La casa deshabitada

Soldado de la guardia de Corps, 1901.

(Basada en una conocida leyenda castellana)

Aquella noche don Antonio Chenique paseaba como tantas otras por la callejuela de San Justo, en Madrid, vistiendo elegantemente su uniforme de los guardias de Corps de Carlos IV, muy ufano porque a esa misma hora lo estaría esperando ya una joven a la que había conquistado varias semanas atrás con la ayuda de la criada de esta, que propiciaba los encuentros secretos de los dos amantes.

Estamos en pleno siglo XIX, en un ambiente propicio para las historias románticas, con un apuesto joven al que no evitaremos describir con su bigotito fino y un clavel en el ojal, un decorativo espadín al cinto y en la boca una o dos ligerezas aprendidas en los libros para halagar a una dama. Es orgulloso y va abstraído por las calles pensando en la mejor manera de librarse de la bella enamoradiza que con tanta ligereza se le había entregado y de la que ya obtuvo los favores que su vanidad demandaba.

Aquella noche sería la última noche que pasaría con aquella mujer, que ya le hastiaba. Lo tenía decidido. Ocurrió entonces que al pasar por delante de la iglesia pontificial vislumbró un ligero resplandor que iluminaba su fachada, lo que le pareció extraño, pues muchas veces había cruzado aquella callejuela y nunca había visto luz en aquel balconcillo donde ahora ardía misteriosamente una vela.

Nuestro hombre no apuró el paso, pese a que ya se le hacía tarde el encuentro con la joven que lo esperaba. Se ocultó tras una esquina y durante un buen rato se entregó a la observación de aquel balcón que parecía abierto e iluminado solo para él aquella noche. Vio a través de la ventana una sombra, la misma que portaba el candil, y descubrió en ella un contorno femenino que poco a poco se fue asomando al balcón para mostrar su belleza. Una dulce voz pronunció su nombre y quedó atravesado. La misteriosa mujer lo llamaba desde su altura invitándolo a subir. Don Antonio salió de su escondite y de nuevo la voz pronunció su nombre y de nuevo lo invitó a su alcoba. La curiosidad se apoderó de él y atravesó la calle hasta la vieja fachada. Un portón de herrajes antiguos se abrió con un sonido de años pasados en los que no reparó nuestro hombre. En el umbral lo esperaba la dama del balcón vestida de blanco, apenas un camisón de encaje que prometía una noche única.

Nada tenía que ver aquella belleza con la hermosura de todas las mujeres con las que él había estado hasta esa noche. La dama lo condujo por pasillos ricamente adornados que negaban el aspecto exterior de aquella casa que días antes parecía abandonada. Tanta era la confusión de nuestro hombre, y tanto el deseo de llegar a los aposentos de la joven, que no reparó en la decoración ya anticuada, aunque majestuosa, de aquel caserío. Y allí nada dijo ella. Nada preguntó él. Las horas pasaron veloces y la mañana lo sorprendió despierto y abrazado a aquella inquietante muchacha desconocida.

Apenas tuvo tiempo de despedirse de ella. Afuera lo esperaba su guardia en el palacio real. No podía retrasarse. Recogió su ropa y se vistió. La dama lo condujo de nuevo por los pasillos y de nuevo abrió el portón, que otra vez dejó escapar su inconfundible sonido de años.

La calle Mayor lo esperaba vacía de gente a aquella hora. Don Antonio iba abstraído en sus propios pensamientos, todavía emocionado por la increíble experiencia vivida con la más hermosa de las mujeres. Ya se estaba reponiendo del esfuerzo de la noche pasada cuando a la altura de la Plaza reparó en la ausencia de su espadín. Sin duda se lo había dejado olvidado encima de la mesilla junto a la cama de su nueva amante. Consciente de que no se podía presentar sin él en su puesto, corrió el camino de vuelta hasta la callejuela de San Justo y, sin demora, golpeó la pesada aldaba, que le ensució las manos con el óxido verde del bronce. Tres veces repitió esta operación hasta que la puerta cedió al paso de un anciano con uniforme de viejo criado. Confundido ante la presencia del viejo, don Antonio explicó que necesitaba recuperar el espadín que tan solo media hora antes se había dejado olvidado en aquella casa. No hizo alusión a la joven vestida de blanco con la que había pasado la noche. No quiso comprometer su honor confiando en que la muestra de impaciencia serviría para persuadir a aquel servidor uniformado. El anciano se mostró afable y le dijo que no había inconveniente en dejarle pasar, pero también le advirtió que sin duda se hallaba en un error, y que no debía de ser aquella la casa de la que había salido, pues esta estaba deshabitada y él era el guardián desde hacía muchos años.

Fue el propio anciano el que condujo a don Antonio Chenique por los mismos pasillos que solo unas horas antes estaban ricamente adornados y que ahora se hallaban cubiertos por el abandono de los años. Una pátina de polvo ya asentado lo envolvía todo, también la estancia donde había pasado la noche, y la cama en la que hacía solo media hora antes había estado abrazando a aquella mujer misteriosa, y hasta la mesilla en la que había dejado su espadín estaba ahora mordida por la carcoma y el deterioro.

Nunca hasta entonces había visto el guardián aquel espadín, lo que decía mucho en favor de la historia que le había contado aquel joven tan confundido. Don Antonio reconoció en ella su arma: sin duda era la misma vaina, la misma hoja, la misma empuñadura que tantas veces había decorado su cinto, pero parecía tener un siglo y llevar allí y en aquella misma posición muchos años, no tocada desde hacía tiempo por la mano del hombre, para siempre deteriorada por la herrumbre y el moho.

Sobre el papel de los intelectuales

Miguel de Unamuno

“¡Estoy desesperado! Desesperado por lo que está ocurriendo en España. Se lucha, se matan unos a otros, queman iglesias, celebran ceremonias, ondean las banderas rojas y los estandartes de Cristo. ¿Cree usted que esto ocurre porque los españoles  tienen fe, porque la mitad de ellos cree en la religión de Cristo y la otra mitad en la de Lenin? No, en absoluto. Escuche y ponga atención a lo que voy a decirle. Todo lo que está ocurriendo en España es porque los españoles no creen en nada, están desesperados y actúan con salvaje rabia… El pueblo español se ha vuelto loco. El pueblo español y el mundo entero.”

Son palabras de don Miguel de Unamuno, y las pongo encabezando esta entrada porque considero que explican muy bien lo que fue la guerra civil española en opinión de uno de sus intelectuales más respetables. También son palabras de don Miguel las siguientes:

 “Entre los hunos y los hotros están descuartizando a España”.

 Evidentemente, no se trata de errores ortográficos. Al hablar de los “hunos” frente a los “hotros”, Unamuno dejaba claro lo que le parecían las actuaciones de los dos bandos enfrentados, los unos y los otros. Y también son de Unamuno estas otras:

 “He llorado porque una tragedia ha caído sobre mi patria. España se enrojece y corre la sangre. ¿Sabe usted lo que esto significa? Significa que en cada hogar español hay dolor y angustia. Y yo, que creía trabajar para el bien de mi pueblo, yo también soy responsable de esta catástrofe. Fui uno de aquellos que deseaba salvar la humanidad sin conocer al hombre”.

 Todas estas palabras, y otras muchas parecidas, fueron escritas en los últimos meses de la vida de Unamuno, que murió el 31 de diciembre de 1936. Y, sin embargo, como es inevitable, la manipulación sobre la guerra que han realizado tantos historiadores durante los últimos setenta años ha difundido el bulo de que Unamuno estuvo adscrito ideológicamente a uno u otro bando, según el signo político de quien escribe y miente. Y justifican la ficción recurriendo a las evidentes contradicciones vitales del célebre pensador, que llegó a confesarse a sí mismo esto:

 “Yo también soy responsable de esta catástrofe”.

 Creo que resulta inevitable hacerse la siguiente pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué se sentía Unamuno responsable de una salvajada como la guerra civil? Muy sencillo.

Unamuno era muy consciente de su papel de influyente intelectual en la vida política del país. A pesar de lo que muchos puedan creer para mantener limpias sus conciencias, la actuación de los intelectuales en la sociedad no es nada inocente. No son simples comparsas. No viven de espalda a los acontecimientos que acaban provocando los conflictos criminales. De hecho, son los intelectuales quienes crean el clima asfixiante que los hace posible. En buena medida son ellos, su patético entusiasmo, su insano fervor y su proverbial incapacidad para mantenerse indiferentes, quienes propician el ambiente irrespirable que acaba creando los conflictos sociales, que en ningún caso son frutos del azar. Ocurrió en los años treinta del siglo XX y ocurre también hoy. Por este motivo, creo que empieza a resultar urgente mantenerse alerta ante sus opiniones. Confieso no sentir la menor simpatía hacia los creadores de opinión, a quienes en tantas ocasiones veo como chuscos salvadores en posesión de verdades fanáticas, como profetas que elevan su voz para mostrarnos el camino a seguir, como propagandistas inveterados que minan la cohesión social en busca siempre de su medro personal, en su imparable escalada hacia la cumbre de los éxitos, como entusiastas ideólogos de un nuevo orden que ha de purificarnos, y, finalmente, como sumos sacerdotes que, cuando todo ha pasado, improvisan nuevos mitos.

Basta con encender la radio y la televisión, o abrir las páginas de un periódico para que nos encontremos al típico salvapatrias sin escrúpulos que le hace el juego, le abre el camino o le allana el poder al político de turno a la espera de las prebendas y el reparto del pastel al que nos tienen acostumbrados. El intelectual es el creador de opinión, el domador de multitudes, el encargado de prender la llama de los entusiasmos, quien actúa en la sombra corroyendo el sentido común hasta alcanzar la histeria, la epilepsia de la que nacen las ideologías, las doctrinas, los partidismos que, a poco que se les deje actuar sin control, derivan en farsas sangrientas. Y cuando esto ocurre finalmente, el intelectual es el incendiario propagandista que instiga a las masas para que luchen por la causa que ellos propiciaron e hicieron posible. De repente, digámoslo así, de repente, se quita la careta de pensador responsable y vemos su verdadero rostro de ideólogo, de fanático, de energúmeno que quiere que todos compartan su histeria, imponerla cueste lo que cueste, hasta llegar a la supresión de quienes considera sus oponentes, pues no va a permitir que nadie actúe del otro lado de lo que él considera la verdad, lo correcto, lo decente, lo justo, lo adecuado, lo que conviene a todos.

Quizá en sus últimos meses de vida, con la guerra ya iniciada, cuando ya se veía por dónde iban a ir los tiros, Unamuno fue consciente o se dio cuenta de la fatal actuación que los intelectuales habían tenido e iban a tener de ahí en adelante:

 “Fui uno de aquellos que deseaba salvar la humanidad sin conocer al hombre”.

 Al menos en su caso, este reconocimiento del error lo dignifica, nos lo hace simpático. Nunca fue un arrebatado entusiasta, toda su vida mantuvo una postura de heterodoxo total. Su actuación intelectual la mantuvo siempre frente al poder, lo que nos lleva inevitablemente a recordar la clásica distinción entre lo que se ha denominado “intelectual orgánico”  frente a “intelectual inorgánico”.

La diferencia que hay entre uno y otro es simple y fácil de entender. El intelectual orgánico es aquel que se pone al servicio de una determinada ideología, manteniendo un compromiso político con ella. No siempre es un hombre de partido, pero siempre es partidista. El inorgánico, en cambio, es el que mantiene su compromiso solo con la inteligencia. Su compromiso es intelectual, no político, y por tanto se verá siempre enfrentado al poder, sea este del signo que sea. Pero frente al poder, cuidado, no contra el poder. Y claro, esta postura, que es la del sentido común, lleva a frecuentes malentendidos, porque el intelectual inorgánico no es un individuo explosivo que no acepta el orden social impuesto. De hecho, la política le tienta. Él sabe que la política es una actividad inseparable del ser humano. El intelectual inorgánico es más bien la mosca cojonera que acepta lo que hay pero se entretiene en buscar los errores y ponerlos al descubierto. Es el incómodo personaje que no se casa con nadie, que no duerme en cama ajena, y que, por tanto, puede reconocer los méritos que hay en todos, pero también señalar los peligros que les acechan, y también poner sobre el tapete los abusos, la corrupción y los excesos a los que tiende inevitablemente toda forma de poder. Muchas veces se ha confundido con el neutral, el que no toma partido, y no es eso, por supuesto. También puede ser confundido con el chaquetero, porque el intelectual inorgánico, que es siempre un hombre prudente, puede llegar a elogiar, siempre al principio, diversas causas políticas de signo muy distinto, pero nunca por mucho tiempo, ya que su propia lucidez o el transcurrir de los acontecimientos acabarán por desengañarlo, y aquella primicia que le pareció honrosa terminará por parecerle una abominación.

La postura de Unamuno como intelectual inorgánico era la “alterutralidad”, palabrón retórico que él mismo se encargó de explicar magistralmente, distinguiéndola de la “neutralidad”, con estas palabras:

 “mi posición es de “alterutralidad”. Que si de neutralidad –de neuter, neutro, ni uno ni otro- es la posición del que se está en medio de dos extremos –supuestos los dos-, sin pronunciarse por ninguno de ellos, de “alterutralidad” –de alteruter, uno y otro- es la posición del que se está en medio, en el centro, uniendo y no separando –y hasta confundiendo- a ambos”.

 Y sin duda, debido a esta postura tan disidente, a lo largo de estos setenta años en que se viene glosando, con mayor o menor fortuna, lo ocurrido en la guerra civil, algunos historiadores mal informados han querido ver a Unamuno como adepto al bando nacional, primero, y como traidor a él, después, acercando posiciones al bando contrario. Y no es eso. No es eso.

Más de setenta años después, Unamuno continúa confundiéndolos a casi todos. Por fortuna, hay honrosas excepciones. Y es que el problema con el que se encuentra la historiografía sobre la guerra civil, con el patético añadido, en los últimos años, del fabuloso camelo de la memoria histórica, es ese. En España sigue habiendo una auténtica carencia de intelectuales inorgánicos que sean capaces de ver más allá del entusiasmo de los unos y los otros. Aquí nos va demasiado el dogma, los partidismos, las ideologías, las historietas de los buenos y los malos. Nos chiflan las posturas maniqueas. Por desgracia, antes, durante y después de la guerra civil, abundaron los intelectuales orgánicos. También hoy son legión, en sus dos arrastradas vertientes intercambiables: o comprometidos políticamente con el gobierno, el que sea, o con la paciente oposición que termina desbancando al adversario y ocupando por un tiempo el ansiado poder.  Una y otra vez y vuelta a empezar. Y así nos va, claro.

La otra muerte del señor de Villena

 

Cápitulos CLXXVI y CLXXVII de la "Crónica del Halconero de Juan II": 'De la muerte de don Enrrique de Villena" y 'Del estado que alcançó e perdió este don Enrrique"

Lo cierto es que murió en Madrid, pero muchos autores insisten en situar su muerte en la ciudad de Toledo. Poco importa el lugar en el que se desarrolle esta historia fantástica; a la leyenda le basta con saber que ocurrió en algún lugar de España durante el siglo XV, época sombría en la que se persiguió con saña la afición de algunos hombres por los sucesos sobrenaturales.

Uno de estos hombres fue don Enrique de Villena, figura de cierta relevancia en la época, conde de Cangas y Tineo y maestre de Calatrava, curioso escritor y brujo ocasional. Nuestros autores del Siglo de Oro repararon en su figura para hacerle protagonista de algunas leyendas que han llegado hasta nuestros días. Esta es una de ellas.

* * *

Cuando don Enrique de Villena supo que iba a morir decidió poner en práctica algunos de los conocimientos que había adquirido a lo largo de su vida. Versado como estaba en la sabiduría alquímica, no desconocía los estudios que algunos científicos habían desarrollado sobre la inmortalidad y la resurrección de los muertos a partir de la manipulación de cadáveres.

El señor de Villena tenía un esclavo negro que merecía toda su confianza, y al que pensaba libertar como premio a sus cuarenta años de fiel servicio. En aquella época era un lujo propio de la aristocracia poseer un criado africano, y don Enrique esperaba ganarse la admiración de todos mediante este acto de liberalidad, del mismo modo que años atrás había sabido ganarse la aprobación de la mayoría bautizando a su lacayo.

Un buen día, cuando ya lo tenía todo dispuesto para abandonar este mundo, don Enrique llamó a su criado y lo condujo a su laboratorio, donde le reveló sus planes. En aquel cuarto misterioso el criado fue testigo de una revelación escandalosa, tan contraria a los preceptos de la religión católica que ambos profesaban que solo por miedo a que se descubrieran las heréticas intenciones de su señor accedió a hacer lo que don Enrique le estaba pidiendo.

Quedó establecido que el día que el señor de Villena falleciera nadie debía percatarse de tal acontecimiento. Acordaron que el propio criado vestiría sus ropajes y saldría a la calle aparentando ser él, calándose hasta los ojos el sombrero del conde y cubriéndose el cuerpo con su capa. Todos los días, y durante varias horas, debía fingir su habitual paseo por las calles de la ciudad, simulando sus andares y sin hablar con los vecinos que con él se cruzaran. Solo un estudiado movimiento de cabeza debía servir de respuesta a los saludos que le prodigasen. Y todo esto durante nueve meses, el tiempo que don Enrique necesitaba para volver a hacer su aparición en el mundo.

En cuanto al destino que debía correr el cuerpo de don Enrique, las instrucciones eran minuciosas y debían llevarse a cabo con metódica perfección. El criado negro sabía que cualquier fallo durante la ejecución de aquel plan daría al traste con las esperanzas del señor de Villena.

Así que el día que este murió, el criado negro cerró a cal y canto las puertas de la mansión, condujo el cadáver hasta el laboratorio, lo colocó sobre una mesa y  se entregó a la delicada tarea que le había sido encomendada. Tras unos rápidos preparativos, amputó el cuerpo de don Enrique y lo redujo a miles de trozos minúsculos. Con máximo cuidado para no desperdiciar ni una gota de sangre, introdujo el resultado de aquella  carnicería en un matraz que su señor había mandado fabricar para este fin algunos meses antes, y que durante semanas había llenado con un elixir fecundante que él mismo había fabricado. Una vez hecho todo esto, taponó con cera aquel vaso de vidrio y lo depositó bajo un montón de estiércol de caballo, que fue aumentando con los meses.

Pasadas las cuarenta semanas, el esclavo negro debía conducirse con la máxima precisión, romper aquel recipiente y sacar al niño que en él se debía haber gestado.

Durante semanas el criado se caló capa y sombrero y fingió ser el propio señor de Villena. Durante semanas, y a pesar de las notables diferencias de altura y corpulencia, ningún vecino se percató del trueque, y ni siquiera se extrañaron del comportamiento del conde, siempre tan ausente y silencioso. Sin duda, sus conocidos creyeron que don Enrique estaba pasando una etapa de máxima misantropía, seguramente absorbido por el estudio de algún caprich nigromántico.

La mala suerte no quiso que se cumpliera la resurrección de aquel raro y genial espécimen de nuestro siglo XV. Por aquel entonces prevalecía en España la costumbre de detenerse ante el viático cuando este pasaba por las calles. Los viandantes, al ver venir al sacerdote, revestido y portando el copón con las formas consagradas para dar la extremaunción a los moribundos, solían quitarse el sombrero, e incluso arrodillarse a su paso como muestra de respeto. Pues bien; se puede decir que fue esta tradición tan arraigada en el pueblo la que precipitó el desastre.

Ocurrió que un día sonó la campanilla del viático justo detrás de la espalda del criado, y este, temeroso de ser descubierto, no se descubrió a su paso. Todos quedaron perplejos ante aquella osadía del que creían el señor de Villena. Enseguida todos los ojos aparentemente distraídos se fijaron en aquella figura aún cubierta y vestida de negro. Incluso un vecino se acercó para reprocharle su comportamiento y, ante la negativa del señor de Villena a descubrirse, le arrojó al suelo el sombrero de un manotazo.

Allí se acabó el engaño. Inmediatamente repararon en un posible acto criminal. Inmediatamente fue el criado duramente interrogado y llevado ante la institución judicial. Los hermanos de la Suprema fueron persuasivamente inflexibles, y los duros métodos que emplearon sirvieron para que se descubriera todo el plan de don Enrique, a la vez que el criado, por temor, se avenía a conducirlos hasta las cuadras donde se ocultaba el matraz en el que el cuerpo del conde iba adquiriendo ya la forma de un embrión humano.

Escandalizado por aquel espectáculo herético, uno de los inquisidores dio la orden de romper el recipiente. Los alguaciles, sorprendidos,  aún dudaron unos segundos si cumplir o no la orden antes de llevarla a cabo.

 

Manifiesto individualista

 

Man Bencind Down Deeply, Egon Shiele, 1914

Confiamos más en las divagaciones que en las resoluciones firmes. Vivimos con más dudas que creencias. Preferimos antes la compañía de los bribones que la de los moralistas. Buscamos más la indiferencia que la verdad. Sospechamos menos de la locura de los perversos que de la buena intención de los que imponen su ortodoxia. Creemos más en la desesperación de los desertores que en el poder de los ejércitos. Huimos de los profetas y nos escondemos de sus acólitos. Ni buscamos mesías ni somos prosélitos. Desertamos de idearios y doctrinas. Sin lemas ni estandartes, imitamos a Don Quijote y donde hay políticos nosotros vemos bufones. Como Cyrano, pregonamos nuestro orgullo y somos independientes. Pertenecemos a una sociedad secreta de hombres sin fe que sólo reivindican la dicha de poder gemir con desgana.

Para sobrevivir, pactamos con la sociedad dejando que nos muerda la mano mientras le damos de comer. Llevamos siglos ocultándonos. Estamos cansados. Aceptamos los insultos por cortesía. Nos conformamos por imitación. Nos rebelamos con pasión de autómatas. Le volvemos la espalda al tiempo. Y observamos. Vigilamos con paciencia y, sin convicción, miramos la embriaguez de los otros. Ya ni siquiera nos agitamos debajo de las convenciones. Repudiamos a escondidas nuestra pereza, pero a diario hacemos nuestra revolución desde la cama. Poco a poco nos vamos entregando sin luchar.

Aún así no claudicamos del todo. Nos aceptamos como cadáveres. Permanecemos a la sombra. Cada día proclamamos nuestra individualidad y sin quererlo somos incómodos. ¿Qué tenemos que hacer para vivir y morir en primera persona? ¿Imitar a los profetas, a los fanáticos, a los inventores de carnicerías? ¿Unirnos al club? ¿Imponer también nosotros nuestras propuestas y esperar luego el momento? ¿Tomar lecciones de corrupción y de retórica? ¿Distribuir recetas de felicidad? ¿Intervenir en los asuntos de los otros? ¿Abrazar doctrinas? ¿Depender del capricho ajeno? ¿Adular al poderoso y adoptar la adulación como un credo? ¿Hacer nuestras las mentiras tramadas por los grandes hombres, por su gran época, por su partido, por sus logros y visiones? ¿Alentar con palabras la ilusión de la gente? ¿Tomar prestada su confianza? ¿Esperar que los emprendedores y los oportunistas llenen su saca, recojan sus frutos, y desear luego que del bolsillo se les derrame una limosna? ¿Asentir a cada palabra que pronuncia un líder? ¿Oír hablar de porvenir, de ideales, de oportunidad, de bien común, de nosotros frente a ellos y después tomar parte en el saqueo? ¿Pensar que se pertenece a algo sólo porque se corea el eslogan que ideó un imbécil? ¿Cerrar los ojos y la boca y creer que la ambición ajena puede salvarnos del deseo de notoriedad del ambicioso? ¿Pertenecer a la élite? ¿Tener vista y fomentar el negocio? ¿Hacer con la insolencia una bandera y levarla en nombre del comercio? ¿Tirar por tierra la templanza? ¿Dejarnos convencer por cantos de sirenas? ¿Forjar con una imagen una patria? ¿Aplaudir el grito de la muchedumbre que aclama al que más trepa? ¿Ensuciar, en fin, la voz y su martillo por ceder el humor ante el capricho de algún otro? No, gracias. No, gracias. No, gracias.

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Publicado en el diario Información El Puerto el 16 de abril de 2004

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Guárdate de los Idus de marzo

Nací tal día como hoy de hace ahora treinta y siete años. Siempre me complació saber que para los romanos era una fecha de buen augurio. Los Idus de marzo los llamaban ellos. Desde el año 44 a. de C. es también el día en el que asesinaron a Julio César, probablemente el más conocido magnicidio de toda la historia.

 

Busto en piedra de Julio César

 

La Muerte de Julio César

“Guárdate de los Idus de Marzo” era el consejo con que un agorero romano llevaba días saludando a Cayo Julio César, que por aquel entonces ya había sido nombrado rex sacrorum, máximo cargo religioso de Roma. Lejos estaba el hombre más importante de su tiempo de imaginar que aquel 15 de marzo del año 44 a. de C. iba a ser su último día.

La descripción que de él nos ha llegado es la de un hombre excepcional: un astuto político, un hábil estratega militar, un escritor talentoso y un amante con notable atractivo personal. Era aclamado por las multitudes y respetado por sus enemigos, con quienes se mostraba magnánimo. Su desmedida ambición le hizo disfrutar de los honores más altos, como el consulado vitalicio, la dictadura perpetua y el dictado de Padre de la Patria, entre otros honores. La historia se ha encargado de cuidar la memoria de su muerte, que pasa por ser el magnicidio más famoso de todos los tiempos.

Los elementos dramáticos que se acumulan alrededor de su muerte, no exenta de cierta ironía, merecerían figurar en una nueva historia universal de la infamia. El escenario es bien conocido. Suetonio, Plutarco, Shakespeare o Goethe, entre otros, recrearon con pequeñas variaciones los últimos momentos de la vida de César. En todos ellos hay un héroe, una advertencia, una conjura, dos infames cabecillas y 23 puñaladas asestadas en un cuerpo que cae muerto a los pies de la estatua de su máximo rival, amigo, yerno y en los últimos tiempos peor enemigo, Cneo Pompeyo Magno, asesinado en Egipto cuatro años antes.

Quiere la historia o la leyenda hacer de la muerte de César un brutal sarcasmo. Dicen que la noche previa fue ventosa y que su mujer, Calpurnia, gemía en sueños mientras él se levantaba sobresaltado por el ruido de puertas y ventanas, que se abrieron con violencia. Dicen que Calpurnia le rogó que no acudiera aquella mañana al Senado, y que él se burló de las supersticiones de ella como antes lo había hecho de los finalmente inútiles pero fatales avisos del agorero. Dicen que de los 60 conjurados dos eran los cabecillas, Cayo Casio Longino y Marco Junio Bruto, y que por despecho y ambición conspiraron contra la vida de César, pese a ocupar puestos de confianza muy cercanos a él.

El lógico desenlace tuvo lugar junto al Pórtico de Pompeyo, en pleno Campo de Marte. Estaba previsto que 20 senadores, de lo 60 conjurados, portaran dagas entre los pliegues de sus túnicas y que descargaran al menos un golpe cada uno, de modo que la responsabilidad del asesinato fuese colectiva. El plan se llevó a cabo con rigurosa precisión. Marco Antonio, el brazo derecho de César aquel año, nada pudo hacer para impedir el crimen desde la puerta donde fue entretenido por algunos de los instigadores. Entre tanto, uno de ellos, Tulio Cimbro, quizá aprovechando la fama de magnánimo con sus enemigos de que gozaba César, lo retuvo en un aparte para pedirle que perdonase a su hermano, que estaba en el exilio, en tanto que los otros aprovechaban la ocasión y el descuido para rodear a la víctima.

El resto está escrito en más de una obra maestra. Casi todos los autores de la antigüedad están de acuerdo en que fueron 23 las puñaladas recibidas, de las cuales al parecer sólo una fue mortal, precisamente la que le asestó Marco Bruto inmediatamente después de que Julio César pronunciara sus últimas palabras, que contraen aún más la tensión trágica de este curioso episodio histórico.

Julio César se ganó en vida fama de tipo duro con las mujeres. Tuvo numerosas amantes, de entre las cuales tal vez sea Cleopatra la más conocida. Pero también sedujo a las esposas de muchos de sus colaboradores. Postumia, la esposa de Servio Sulpicio; Lolia, la de Aulo Cabinio; Tértula, la de Marco Craso y Mucia, la de Cneo Pompeyo, gozaron de sus favores. Pero dicen que fue una tal Servilia, la madre de Marco Bruto,  la mujer por la que el rex sacrorum manifestó durante toda su vida una mayor pasión. Quizá  esto explica esas últimas palabras de César que nos da Shakespeare: “¿Tú también, Bruto?”.  O esas otras de Suetonio, aún más dramáticas: “¿Tú también, hijo mío?”

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Texto publicado en Historias Curiosas, Agustín Celis, Ed. Añil, 2001.

 

 

Autorretrato en tiempos revueltos

Manuel Chaves Nogales. Años 30 del siglo XX

Alguna vez he comentado aquí que soy seguidor habitual del blog que mantiene abierto desde el pasado verano Antonio Muñoz Molina, aunque hace varias semanas que me limito únicamente a leerlo, sin hacer ninguna aportación. Allí no solo he encontrado un lugar confortable en el que aún es posible expresarse con absoluta libertad, sino también a una serie de personas a las que, sin conocerlas personalmente, empiezo a apreciar por todo lo que generosamente me van aportando: ideas, argumentos, un número creciente de enseñanzas varias, recomendaciones musicales y literarias y un largo etcétera.

El otro día, sin pretenderlo ni buscarlo, me topé en la biblioteca de El Puerto de Santa María, que suelo visitar al menos un par de veces al mes, con un libro que había pasado a formar parte del listado de sugerencias que desde hace meses vengo confeccionando, gracias al blog de AMM, con el fin de paliar las inevitables carencias que tengo en muchos asuntos. El libro en cuestión es de Manuel Chaves Nogales, lleva por título A sangre y fuego y se trata de una colección de relatos cortos sobre la Guerra Civil española, ese manido tema del que tanta gente habla en este país y que sigue sirviendo de excusa propagandística para abrir impostadas brechas ideológicas en la actual sociedad española.

En realidad no sabría decir qué es lo que me llevó el martes pasado a visitar la sección de Historia de España de la biblioteca, pero lo cierto es que allí me encontraba, revisando títulos y hojeando mamotretos cuando vi la edición de Espasa del título de Chaves Nogales. Así que lo cogí con avidez, leí la sinopsis de la contraportada y me dejé convencer por estas palabras que tanto me dijeron a su favor:

“Periodista vocacional y paradigma del intelectual comprometido con su tiempo, el autor se aleja de la demagogia y del fácil maniqueísmo con que casi siempre se ha tratado esta terrible época de nuestra Historia y se preocupa más por el perfil humano de quienes sufrieron dicha contienda que por su faceta política. Es el deseo de imparcialidad el que provoca el estremecimiento en el lector: ni buenos ni malos, ni vencedores ni vencidos, ni verdugos ni mártires; tan sólo hay crueldad, absurdo, desorientación y obcecación de unos y otros”.

Fue suficiente. Como tuve la suerte de nacer en 1974, cuando el régimen de Franco daba sus últimas boqueadas, y de criarme en un país absolutamente democrático, la verdad es que nunca he encontrado en mí la más mínima razón que me impida tratar de comprender ese periodo convulso de nuestro pasado desde un punto de vista meramente histórico, alejándome todo lo posible de motivaciones propagandísticas e ideológicas, y, por supuesto, con el mismo grado de curiosidad que puedo sentir por la época de los Reyes Católicos, por el reformismo ilustrado de los primeros Borbones o por el impulso progresista que ya en el siglo XIX avivó el deseo de forjar una República.

Aquella misma noche, ya de vuelta en casa, leí y releí con atención el prólogo y desde entonces no he parado de imaginar cómo debió de ser aquel hombre al que yo me he propuesto conocer. El prólogo con que da comienzo el libro, escrito en 1937, en plena guerra, es de una lucidez tan generosa, de una brillantez tan razonable e imparcial, que no solo alumbra la trágica oscuridad que se vivió en aquellos años, sino que ilumina también con su foco esta nueva penumbra política en la que ahora mismo nos encontramos, y que quizá no es más que un pálido eco de aquella otra. O al menos eso  es lo que quieren hacernos creer. Y quizá lo estén consiguiendo.

“Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeñoburgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria”.

Con estas palabras comienza Manuel Chaves Nogales el prólogo de su libro, que es a la vez el autorretato de un hombre convencido de su propia verdad, la confesión de un intelectual asqueado por el terror y la sangre y la declaración de intenciones de un liberal que decidió exiliarse cuando tuvo “la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar”.

Estos días he pensado mucho en el prólogo de Chaves Nogales y no me ha resultado difícil imaginar el drama íntimo de ese hombre. He pensado en él y me he sorprendido pensando a la vez en mí mismo, y me he imaginado en su época y he contemplado al mismo tiempo la mía, y la he comprendido mejor. Su valoración de aquel periodo convulso sigue siendo tan actual, sigue estando tan vigente, que creo que muchos ciudadanos de hoy, tal y como me ha ocurrido a mí, podrían suscribir una a una sus palabras si en algún momento, por esas cosas que pasan, las circunstancias los colocaran en una situación de similar incertidumbre.

Releyendo el prólogo de A sangre y fuego ha habido momentos que me he sorprendido a mí mismo parafraseando mentalmente sus palabras, incurriendo en voluntario plagio referencial y hasta elaborando mi propio autorretrato, tal y como hizo él, en estos términos tan similares:

“Yo soy eso que los sociólogos más tradicionales aún podrían llamar un “pequeñoburgués liberal”, ciudadano de una Monarquía democrática y parlamentaria. Trabajador de la enseñanza pública en un Estado heredero de las antiguas reivindicaciones iniciadas por los primeros liberales progresistas del siglo XIX, gano mi pan y mi libertad con un relativo desahogo impartiendo clases de lengua y literatura y escribiendo libros de divulgación cultural, ensayos, cuentos y algún que otro artículo, pocos, con los que me hago la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. Cuando en mi país gobernaba la derecha y yo denunciaba en algún escrito el progresivo avance de las desigualdades y la injusticia, la turbia prepotencia de la que hacía gala o el desprecio que mostraba ante algunas incuestionables mejoras sociales, mis amigos de izquierda me felicitaban y me daban cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando la izquierda ha vuelto a gobernar el país y he reseñado la ruina total a la que nos ha conducido, destruyendo en tiempo récord buena parte de los avances sociales conquistados en treinta y tantos años de democracia, esos mismos amigos no se han mostrado tan abiertamente satisfechos por mis palabras; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo voy sacando adelante mi verdad de ciudadano progresista de una monarquía democrática y parlamentaria.

Si, como me ocurre a veces, no encuentro el lugar adecuado en el que publicar mis palabras y mis opiniones, me resigno a decirlo, entre amigos, en una cafetería, en el salón de mi casa o en la humilde tribuna de un blog de Internet, sin el temor, al menos por ahora, de que nadie venga a ponerme la mano en la boca y sin miedo a policías que me encarcelen ni a encamisados que me hagan purgar atrozmente mis errores. Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, ni de derechas ni de izquierdas a estas alturas, me niego sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardo trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, todo reformista extremo, todo salvador de la patria, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario.

En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendo sacar adelante, merced a mi esfuerzo y a través de mi trabajo, mi única y humilde verdad es un asco insuperable a la estupidez, la crueldad y la demagogia; es decir, una aversión natural a los dos únicos pecados que para mí existen, el pecado contra la inteligencia y el pecado contra el espíritu santo de la libertad”.

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Post scríptum.: Quiero volver a advertir, por si no hubiera quedado suficientemente explícito en el anterior texto, que los tres últimos párrafos entrecomillados son una evidente paráfrasis de los tres primeros párrafos del prólogo de Manuel Chaves Nogales en A sangre y fuego.

Recomendaciones web:

Página dedicada a Manuel Chaves Nogales

Prólogo de A sangre y fuego

El genio escondido. Reportaje de Jesús Ruiz Mantilla (El País, 28/02/2009)

Lo peor. Semblanza de Andrés Trapiello (El País, 28/02/2009)

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Me acuerdo

 

La Memoria, de René Magritte, 1947

 

Me acuerdo del caserón medio derruido y habitado por fantasmas que había en La Marquesa, aquella misteriosa finca a la que solo se podía acceder cruzando la carretera que mi madre me tenía prohibido cruzar.

Me acuerdo de las mañanas de verano en las que mis primos y yo íbamos  a mariscar en la Jara, Sanlúcar.

Me acuerdo del día en el que un fuerte balonazo en la cara me hizo cogerle miedo a jugar al fútbol.

Me acuerdo de la primera vez que crucé las puertas de la Biblioteca Nacional, hace ahora 12 años, y de la extraña escena que allí viví, digna de un relato de Kafka, y que durante varios minutos de confusión extrema me hizo comprender que en cualquier momento uno puede dejar de ser quien es para convertirse en lo que los otros están empeñados en creer que eres.

Me acuerdo de mi amigo Melero.

Me acuerdo, con cierta penitencia sentimentaloide, y hasta cierto grado de remordimiento, del Patacorcho y de la Vieja de los palillos.

Me acuerdo del Seat 124 marrón oscuro que tenía mi padre, y de su matrícula: CA-0628-B.

Me acuerdo del miedo instintivo y animal que despertaban en mí las mantis religiosas que tanto frecuentaban el barrio en el que yo vivía. Luego no las he vuelto a ver más.

Me acuerdo de los dedos amarillos de nicotina de mi tío Manolo, y de cómo mi madre nos despertaba a mis hermanos y a mí en aquellos sábados remotos en los que él venía a visitarnos cargado de chucherías.

Me acuerdo, a menudo, de los ausentes.

No me acuerdo del primer beso, pero sí de la primera caricia.

Je me souviens

 

Je me souviens (Galería de Benedict W - 11 de febrero de 1997)

En uno de los libros que me he leído esta semana, Teatro de variedades, de Juan Bonilla, publicado por la editorial Renacimiento en el año 2002, me he topado con uno de esos textos que sé que ya nunca podré olvidar; mi agradecimiento me lo impediría. El texto en cuestión se titula Je me souviens y en él Bonilla rinde homenaje a George Perec, quien en 1978 publicó un curioso librito en el que llegó a recopilar un total de cuatrocientas ochenta anotaciones breves que comienzan todas precisamente con estas tres palabras: je me souviens (yo me acuerdo), para acabar incluyendo unas páginas en blanco en las que se invita a los lectores a que continúen con el juego que les propone el autor, escribiendo sus propios “me acuerdo” a modo de inventario.

Como Juan Bonilla, además de un brillante escritor de relatos breves, es también un bibliófilo empedernido, en su texto nos cuenta que desde hace años viene coleccionando ejemplares del libro de Perec, fatigando librerías de viejo y maravillándose ante el hecho de hallar ejemplares en los que sus anteriores propietarios no habían rehusado participar en el experimento que Perec les proponía.

“Me acuerdo de Zatopek”, “Me acuerdo de Xavier Cugat”, anota por ejemplo en las páginas de su libro George Perec. Y uno de sus lectores, según nos cuenta Bonilla, escribe: “Me acuerdo del sonido del mar por la noche”; o bien: “Me acuerdo de los muslos de un portero brasileño llamado Leao”. Y el propio Bonilla, partícipe privilegiado del proyecto, confiesa: “Me acuerdo del mono azul que fue el primer regalo que le hice a mi sobrino”, “Me acuerdo de todos los años que me diste aquella noche”.

Fascinado por el texto leído esta semana, no puedo resistir la tentación de incluir en esta entrada la reflexión última con la que Juan Bonilla cierra su sentido homenaje al escritor admirado:

“George Perec quiso darnos una lección con su libro tan aparentemente banal y a la vez tan absoluto, tan poca cosa y a la vez tan inalcanzable, tan abierto a colaboraciones de otros y a la vez tan personal, tan interminable y a la vez tan imposible de comenzar. Reduciendo su memoria a una pila de frases sin atractivo literario, nos enseñó que la literatura en esencia es eso: ofrecer memoria, invitar a hacer memoria, compartir recuerdos, añadir recuerdos a la bolsa donde guardamos todos los “me acuerdo” que son nuestra vibrante necrológica, que nos hacen ser quienes somos, criaturas que se diferencian apenas en el hecho de que uno se acuerda de los muslos de Leao y otro de las piernas veloces de Zatopek.”

Animado por la propuesta de Perec y de Bonilla, también yo me he dedicado estos días a reunir una treintena de esos recuerdos en uno de mis cuadernos. Consciente de que cada una de esas anotaciones es susceptible de ser ampliada en mayor o menor medida, me he decidido a incluir aquí tres de ellas, añadiendo algo del recuerdo que me sugieren:

1. Me acuerdo de don Eloy, el primer maestro que tuve en la EGB, quien durante cuatro cursos me enseñó a leer, a escribir y a pensar; no es poca cosa. Recuerdo que este hombre jovial y enérgico, que nos infundió a sus alumnos un sentido de la responsabilidad que aún perdura, vivía obsesionado por el temor de que nos olvidáramos de él. “Dentro de unos años no os acordaréis de mí”, nos dijo en más de una ocasión. “Me veréis por la calle y no me saludaréis porque no sabréis quién soy”. Y aunque nunca me he olvidado de él ni de sus palabras, siempre he temido que de una forma o de otra se haya cumplido su pronóstico. Lo cierto es que nunca más lo he vuelto a ver. Y ya no sé si es que nunca hemos coincidido, o si por el contrario alguna vez se cruzaron nuestros caminos sin que yo advirtiera que ese anciano que me observaba en silencio era él y yo no supe verlo. Y la verdad es que lamento que esto haya podido ocurrir, y que él pensara entonces que este hombre al que él quiso tanto cuando era niño también lo ha olvidado.

2. Me acuerdo de la tarde en la que supe que mi madre había muerto. Ocurrió dos días antes de que mi padre me lo confirmara mientras yo lloraba abrazado a él. La noticia nos la trajo, con una urgencia impúdica, un telegrama que había sido enviado desde Londres. Recuerdo que fui yo, con catorce años, quien primero leyó el breve y condolido mensaje, redactado en un lenguaje formular que aún hoy recuerdo como un insulto. Y me acuerdo de la mentira cargada de piedad con la que mi hermano mayor trató de paliar entonces mi confusión y mi miedo. Desde entonces no puedo evitar sentir una repugnancia instintiva hacia cualquier forma de compromiso.

3. Me acuerdo de la inocente angustia que sentí la primera vez en mi vida que no hice los deberes de clase. Tenía yo diez años y sencillamente se me olvidó. Eran unos ejercicios de matemáticas que don Eloy nos había mandado hacer para el día siguiente.  Recuerdo mi sobresalto de madrugada y el libro de la editorial Santillana con los enunciados en negrilla. Me recuerdo encendiendo a escondidas la luz de la mesita de noche para que nadie descubriera mi falta, y las palabras de mi madre preguntando qué era lo que me pasaba para que aún no estuviera dormido. Y el modo que tuvo de tranquilizar mi inquietud asegurando que no había de qué preocuparse, que no pasaba nada, que no era tan grave, que solo debía decir la verdad y que don Eloy sabría entenderlo. Y recuerdo dos cosas más: que al día siguiente no fui capaz de confesar el “delito” que tanto me avergonzaba y que efectivamente no pasó nada; sencillamente aquel día, durante la corrección en clase, el maestro no me preguntó a mí y nunca supo lo que había ocurrido. Creo que fue en aquella ocasión cuando aprendí el significado de la palabra impunidad.

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Buscando en internet he encontrado el texto de Juan Bonilla al que hago alusión en el post: Je me souviens

Una curiosidad radiofónica sobre el libro de George Perec

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Dudas no sé si razonables

 

La Libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix, 1830

 

Quizá la belleza de las grandes convulsiones revolucionarias sea directamente proporcional a la distancia que media entre ellas y nosotros. ¡Qué atractivo tan fascinante el de las revueltas que tienen lugar lejos de casa! ¿Cómo no sentir simpatía, en el confortable sillón de la salita de nuestro casa, tras la concienzuda preparación de un gin tonic una vez acabada la cena, por esa marea humana que desde la pantalla de nuestro ordenador conectado a Internet clama a gritos por conceptos de tanto prestigio como Libertad y Democracia? ¿Cómo no emocionarse, comiendo palomitas de maíz mientras vemos el telediario, ante una reivindicación tan justa?

¿En qué clase de individuo tan malvado y retorcido puede haber llegado a convertirse uno para  dudar, siquiera por un instante, de las intenciones de quienes solo desean disfrutar de los mismos derechos que gozamos nosotros? ¿Acaso ha de haber siempre un propósito oscuro detrás de todo levantamiento popular, alguna maquinación política encubierta o algún empeño espurio?

¿Qué clase de arrogancia insana, solo propia de una ciudadanía apoltronada en su descansada vida, puede hacernos pensar que también la realidad es maleable según convenga? ¿Acaso la solidaridad con los pueblos oprimidos puede organizarse mediante hábiles campañas de indignación internacional haciendo uso de las ya conocidas técnicas publicitarias de persuasión y contagio?

¡Y qué decir de nuestros bondadosos intelectuales, esos incansables defensores de la paz, la cultura y el amor, siempre en permanente desvelo solidario, con la voluntad a flor de piel para adherirse antes que nadie a las causas más nobles! ¿Dudaremos también de ellos?

¿Es que todo ha de ser siempre mentira?

¿Es que todo ha de quedar siempre en nada, reducido a campaña publicitaria, interés económico, influencia social y propaganda política?

 

 

Ofendidos

Duelo a garrotazos, de Francisco de Goya (1820-1823)

Hay que tener cuidado con lo que se dice porque podemos ofender y eso, en una época como la nuestra, es el peor de los delitos. Siempre habrá alguno al que molestará lo que tú digas; digas lo que digas y tengas las ideas que tengas. Incluso si no tienes ninguna, que eso es lo peor que puedes hacer. ¡Ni se te ocurra! Estarás bajo sospecha, te mirarán de reojo y creerán saber las oscuras intenciones que te dominan, porque seguro que te dominan. Instalarse en la duda es la peor de las decisiones. Te creerán débil y confiado. Serás un ingenuo de por vida. Nunca darás el perfil que andan buscando. Carecerás de empaque para las decisiones firmes. Te catalogarán entre los escrupulosos y los demagogos. Te adjudicarán idearios que nunca frecuentaste. Y serás un apestado, un triste, un hombre sin creencias firmes, un veleta, un bala perdida, un oportunista.

Quedarse callado no siempre es el mejor plan. Invertir el tiempo pensando nunca fue la mejor opción. Si no te pronuncias te pueden atribuir todas las debilidades. Si no tomas partido pierdes el tren. Si dudas, tu actuación será tachada de ridículamente tímida. Si no actúas te verán como a un cobarde. Si esperas, creerán que dudas, y eso es lo peor que puedes hacer.

Pero ojito con lo que dices. Antes de hablar piensa a quién vas a ofender, porque seguro que ofendes. Si no te lo crees, mira bien a tu alrededor y comprobarás por ti mismo cuál es el signo de los tiempos. Están todos ofendidos. Están todos agraviados. Son muy sensibles. El victimismo es el último grito. Vivimos en la era del agravio y quien no es víctima no es persona. De modo que si quieres vivir acorde con la época, no olvides ofenderte siempre que se te presente la ocasión. Descubre la tiranía pasiva de los que hoy dominan el mundo. Consíguete cuanto antes el kit del perfecto agraviado. Obtendrás así tu patente de corso para vivir conforme a los cánones de la época, que, por desgracia, parecen ser estos: llora cuanto quieras y quéjate siempre, incluso cuando las circunstancias te confundan y creas que no tienes motivos. Calumnia todo lo que puedas, pero no olvides sentirte calumniado. Intriga y siéntete víctima de los intrigantes. Humilla sin faltar, pero procura estar siempre a bien con los humillados. Miente más de lo que sepas y abusa de la buena fe de los que no puedan defenderse. Intenta conocer a los hombres y procúrate la amistad de sus mujeres. Habla siempre a favor, y nunca en contra, del que esté por encima de ti. Hazte una opinión de todo, y defiéndela a diestro y siniestro mientras te convenga, pero íntimamente debes despreciarlas todas. Ten claro que debes abonar el suelo por el que has de pasar; cultiva, por tanto, la amistad del poderoso como terreno productivo. Déjate los escrúpulos en casa y convéncete de que todas las personas que conoces son instrumentos dispuestos para el uso de tu ambición. Y sobre todo, evita cada mañana la reconvención que te haga el espejo; nunca oigas la voz de tu conciencia.

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Publicado en el diario Información  El Puerto el 23 de abril de 2004

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