y el mentoring. Todas ellas gentes del gremio, claro.

Y parece que no, pero tres horas de divagaciones dan para mucho divagar, al final de las cuales todos estuvieron de acuerdo, cómo no, en que para situarnos sin rubor en las escalas que la OCDE propone, y poder disfrutar así de la tan ansiada mejora de nuestro sistema educativo, con la ambición y la calidad que esperan de nosotros, lo que hace falta sin demora, pero ya mismo, es una mayor inversión en educación. En una palabra: más pasta, oigan. Más medios, más recursos, más presupuesto. Más dinero. Qué otra cosa si no. Maldito parné.

Al salir supe, y así se lo dije a mi amigo, que allí dentro habíamos estado rodeados de una patulea de granujas de la más refinadísima cuquería.

 

Manifiesto individualista

 

Man Bencind Down Deeply, Egon Shiele, 1914

Confiamos más en las divagaciones que en las resoluciones firmes. Vivimos con más dudas que creencias. Preferimos antes la compañía de los bribones que la de los moralistas. Buscamos más la indiferencia que la verdad. Sospechamos menos de la locura de los perversos que de la buena intención de los que imponen su ortodoxia. Creemos más en la desesperación de los desertores que en el poder de los ejércitos. Huimos de los profetas y nos escondemos de sus acólitos. Ni buscamos mesías ni somos prosélitos. Desertamos de idearios y doctrinas. Sin lemas ni estandartes, imitamos a Don Quijote y donde hay políticos nosotros vemos bufones. Como Cyrano, pregonamos nuestro orgullo y somos independientes. Pertenecemos a una sociedad secreta de hombres sin fe que sólo reivindican la dicha de poder gemir con desgana.

Para sobrevivir, pactamos con la sociedad dejando que nos muerda la mano mientras le damos de comer. Llevamos siglos ocultándonos. Estamos cansados. Aceptamos los insultos por cortesía. Nos conformamos por imitación. Nos rebelamos con pasión de autómatas. Le volvemos la espalda al tiempo. Y observamos. Vigilamos con paciencia y, sin convicción, miramos la embriaguez de los otros. Ya ni siquiera nos agitamos debajo de las convenciones. Repudiamos a escondidas nuestra pereza, pero a diario hacemos nuestra revolución desde la cama. Poco a poco nos vamos entregando sin luchar.

Aún así no claudicamos del todo. Nos aceptamos como cadáveres. Permanecemos a la sombra. Cada día proclamamos nuestra individualidad y sin quererlo somos incómodos. ¿Qué tenemos que hacer para vivir y morir en primera persona? ¿Imitar a los profetas, a los fanáticos, a los inventores de carnicerías? ¿Unirnos al club? ¿Imponer también nosotros nuestras propuestas y esperar luego el momento? ¿Tomar lecciones de corrupción y de retórica? ¿Distribuir recetas de felicidad? ¿Intervenir en los asuntos de los otros? ¿Abrazar doctrinas? ¿Depender del capricho ajeno? ¿Adular al poderoso y adoptar la adulación como un credo? ¿Hacer nuestras las mentiras tramadas por los grandes hombres, por su gran época, por su partido, por sus logros y visiones? ¿Alentar con palabras la ilusión de la gente? ¿Tomar prestada su confianza? ¿Esperar que los emprendedores y los oportunistas llenen su saca, recojan sus frutos, y desear luego que del bolsillo se les derrame una limosna? ¿Asentir a cada palabra que pronuncia un líder? ¿Oír hablar de porvenir, de ideales, de oportunidad, de bien común, de nosotros frente a ellos y después tomar parte en el saqueo? ¿Pensar que se pertenece a algo sólo porque se corea el eslogan que ideó un imbécil? ¿Cerrar los ojos y la boca y creer que la ambición ajena puede salvarnos del deseo de notoriedad del ambicioso? ¿Pertenecer a la élite? ¿Tener vista y fomentar el negocio? ¿Hacer con la insolencia una bandera y levarla en nombre del comercio? ¿Tirar por tierra la templanza? ¿Dejarnos convencer por cantos de sirenas? ¿Forjar con una imagen una patria? ¿Aplaudir el grito de la muchedumbre que aclama al que más trepa? ¿Ensuciar, en fin, la voz y su martillo por ceder el humor ante el capricho de algún otro? No, gracias. No, gracias. No, gracias.

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Publicado en el diario Información El Puerto el 16 de abril de 2004

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Me acuerdo

 

La Memoria, de René Magritte, 1947

 

Me acuerdo del caserón medio derruido y habitado por fantasmas que había en La Marquesa, aquella misteriosa finca a la que solo se podía acceder cruzando la carretera que mi madre me tenía prohibido cruzar.

Me acuerdo de las mañanas de verano en las que mis primos y yo íbamos  a mariscar en la Jara, Sanlúcar.

Me acuerdo del día en el que un fuerte balonazo en la cara me hizo cogerle miedo a jugar al fútbol.

Me acuerdo de la primera vez que crucé las puertas de la Biblioteca Nacional, hace ahora 12 años, y de la extraña escena que allí viví, digna de un relato de Kafka, y que durante varios minutos de confusión extrema me hizo comprender que en cualquier momento uno puede dejar de ser quien es para convertirse en lo que los otros están empeñados en creer que eres.

Me acuerdo de mi amigo Melero.

Me acuerdo, con cierta penitencia sentimentaloide, y hasta cierto grado de remordimiento, del Patacorcho y de la Vieja de los palillos.

Me acuerdo del Seat 124 marrón oscuro que tenía mi padre, y de su matrícula: CA-0628-B.

Me acuerdo del miedo instintivo y animal que despertaban en mí las mantis religiosas que tanto frecuentaban el barrio en el que yo vivía. Luego no las he vuelto a ver más.

Me acuerdo de los dedos amarillos de nicotina de mi tío Manolo, y de cómo mi madre nos despertaba a mis hermanos y a mí en aquellos sábados remotos en los que él venía a visitarnos cargado de chucherías.

Me acuerdo, a menudo, de los ausentes.

No me acuerdo del primer beso, pero sí de la primera caricia.

Je me souviens

 

Je me souviens (Galería de Benedict W - 11 de febrero de 1997)

En uno de los libros que me he leído esta semana, Teatro de variedades, de Juan Bonilla, publicado por la editorial Renacimiento en el año 2002, me he topado con uno de esos textos que sé que ya nunca podré olvidar; mi agradecimiento me lo impediría. El texto en cuestión se titula Je me souviens y en él Bonilla rinde homenaje a George Perec, quien en 1978 publicó un curioso librito en el que llegó a recopilar un total de cuatrocientas ochenta anotaciones breves que comienzan todas precisamente con estas tres palabras: je me souviens (yo me acuerdo), para acabar incluyendo unas páginas en blanco en las que se invita a los lectores a que continúen con el juego que les propone el autor, escribiendo sus propios “me acuerdo” a modo de inventario.

Como Juan Bonilla, además de un brillante escritor de relatos breves, es también un bibliófilo empedernido, en su texto nos cuenta que desde hace años viene coleccionando ejemplares del libro de Perec, fatigando librerías de viejo y maravillándose ante el hecho de hallar ejemplares en los que sus anteriores propietarios no habían rehusado participar en el experimento que Perec les proponía.

“Me acuerdo de Zatopek”, “Me acuerdo de Xavier Cugat”, anota por ejemplo en las páginas de su libro George Perec. Y uno de sus lectores, según nos cuenta Bonilla, escribe: “Me acuerdo del sonido del mar por la noche”; o bien: “Me acuerdo de los muslos de un portero brasileño llamado Leao”. Y el propio Bonilla, partícipe privilegiado del proyecto, confiesa: “Me acuerdo del mono azul que fue el primer regalo que le hice a mi sobrino”, “Me acuerdo de todos los años que me diste aquella noche”.

Fascinado por el texto leído esta semana, no puedo resistir la tentación de incluir en esta entrada la reflexión última con la que Juan Bonilla cierra su sentido homenaje al escritor admirado:

“George Perec quiso darnos una lección con su libro tan aparentemente banal y a la vez tan absoluto, tan poca cosa y a la vez tan inalcanzable, tan abierto a colaboraciones de otros y a la vez tan personal, tan interminable y a la vez tan imposible de comenzar. Reduciendo su memoria a una pila de frases sin atractivo literario, nos enseñó que la literatura en esencia es eso: ofrecer memoria, invitar a hacer memoria, compartir recuerdos, añadir recuerdos a la bolsa donde guardamos todos los “me acuerdo” que son nuestra vibrante necrológica, que nos hacen ser quienes somos, criaturas que se diferencian apenas en el hecho de que uno se acuerda de los muslos de Leao y otro de las piernas veloces de Zatopek.”

Animado por la propuesta de Perec y de Bonilla, también yo me he dedicado estos días a reunir una treintena de esos recuerdos en uno de mis cuadernos. Consciente de que cada una de esas anotaciones es susceptible de ser ampliada en mayor o menor medida, me he decidido a incluir aquí tres de ellas, añadiendo algo del recuerdo que me sugieren:

1. Me acuerdo de don Eloy, el primer maestro que tuve en la EGB, quien durante cuatro cursos me enseñó a leer, a escribir y a pensar; no es poca cosa. Recuerdo que este hombre jovial y enérgico, que nos infundió a sus alumnos un sentido de la responsabilidad que aún perdura, vivía obsesionado por el temor de que nos olvidáramos de él. “Dentro de unos años no os acordaréis de mí”, nos dijo en más de una ocasión. “Me veréis por la calle y no me saludaréis porque no sabréis quién soy”. Y aunque nunca me he olvidado de él ni de sus palabras, siempre he temido que de una forma o de otra se haya cumplido su pronóstico. Lo cierto es que nunca más lo he vuelto a ver. Y ya no sé si es que nunca hemos coincidido, o si por el contrario alguna vez se cruzaron nuestros caminos sin que yo advirtiera que ese anciano que me observaba en silencio era él y yo no supe verlo. Y la verdad es que lamento que esto haya podido ocurrir, y que él pensara entonces que este hombre al que él quiso tanto cuando era niño también lo ha olvidado.

2. Me acuerdo de la tarde en la que supe que mi madre había muerto. Ocurrió dos días antes de que mi padre me lo confirmara mientras yo lloraba abrazado a él. La noticia nos la trajo, con una urgencia impúdica, un telegrama que había sido enviado desde Londres. Recuerdo que fui yo, con catorce años, quien primero leyó el breve y condolido mensaje, redactado en un lenguaje formular que aún hoy recuerdo como un insulto. Y me acuerdo de la mentira cargada de piedad con la que mi hermano mayor trató de paliar entonces mi confusión y mi miedo. Desde entonces no puedo evitar sentir una repugnancia instintiva hacia cualquier forma de compromiso.

3. Me acuerdo de la inocente angustia que sentí la primera vez en mi vida que no hice los deberes de clase. Tenía yo diez años y sencillamente se me olvidó. Eran unos ejercicios de matemáticas que don Eloy nos había mandado hacer para el día siguiente.  Recuerdo mi sobresalto de madrugada y el libro de la editorial Santillana con los enunciados en negrilla. Me recuerdo encendiendo a escondidas la luz de la mesita de noche para que nadie descubriera mi falta, y las palabras de mi madre preguntando qué era lo que me pasaba para que aún no estuviera dormido. Y el modo que tuvo de tranquilizar mi inquietud asegurando que no había de qué preocuparse, que no pasaba nada, que no era tan grave, que solo debía decir la verdad y que don Eloy sabría entenderlo. Y recuerdo dos cosas más: que al día siguiente no fui capaz de confesar el “delito” que tanto me avergonzaba y que efectivamente no pasó nada; sencillamente aquel día, durante la corrección en clase, el maestro no me preguntó a mí y nunca supo lo que había ocurrido. Creo que fue en aquella ocasión cuando aprendí el significado de la palabra impunidad.

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Buscando en internet he encontrado el texto de Juan Bonilla al que hago alusión en el post: Je me souviens

Una curiosidad radiofónica sobre el libro de George Perec

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Dudas no sé si razonables

 

La Libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix, 1830

 

Quizá la belleza de las grandes convulsiones revolucionarias sea directamente proporcional a la distancia que media entre ellas y nosotros. ¡Qué atractivo tan fascinante el de las revueltas que tienen lugar lejos de casa! ¿Cómo no sentir simpatía, en el confortable sillón de la salita de nuestro casa, tras la concienzuda preparación de un gin tonic una vez acabada la cena, por esa marea humana que desde la pantalla de nuestro ordenador conectado a Internet clama a gritos por conceptos de tanto prestigio como Libertad y Democracia? ¿Cómo no emocionarse, comiendo palomitas de maíz mientras vemos el telediario, ante una reivindicación tan justa?

¿En qué clase de individuo tan malvado y retorcido puede haber llegado a convertirse uno para  dudar, siquiera por un instante, de las intenciones de quienes solo desean disfrutar de los mismos derechos que gozamos nosotros? ¿Acaso ha de haber siempre un propósito oscuro detrás de todo levantamiento popular, alguna maquinación política encubierta o algún empeño espurio?

¿Qué clase de arrogancia insana, solo propia de una ciudadanía apoltronada en su descansada vida, puede hacernos pensar que también la realidad es maleable según convenga? ¿Acaso la solidaridad con los pueblos oprimidos puede organizarse mediante hábiles campañas de indignación internacional haciendo uso de las ya conocidas técnicas publicitarias de persuasión y contagio?

¡Y qué decir de nuestros bondadosos intelectuales, esos incansables defensores de la paz, la cultura y el amor, siempre en permanente desvelo solidario, con la voluntad a flor de piel para adherirse antes que nadie a las causas más nobles! ¿Dudaremos también de ellos?

¿Es que todo ha de ser siempre mentira?

¿Es que todo ha de quedar siempre en nada, reducido a campaña publicitaria, interés económico, influencia social y propaganda política?

 

 

Ofendidos

Duelo a garrotazos, de Francisco de Goya (1820-1823)

Hay que tener cuidado con lo que se dice porque podemos ofender y eso, en una época como la nuestra, es el peor de los delitos. Siempre habrá alguno al que molestará lo que tú digas; digas lo que digas y tengas las ideas que tengas. Incluso si no tienes ninguna, que eso es lo peor que puedes hacer. ¡Ni se te ocurra! Estarás bajo sospecha, te mirarán de reojo y creerán saber las oscuras intenciones que te dominan, porque seguro que te dominan. Instalarse en la duda es la peor de las decisiones. Te creerán débil y confiado. Serás un ingenuo de por vida. Nunca darás el perfil que andan buscando. Carecerás de empaque para las decisiones firmes. Te catalogarán entre los escrupulosos y los demagogos. Te adjudicarán idearios que nunca frecuentaste. Y serás un apestado, un triste, un hombre sin creencias firmes, un veleta, un bala perdida, un oportunista.

Quedarse callado no siempre es el mejor plan. Invertir el tiempo pensando nunca fue la mejor opción. Si no te pronuncias te pueden atribuir todas las debilidades. Si no tomas partido pierdes el tren. Si dudas, tu actuación será tachada de ridículamente tímida. Si no actúas te verán como a un cobarde. Si esperas, creerán que dudas, y eso es lo peor que puedes hacer.

Pero ojito con lo que dices. Antes de hablar piensa a quién vas a ofender, porque seguro que ofendes. Si no te lo crees, mira bien a tu alrededor y comprobarás por ti mismo cuál es el signo de los tiempos. Están todos ofendidos. Están todos agraviados. Son muy sensibles. El victimismo es el último grito. Vivimos en la era del agravio y quien no es víctima no es persona. De modo que si quieres vivir acorde con la época, no olvides ofenderte siempre que se te presente la ocasión. Descubre la tiranía pasiva de los que hoy dominan el mundo. Consíguete cuanto antes el kit del perfecto agraviado. Obtendrás así tu patente de corso para vivir conforme a los cánones de la época, que, por desgracia, parecen ser estos: llora cuanto quieras y quéjate siempre, incluso cuando las circunstancias te confundan y creas que no tienes motivos. Calumnia todo lo que puedas, pero no olvides sentirte calumniado. Intriga y siéntete víctima de los intrigantes. Humilla sin faltar, pero procura estar siempre a bien con los humillados. Miente más de lo que sepas y abusa de la buena fe de los que no puedan defenderse. Intenta conocer a los hombres y procúrate la amistad de sus mujeres. Habla siempre a favor, y nunca en contra, del que esté por encima de ti. Hazte una opinión de todo, y defiéndela a diestro y siniestro mientras te convenga, pero íntimamente debes despreciarlas todas. Ten claro que debes abonar el suelo por el que has de pasar; cultiva, por tanto, la amistad del poderoso como terreno productivo. Déjate los escrúpulos en casa y convéncete de que todas las personas que conoces son instrumentos dispuestos para el uso de tu ambición. Y sobre todo, evita cada mañana la reconvención que te haga el espejo; nunca oigas la voz de tu conciencia.

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Publicado en el diario Información  El Puerto el 23 de abril de 2004

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Pistola y cuchillo

Como el ejercicio de la crítica literaria nunca ha estado entre mis ambiciones personales, en el breve apunte que ahora me propongo escribir sobre la última novela de Montero Glez espero que no se imponga la monstruosa interpretación de la reseña, sino el admirado asombro que le sobreviene en ocasiones a uno tras la lectura de un libro.

Creo que llega un momento en la vida de todo escritor, o al menos en la de los escritores que a mí me interesan, en que se vuelve urgente adoptar una determinada posición en el mundo, elegir por fin las claves que han de marcar su literatura y atenerse a ellas de manera soberana sin obedecer más ley que la que sancione su entendimiento y hagan cumplir sus invenciones.

En el hecho de que Montero Glez haya optado por la memoria y la ficción para descubrirnos el perfil humano de José Monge, Camarón de la Isla, en su camino hacia la muerte, rechazando de paso la tentación de hacer una biografía, encuentro yo, sobre todo, una declaración de intenciones.

Mientras leía y releía Pistola y cuchillo y comprobaba cómo me iba ganando la subjetiva conmoción de verdad que hay en la novela y en los rasgos con que están construidos los personajes que en ella habitan, me he acordado en más de una ocasión de Onetti y de su inmersión total en la ficción como el territorio más propicio para indagar no en la aparente realidad de unos hechos, sino en los sentimientos con que estos se cargan para revelarnos la verdad de la aventura de un hombre. Y me he dicho que esto es precisamente lo que ha logrado con enconada solvencia Montero Glez en su último libro: abolir la realidad para merecer la ficción.

Dicen los que entienden de estas cosas que en todo relato bien construido hay siempre dos historias que se buscan y se nutren mutuamente. Pues bien, en Pistola y cuchillo Montero Glez nos cuenta, por medio de un narrador que, sospecho, se le parece mucho, la historia que nace en la noche en que vio al cantaor flamenco por última vez. Pero, transcurrido el tiempo necesario para que se aposenten los recuerdos y la memoria quede convertida en ensoñación literaria, lo que nos da también, sin tratar de ocultarlo, es el cambio operado en el escritor desde esa noche hasta el momento en que decide empezar a escribir, un cambio que lo convierte en un perseguidor que se proyecta hacia el futuro y que escarba en su memoria hasta hallar la historia que mereció la espera, para así poder contarla.

Elogio de la Mentira

 

El sueño de la Mentira y la Inconstancia, de Francisco de Goya, 1799

La mentira es la más humana de las debilidades. Es una afición, un arte, un regalo, un modo de aguantar, una virtud. Nos sentiríamos incompletos sin nuestras mentiras. La vida se nos caería a pedazos y tendríamos miedo de enfrentarnos a nuestras penosas verdades. Sobrevivimos gracias a nuestra capacidad para mentirnos. Nos salvamos en el caldo de nuestras mentiras. El más feliz es el que más se miente. Lo que más se persigue en nuestros días, el éxito, el triunfo, no solo es un malentendido, es sobretodo una mentira. Nos mintieron hasta los mitos griegos; cuando Pandora abrió la caja que los dioses entregaron a Epimeteo y de ella salieron todos los males que infestan la tierra, lo último que salió de ella para soportar la catástrofe que se nos venía encima no fue la Esperanza, sino la Mentira. La mentira es la última de nuestras esperanzas. Cuando Adán le dio el primer mordisco a la manzana no solo dejó de ser inocente, empezó también a creer en verdades que terminarían convirtiéndolo en un hombre engañado. Se sospechará de los mentirosos oficiales, de los que van con la mentira por delante, pero no se les puede culpar de ninguna de las grandes convulsiones de la historia. Nos abandonan a nuestra suerte sin implicarse en nuestras decisiones. Mirad en cambio todos los desastres que provocaron las creencias, los ideales y los juicios de quienes hablan en nombre de los otros. Pensad en todos los idealistas que pisaron la tierra y tendréis todo un listado de culpables. La más pura de las verdades es mil veces más dañina que la más sucia de las mentiras. Si nos sentimos tan a gusto rodeado de ficciones, si nos siguen conmoviendo el cine y la literatura es porque están llenas de mentiras inocentes.

La historia de la  Mentira es la historia de la humanidad y como tal debería estar contemplada en los planes de estudio como asignatura obligatoria. Nos iría mejor si fuéramos expertos en mentir y mentirnos. Hasta ahora solo hemos conseguido ser unos aficionados. Recurrimos a mentiras piadosas, pero seguimos sospechando de la piedad de las mentiras. Tenemos talento para la mixtificación pero seguimos ocultándolo. Me lo dijo un amigo el otro día cuando se le cayó el mundo encima: “yo querría ser un personaje de ficción, pero solo soy una persona estafada”. Somos demasiado reales y esa es nuestra tragedia. Nos sostienen los engaños, pero los maquillamos con el nombre de creencias. Nos seducen los embaucadores, pero nos resistimos a creer que somos uno de ellos, y a pesar de nuestra vergüenza seguimos mintiéndonos.

A través de la mentira y de la ficción huyo de toda clase de mesianismos. Me resisto a ser prosélito de causas ajenas. Quiero engañarme y aspirar al humor de los que se devoran para librarse de sí mismos. Me lo dijo Groucho Marx la otra noche con una bocanada de humo en la cara: “me encanta que me mientan, me siento correspondido”.

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Publicado en el diario Información El Puerto el 2 de abril de 2004

Como todos los artículos de esta época, este texto de corte cioranesco también sigue publicado en mi antigua web, en Internet desde 2001.

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Realidad vs. Ficción

Caminante sobre un mar de niebla, de Caspar David Friedrich, 1818

¿Nunca os sorprendió comprobar la rapidez con que la gente acoge como ciertas las historias que los demás les cuentan? ¿No os admira la urgencia con la que a menudo acuden a vosotros para haceros partícipe de una historia a la que, indefectiblemente, otorgarán la categoría de verdadera solo porque aparenta haber ocurrido en lo que todos hemos convenido en llamar realidad? ¿Nunca sospechasteis del improvisado contador de esas historias? ¿Nunca dudasteis de sus palabras? ¿Nunca recelasteis de él y lo creísteis un farsante, un charlatán, un malicioso? Y aun cuando aceptasteis creer que podría ser cierto lo que os contaban, ¿no permaneció en vosotros un atisbo de duda o un recelo? ¿Acaso descartasteis por completo la posibilidad, nada peregrina, de que aquello que se os daba como verídico hubiese sido maquillado con una buena dosis de invención? Y si os pasó esto que digo, ¿qué hicisteis entonces, seguisteis en la creencia de que fue real lo que se os contó, o bien os instalasteis definitivamente en la duda y lo juzgasteis solamente como posible, es decir, como algo que bien podría haber ocurrido pero que quizás no ocurrió, o no al menos tal y como os fue revelado?

¿Nunca fuisteis testigo ocasional de la narración de un relato cuyo protagonista principal erais vosotros mismos? En una charla con los amigos, en una cena en casa, en una agradable velada con personas de vuestra absoluta confianza, que os aprecian y hasta os quieren, ¿nadie habló nunca de vosotros y descubristeis con asombro que aquello que contaron no se ajusta fielmente ni a lo que vosotros vivisteis ni a lo que vosotros sois o creéis ser? Y cuando esto os ha ocurrido, si os ha ocurrido, ¿no os habéis visto convertidos de repente en un personaje imaginario, en una mera proyección ficticia de la mente de otro? Y aquella experiencia vivida que tan bien creéis conocer, hasta el punto de ser capaces de contarla de nuevo con pelos y señales, ¿no os pareció entonces que brotaba de un territorio que os es por completo ajeno, o que no es del todo real, tanto si os la hicieron creíble como si no? Y si el contador improvisado de esa experiencia fue hábil y se dio maña a la hora de contagiar de fábula lo que podría haber quedado sepultado por la realidad y, por tanto, condenado al olvido de no haber sido relatado nunca, ¿no os halagó y os sentisteis agradecidos? ¿No os alegró comprobar que también vosotros, y vuestras insignificantes vidas, si es que alguna vez os parecieron insignificantes, pueden perdurar y volver a suceder en ese territorio brumoso y difuminado al que todos hemos convenido en denominar ficción, una y otra vez y cada vez que vuestra historia sea contada o leída?

Con estas dudas sobre los límites de la realidad, y sus ficciones, despido el año 2010.

FELIZ ENTRADA EN EL AÑO NUEVO A TODOS CUANTOS MERODEAN POR ESTE MINÚSCULO METEORITO A LA DERIVA EN LA GALAXIA INTERNET.

FELIZ AÑO 2011

Como siempre en estas fechas

 

La Juventud de Baco, de William-Adolphe Bouguereau

Ahora me gustan mucho las vacaciones de Navidad, pero no siempre fue así. Durante bastante tiempo yo fui uno de esos duros de pacotilla que viven empeñados en desmontar los mecanismos del todo. Lo digo de forma rimbombante para subrayar lo ridículo de mi actitud, no crean. Supongo que tenía vocación de relojero. Estaba obsesionado con los resortes, los artificios, los trucos. En definitiva, vivía demasiado pendiente de las mentiras, queriendo siempre descubrirlas para luego detenerme en su estudio y disección. Pensaba que ese era el camino más corto para dejar de estar engañado. Y las fiestas navideñas, claro, eran una de las grandes mentiras. Es más, quizá fueran, para mi tonto escepticismo de entonces, la más perfecta y acabada representación de la mentira del mundo; un par de semanas en las que todos nos disfrazamos de espumillón para creer que vivimos en un lugar decente.

Con el tiempo, sin embargo, me he vuelto un firme defensor de los ritos de la tribu, y de sus grandes mistificaciones, por supuesto, que tan seguros nos hacen vivir. Me dirán que es una idea conservadora, lo sé. Pero qué quieren; también yo terminé aceptando una ocupación y me hipotequé de por vida con la compra de un piso; también yo me casé y tuve un hijo; también yo tengo algo que proteger y conservar.

Ahora no me causa el más mínimo sonrojo  reconocer que me emocionan estas fiestas. Y no me faltan motivos para ello. Soy consciente de la pequeñez que represento en el mundo, y sé perfectamente que lo que yo hago durante estas dos semanas de vacaciones, que es al fin y al cabo lo que hacemos todos, no es más que un eco o una prolongación de lo que viene haciendo el mundo entero desde la más lejana antigüedad en todos los confines de la Tierra: celebrar el final de un ciclo y el comienzo de otro, sin que importe el nombre que le demos o la forma con que lo revistamos.

Nosotros lo llamamos Navidad y luego lo llamaremos Nochevieja, pero en realidad festejamos, como se hizo siempre, los viejos rituales paganos alrededor del Solsticio de Invierno.

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