Último post

Esta será la última entrada que publicaré en este blog.

En las últimas semanas he actualizado mi página web y he importado desde allí todas las entradas de este Centro de Gravedad Permanente.

Escribo por última vez aquí porque quiero daros las gracias a todos cuantos habéis merodeado por aquí en todos estos años. Si queréis continuar leyéndome, solo tenéis que acceder a la web: http://agustincelis.com

Allí os espero.

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Sobre la irracionalidad de la fe en política

Goya - Desastres

Estoy  perfectamente capacitado para comprender, e incluso disculpar, la actitud del pícaro individuo que por falta de escrúpulos, tenencia de elásticas tragaderas, deseo de medro personal o mera supervivencia, decide retozar activamente, como un gorrino, en la promiscua cama redonda de la política de partidos. Como le dijo, palabras más, palabras menos, Don Vito Corleone a Virgil Sollozzo en ocasión gloriosa: “me es indiferente lo que la gente haga para vivir”.

A quien soporto con dificultad, en cambio, es al supuesto espíritu puro que está convencido de lo que cree, al creyente ciego que, con ánimo proselitista, trata de convertirte a la nueva ideología “verdadera” y mira con sorpresa, asco, conmiseración u odio al “infiel” que aún no ha abrazado la novedosa doctrina del líder de turno; el que sea.

Basta que detecte los sutiles mecanismos de coerción que el credo ha implantado en su comportamiento para que yo lo considere un fanático, un tipo peligroso con el que hay que andarse con ojo, pues le creo capaz de cruzar, llegado el momento, los límites de la racionalidad con tal de ver realizados los sueños que su ideología le tiene prometidos, tanto más nocivo cuanto que sus actos están dictados por la irracionalidad de la fe en política.

 

Ajedrez, o el arte de aprender a perder

Resulta que he iniciado en el Instituto una especie de taller de ajedrez con la única intención de fomentar entre la chavalería la afición por este juego que siempre me ha interesado. Como algunos días, durante el recreo, no salgo a desayunar, pues me he dicho que echarme unas partidas con algunos alumnos puede ser una saludable forma de pasar el rato. Eso sí, sin tonterías seudopedagógicas. Nada de planificación. Nada de programa. Ni objetivos ni contenidos ni procedimientos ni actitudes, por favor. En absoluto ese ripio del ajedrez como recurso educativo innovador a estas alturas. Pamplinas, las mínimas. Todo simple: un tablero, sesenta y cuatro escaques, treinta y dos piezas y dos jugadores valiéndose de su ingenio y de su astucia para vencer al contrario en singular batalla.

Ahora bien, aunque aún estamos muy en los inicios, vengo observando, con preocupación creciente, que algunos jovencitos están poco duchos en el noble arte de perder, tan necesario y útil en la vida, por otra parte.

¿Por qué es esto así? ¡Ah, gran pregunta! Una cuestión que algún día espero que sepan respondernos esos educadores irresponsables que durante años han venido convenciendo al personal de que en la vida está muy feo eso de competir porque se crean traumas profundos que luego ellos, como los hábiles psicopedagogos que son, han de tratar en el gabinete.

Muy al contrario, lo que trato de inculcarle a los chavales que juegan conmigo es una idea muy simple y a la vez muy sencilla de entender. Al jugador que tenemos delante, queridos niños, hemos de respetarlo en todo momento sin olvidar que debemos ser, a la vez y sin sentimentalismos, implacables con él. Porque así es el ajedrez. Un juego entre caballeros, pero un juego muy serio. Y tal y como dijo alguien de cuyo nombre ahora mismo no me acuerdo, probablemente el deporte más violento que existe. Y está bien que así sea porque ojalá toda violencia fuera como la que practicamos con esas dieciséis piezas que nos tocaron en suerte.

Se juega al ajedrez para pasar el rato y para tratar de vencer en la partida. Y si esto no ocurre, no pasa nada, nos echamos otra y en paz. Y al adversario se le da la mano al final del juego porque es la tradición y la manera de respetarnos como jugadores, conscientes siempre de que en alguna ocasión todos seremos vencedores y vencidos.

Ajedrez

* El ajedrez es un juego de ingenio, lógica y concentración que atrajo la atención de numerosos estrategas militares en la antigüedad. Es famosa la leyenda que habla de su origen. Los árabes lo introdujeron en Europa merced a la expansión del Islam que conquistaría la península Ibérica allá por el año 711, aunque también se difundió desde la India y a través de Rusia hacia el año 850. El presunto inventor de este juego, según los árabes, fue Sessa, el visir del rajá Check Rama, y su intención fue tan lúdica como inteligente, pues le demostró al rajá que el soberano (en el juego el rey, aunque la más poderosa, la más débil de las piezas), en toda circunstancia necesita del pueblo (los peones) para gobernar frente a sus enemigos. Y tanto le gustó al Check Rama el invento de su visir que decidió recompensarlo otorgándole lo que él quisiera. Aquí volvió a demostrar su ingenio Sessa, que le pidió que le diera un grano de trigo por la primera casilla o escaque del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta, y así sucesivamente en una progresión geométrica hasta completar los 64 escaques del tablero. Al rajá le pareció una petición modesta y se la concedió, quizá sin comprender que la estrategia del visir lo convertía en el hombre más rico del reino, y lo endeudaba a él de por vida, pues la suma total era desorbitada; sólo en la casilla 64 el número de granos acumulados ascendía a 18.446.774.073.709.551.615 granos. Misterios del ajedrez y las matemáticas e ingenio de los hombres.

El rey de Castilla Alfonso X el Sabio fue un gran aficionado a este juego, y de sus talleres salió en 1283 el Libro de axedrez, dados e tablas, que es la más importante obra que se conserva de la Edad Media sobre tales juegos, además de ser la primera obra que cimenta lo que luego será el moderno ajedrez de estrategias, celadas y problemas. Otra curiosidad sobre el mundo inabarcable del ajedrez es la que se refiere a su evolución, pues no siempre se jugó como en la actualidad. En tiempos de Alfonso X se jugaba de acuerdo con las normas árabes, según las cuales la reina y el alfil avanzaban sólo una casilla en su movimiento. No sería hasta los ss. XVI y XVII cuando se comienzan a introducir cambios en el juego. La reina se convierte en la pieza más poderosa en cuanto a movimiento, el alfil avanza tantas casillas como desee o le permita la posición en movimiento oblicuo, al peón se le permite iniciar su salida con dos pasos, y se introducen dos jugadas revolucionarias, el peón al paso y el enroque.

Ajedrez - histórico

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* Publicado en Agustín Celis, Historias Curiosas, Ed. Añil, Madrid, 2001

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Amadeus

De vez en cuando, en alguna que otra ocasión, pero con una frecuencia creciente, le permito a mi hijo Darío, que ahora tiene 10 años, leer algún libro (a lo que empieza a ser muy aficionado) no del todo adecuado para su edad, o incluso ver alguna película (a lo que aún es más aficionado) directamente no recomendada para un niño de tan pocos años. Soy consciente de que esto es casi anatema en la época ñoña que nos ha tocado en suerte. De enterarse, sé que más de un pedagogo santurrón, de los que tanto abundan hoy día, afearía severamente mi conducta y recriminaría con rigor evangelizador mi irresponsable proceder. Pero qué quieren, estoy tan en contra de toda forma de mojigatería, incluso de la más aceptada y bien vista, que me he visto obligado a elaborar una forma propia de emboscadura que amortigüe un poco el avance paralizador del pensamiento melindroso y pacato que amenaza a diario con convertirnos a todos en individuos formalmente ecuánimes, escrupulosos, ingenuos y definitivamente idiotas.

Así las cosas, una de las estrategias que suelo seguir a la hora de educar a mis hijos consiste en no encerrarlos en una burbuja de felicidad entontecedora; en no privarlos del (por otra parte) inevitable contacto con lo inquietante cuando es una ficción quien lo procura; en no protegerlos en exceso del desasosiego quimérico, no real, que produce la cercanía de lo abominable en una invención de los hombres; y, sobre todo, en no negarles el necesario conocimiento que toda persona, saludablemente formada, debe tener del miedo que produce la fantasía. Y no solo del miedo; en general de todo aquello que puede amenazar con herirnos, y de cuya verdad las ficciones dan buena cuenta: las mentiras, los engaños, lo tenebroso, lo cruel, lo amenazador, lo siniestro.

Creo que es bueno no engañar a los niños sobre este punto capital de la existencia. Y en ese sentido la ficción, en todas sus variadas formas, puede resultar una aliada imprescindible. Se trata, en cierta manera, de otorgarles una manera de protegerse de la realidad; de aprender a protegerse de ella; de percibirla a través de otros y vivirla por medio de un personaje interpuesto. Vicariamente. Porque a los niños les ayuda mucho percibir los peligros del mundo a través de la experiencia de otros, para así aprender a asumirlos serenamente, sin la tragedia y la inseguridad que da el sufrirlos en carne propia. Con la experiencia pausada que da el saber que el contagio que nos provoca la ficción suele ser temporal, pero el conocimiento que nos aporta es siempre duradero.

De modo que esta noche le voy a permitir a Darío que vea conmigo Amadeus, esa obra maestra total, absoluta y definitiva que hizo Milos Forman en 1984 con ese pedazo de actor que es Fahrid Murray Abraham en el papel de Salieri, y que en esta maravilla del séptimo arte se sale del cuerpo y de la pantalla para hacer realidad un personaje (ficticio, vale; sin relación alguna con la realidad, de acuerdo) que encarna el concepto de perversidad en todas sus variadas e intercambiables formas; las de la adulación, la mendacidad, la envidia, la cruel venganza, la ambición sin límites…

No sé si Darío sabrá captar esta noche todo lo que en la ficción de Amadeus hay de verdad y de terrible, pero quiero creer que, más allá de la historia dramática que la película nos cuenta, algo comprenderá de cuanto expone sobre algunos de los peligros del mundo.

AMADEUS

* Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) escribió su Réquiem por encargo del conde Walsegg zu Stuppach, quien desde hacía tiempo admiraba su talento. A principios de 1791 murió la mujer del conde y, sabiendo las penurias económicas y la terrible enfermedad que acuciaba al músico, le encargó una misa de Réquiem. Esta obra, la más inquietante y misteriosa de Mozart, siempre ha estado envuelta con un halo de leyenda sin duda propiciada por el oscuro interés que escondía el encargo del conde Walsegg.

Este ricohombre, aficionado a la música, tenía a su servicio a un criado llamado Leutgeb para las cuestiones musicales. Este solía contactar con compositores afamados para encargarles, previo pago de una suculenta cantidad, alguna obra que después el conde de Stuppach se encargaba de copiar de su puño y letra, y que más tarde publicaba y mandaba ejecutar como si fuesen suyas. El contrato se llevaba a cabo en el más absoluto secreto. Tal era así que Leutgeb aparecía embozado en una oscura capa para que nadie pudiera reconocerlo y relacionarlo con su amo. De tal manera que cuando llamó a la puerta del enfermo Mozart con tal encargo y tales pintas a este se le pasó por la cabeza la imagen de la propia Muerte que le encargaba una misa por su propia y desdichada alma. Por supuesto aceptó el encargo y exigió el precio: cincuenta ducados. El visitante nocturno satisfizo la demanda e impuso las  condiciones: un mes de plazo, la renuncia a la obra y la promesa de que nunca, bajo ningún pretexto, trataría de averiguar la identidad de su acreedor. Y Mozart no tuvo más remedio que aceptar, su situación era lamentable.

Por aquel entonces, poco antes de su muerte, se encontraba cargado de deudas, enfermo de una dolencia renal crónica, agotado por el excesivo trabajo a que se sometía y sobre todo trastornado por los efectos de una gran depresión nerviosa. Necesitaba el dinero desesperadamente. Además, quería enviar a su mujer Constanze a Baden  para que cambiara de aires. Lo necesitaba.

Mozart no terminó la obra en un mes y pidió al emisario un nuevo plazo de entrega que le fue concedido. Poco a poco fue escribiendo cada una de las partes de su obra: el “Réquiem Aeternam”, el “Dies Irae”, el “Kyrie Eleison”, el “Domine Jesu”, etc., pero no llegó a completar su propósito de ver incluida en la obra toda su portentosa visión del Juicio Final. La completaría a su muerte su discípulo Franz Xavier Süssmayr.

Mozart murió el 5 de diciembre de 1791, y tras su muerte las partituras del Réquiem fueron entregadas al conde Walsegg, que como solía hacer se las adueñó y dos años más tarde hizo que se ejecutaran con su nombre.

Lo que hoy es el famoso Réquiem de Mozart es probable que fuese el famoso Réquiem de Walsegg si Constanze Mozart no su hubiese convertido a la muerte de su esposo en una imprescindible difusora de la obra de este. Por las mismas fechas en las que Walsegg estrenaba la obra en Wiener-Neustadt, Constanze la estrenaba en Viena incumpliendo el acuerdo de su marido con el conde.

Mozart

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* Publicado en Agustín Celis, Historias Curiosas, Ed. Añil, Madrid, 2001

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Otra vez Jack

Subyugado estos días por la lectura pausada de la novela gráfica From Hell, de Alan Moore y Eddie Campbell, me ha dado por rescatar un viejo texto que escribí hace años y que, como es recomendable hacer con lo ya hecho y publicado, me niego a retocar pese a cualquier error, omisión o inexactitud que pudiera contener.

FROM HELL

Pocos asesinos en serie han llegado a tener la notoriedad legendaria de la que aún hoy día goza Jack el Destripador. Su historia está envuelta en el más oscuro secreto, y la esperanza de descubrir su identidad parece que ha sido finalmente desestimada. Actuó en el otoño de 1888, y creó un estado de auténtico pánico colectivo en la población de la zona este de Londres, la más pobre y abyecta de la ciudad. Limitó su campo de acción a una zona de 2,6 kilómetros que comprendía Whitechapel, Stepney y la City de Londres, y asesinó a un total de cinco mujeres, todas prostitutas, aunque se ha llegado a decir que fueron unas ocho e incluso más.

Mary Ann Nicholls, Annie Chapman, “Long Liz” Stride, Kate Eddowes y Mary Kelly han pasado a la historia y a los libros como las víctimas de uno de los más sanguinarios criminales de todos los tiempos. Murieron degolladas, y sus cuerpos fueron rigurosamente desmembrados, posiblemente con un escalpelo, lo que hizo sospechar a los agentes de Scotland Yard que el asesino poseía bastantes conocimientos médicos. Todas ellas fueron  destripadas por la madrugada y salvo la última, Mary Kelly, cuyo cadáver fue hallado en su propia habitación, todas encontraron la muerte en oscuros callejones de la ciudad. Jack el Destripador consiguió pasar totalmente desapercibido entre aquel ambiente, lo que sorprende tanto más cuanto que los cirujanos de la época llegaron a estimar que la mutilación a la que Jack sometía los cuerpos requería en todos los casos más de una hora de precisa operación.

¿Cómo es posible que nadie viera nada en aquel Londres en continuo estado de alerta? Se ha llegado a sospechar que por alguna razón no del todo descubierta, las autoridades competentes prefirieron silenciar el caso, no dar nombres, archivar la investigación bajo aquel apodo de Jack el Destripador, cuya última salida se produjo el nueve de noviembre de 1888, apenas tres meses después de su primer crimen.

¿Cuál era la razón de este silencio? ¿Qué secreto se escondía detrás de la identidad del asesino de Whitechapel? ¿De verdad no dejó ningún rastro, ningún indicio en ninguna de sus actuaciones sobre el que construir una investigación fiable? Al parecer sólo se descubrió una única pista. Junto al cadáver de la cuarta víctima, Kate Eddowes, se halló un reguero de sangre que se extendía hasta una pared en la que una mano había escrito con yeso el siguiente lema: “Los judíos no tienen la culpa”, lo que sirvió para crear toda una serie de especulaciones sobre la preferencia religiosa del asesino, pero nada más, ya que no se estudió “in situ” este escrito. Curiosamente, y por alguna extraña razón que nadie llega a explicarse, el jefe de la policía de Scotland Yard, Charles Warren, ordenó que borraran aquella frase en el mismo momento en que se encontró el cuerpo de la víctima. ¿Qué misterioso porqué se ocultaba tras esta negligencia policial?

El caso fue cerrado inconcluso hasta 1992, año en que volvió a abrirse para solo hallar en él meras especulaciones, aunque no carentes de interés.  Entre los principales sospechosos se hallaban el abogado Montague John Druitt, cuyo cadáver fue encontrado en el río Támesis pocos días después del último asesinato; el doctor Neill Cream, que finalmente fue hallado culpable de otro asesinato y que en el momento de ser ahorcado pronunció la famosa confesión “Yo soy Jack el…”; James T. Maybrick, un loco comerciante de Liverpool que acabó sus días a manos de su mujer; Nathan Kaminsky, un judío polaco, misógino y demente que murió de sífilis en un manicomio en 1889; y por último tres altas personalidades de la Inglaterra de la época; Sir William Gull, médico personal de la reina Victoria; James K. Stephen, tutor personal del príncipe Albert Víctor; y el propio príncipe Albert, duque de Clarence, hijo del príncipe de Gales y segundo en la línea sucesoria al trono, quien desde su nacimiento y hasta su muerte sufrió de demencia.

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Publicado en Agustín Celis, Historias Curiosas, Ed. Añil, Madrid, 2001

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Rebabas, II

Capricho 55 de Goya - REBABAS II

El dudoso arte de hablar y escribir atropelladamente, sin atender realmente a lo que estamos diciendo, ha alcanzado tal grado de perfección en nuestros días que nos hemos visto obligados a inventar las redes sociales.

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No puedo resistir la tentación de preguntarme, en ocasiones, cómo es posible que siga habiendo gente, yo mismo, empeñada en mantener todavía la compostura.

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En esta guerra moral que nos ha tocado vivir, me resulta mucho menos peligrosa la verdad siempre clásica del malvado que las nunca renovadas mentiras del virtuoso.

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La saludable costumbre de ceder ante algún que otro arrebato que me haga blasfemar contra todo lo que se menea me causa tanta liberación, que no concibo cómo puede haber gente que practique las frustrantes recetas de felicidad que proponen los libros de autoayuda.

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No existe mayor impostura que la de haber comprendido lo que sucede y seguir empeñados en fingir que ponemos nuestro granito de arena en este gran simulacro de progreso y bienestar.

 

Pensamiento radical

Tú que no puedes. Capricho de Goya

Tú que no puedes. Capricho de Goya

Siempre me gustó prestar atención a la gente que no piensa como yo. Sobre todo en cuestiones políticas. Los oía y los leía con interés. Escuchaba sus razones, cuando las había; razonaba sus argumentos, cuando los tenían. Incluso empatizaba con ellos y trataba de ponerme en su lugar, comprender por qué son como son y por qué piensan como piensan. A veces hasta jugaba a que era yo el que estaba radicalmente equivocado, y entonces buscaba maneras de convencerme de ello. Destilaba las opiniones ajenas, las dosificaba y me las administraba como un remedio. Como una medicina para mis limitaciones; para las carencias que no siempre soy capaz de reconocer. En ocasiones hacía curiosos hallazgos. Qué se yo… descubría otras posibilidades, nuevas maneras de pensar, líneas de razonamiento que habían permanecido ocultas o que habían pasado inadvertidas.

Pero últimamente no sé lo que me ocurre, doctor. No salgo de mi asombro y he perdido completamente las ganas de comprender y hasta de jugar. Las opiniones de los otros no me dicen absolutamente nada. Por favor, ayúdeme. De verdad que estoy muy confundido.Observo lo que ocurre y no entiendo nada. Me parece tan inconcebible que la gente siga apoyando a los partidos políticos tradicionales que no encuentro argumentos que justifiquen esa decisión. De verdad que temo haber llegado al límite, a un punto de no retorno, a ese lugar inhóspito y desierto que solo se puede cruzar en solitario.

¿Qué es lo que me está pasando, doctor? ¿Por qué se me ha secado el cerebro? ¿Por qué he perdido el interés? ¿Por qué no encuentro ya más razones que las mías? ¿Será posible que ya no haya otras?

Oigo a la gente hablar de PSOE, de PP, de IU… y la mirada se me torna sarcástica, aunque no digo nada. ¿Para qué? Advierto cómo todos se alían en la crítica al nuevo adversario político… y me entran ganas de vomitar. Pero ya no digo ni mu. ¿Para qué? Me quedo callado y los escucho sin pena ni asombro. Sin interés alguno. Con hartazgo ante una chachara que carece de todo: de fundamento, de inteligencia, de ingenio, de verdad…

Y no puedo evitar preguntarme en qué nivel de corrupción se encuentran todos ellos; en qué zona de podredumbre habitan sus convicciones.

Lecturas del año 2013

NARRATIVA BREVE

LA PALABRA DEL MUDOLa palabra del mudo, (relatos completos), de Julio Ramón Ribeyro, Ed. Seix Barral, 2010.

Las lunas de Júpiter, de Alice Munro, Ediciones Versal, 1990.

Cuentos completos, de Lydia Davis, Ed. Seix Barral, 2011.CUENTOS COMPLETOS DE LYDIA DAVIS

El porqué de las cosas, de Quim Monzó, Ed. Anagrama, 1994

Flores de plomo, de Juan Eduardo Zúñiga, Círculo de lectores, 1999.

 NOVELA

Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, RBA, 1993 (Relectura) .

SEFARAD Sefarad, de Antonio Muñoz Molina, Ed. Cátedra, 2013. Edición  de Pablo  Valdivia (Relectura)

 Canción de Hielo y Fuego I. Juego de Tronos, de George R. R. Martin,  Gigamesh, 2012.

 Canción de Hielo y Fuego II. Choque de Reyes, de George R. R. Martin,    Gigamesh, 2012.

CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO

Novela de ajedrez, de Stefan Zweig, Ediciones Acantilado, 2010.

Ardiente secreto, de Stefan Zweig, Ediciones Acantilado, 2009.

HHhH, de Laurent Binet, Ed. Seix Barral, 2011

El corzo herido de muerte, de Antonio Priante, Ed. Caoba, 2007.

LITERATURA JUVENIL

El maestro oscuro, de César Mallorquí, Ed. Edebé, 1999.   LOS JUEGOS DEL HAMBRE

Los juegos del hambre, de Suzanne Collins, Ed. Molino, 2012 (Relectura)

Los juegos del hambre II. En llamas, de Suzanne Collins, Ed. Molino, 2012

Los juegos del hambre III. Sinsajo, de Suzanne Collins, Ed. Molino, 2012.

TEATRO

Bajarse al moro, de José Luis Alonso de Santos, Ed. Anaya, 2001. (Relectura)

La estanquera de Vallecas, de José Luis Alonso de Santos, Ed. Castalia, 1995 (Relectura)

La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, Ed. Vicens-Vives, 2010. (Relectura)

Cuatro corazones con freno y marcha atrás, de Enrique Jardiel Poncela, Ed. Vicens Vives, 2007. (Relectura)

La Detonación, de Antonio Buero Vallejo, Ed. Cátedra, 2009. Edición de Virtudes Serrano.

 CÓMIC Y NOVELA GRÁFICA

 ASESINOAsesino 1. Tiro por la culata, de Jacamon y Matz, Norma Editorial, 2003.  (Relectura)

Asesino 2. El Engranaje, de Jacamon y Matz, Norma Editorial, 2004.  (Relectura)

Asesino 3. La Deuda, de Jacamon y Matz, Norma Editorial, 2004.

Asesino 4. Vínculos de sangre, de Jacamon y Matz, Norma Editorial, 2005.

Asesino 5, La Muerte en el Alma, de Jacamon y Matz, Norma Editorial, 2005.

Camino a la perdición, de Max Allan Collins y Richard Piers Rayner, Dolmen Publicaciones, 2002.

Blacksad 1. Un lugar entre las sombras, de Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido, Norma Editorial, 2001.

La peor banda del mundo 1. El Quiosco de la Utopía, de José Carlos Fernandes, Devir Iberia, S.L., 2002.

La peor banda del mundo 2. Museo Nacional de lo Accesorio e Irrelevante, de José Carlos Fernandes, Devir Iberia, S.L., 2002.

La peor banda del mundo 3. Las Ruinas de Babel, de José Carlos Fernandes, Devir Iberia, S.L., 2003.

LA PEOR BANDA DEL MUNDO

Replay: historia de una amistad, de Jorge Zentner y David Sala, Astiberri ediciones, 2002.

ENSAYO, PERIODISMO, TESTIMONIOS, AUTOAYUDA…

Historia del mundo contada para escépticos, de Juan Eslava Galán, Ed. Planeta, 2012.

Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina, Ed. Seix Barral, 2013.

Jorge Luis Borges, la ironía metafísica, de Fernando Savater, Ed. Omega, 2002.

Notas de prensa. 1980-1984, de Gabriel García Márquez, Editorial Sudamericana, 1991.

Días felices en Argüelles, de Francisco Umbral, Ed. Planeta, 2005.

LARRA. BIOGRAFÍA DE UN HOMBRE DESESPERADOGente Tóxica, de Bernardo Stamateas, 2011

Autoboicot, de Bernardo Stamateas, Ed. Planeta, 2008

Diarios, de Iñaki Uriarte, Pepitas de calabaza ed., 2010

Diarios II, de Iñaki Uriarte, Pepitas de calabaza ed., 2011.

Larra. Biografía de un hombre desesperado, de Jesús Miranda de Larra, Ed. Aguilar, 2009.

SI NO SIEMPRE ENTENDIDOS, SIEMPRE ABIERTOS

 Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi, Ed. El Aleph, (Relecturas)

Las 48 leyes del poder, de Robert Greene, Editorial Atlántida, 1999. (Relecturas)

Artículos, de Mariano José de Larra, Ed. Planeta, 1964. Edición de Carlos Seco Serrano. (Relecturas)

 EN PROCESO

 Articuentos completos, de Juan José Millás, Ed. Seix Barral, 2011.

El anarquista que se llamaba como yo, de Pablo Martín Sánchez, Círculo de lectores, 2013.

IMPRESIONES. JUGANDO A LA CRÍTICA CRÍTICA: 

  1. Veintidós años después de haberlo leído por primera vez, me sigue fascinando Larra, como hombre y como escritor. Sin duda es nuestro clásico más actual. No sé de ningún escritor en español cuya obra periodística sea comparable a la de él.
  2. Me sorprende que Julio Ramón Ribeyro no sea más reverenciado en los sagrados altares de la Literatura Hispanoamericana.
  3. Después de este año, Lydia Davis es muchísimo más que la ex de Paul Auster.
  4. Los libros de autoayuda me siguen pareciendo muy divertidos e inspiradores. Continuaré frecuentándolos.
  5. Será considerada literatura juvenil, pero la trilogía de Los juegos del hambre me parece una distopía a la altura de 1984 y Un mundo feliz.
  6. No exagero si digo que José Carlos Fernandes, el autor de La peor banda del mundo, es el António Lobo Antunes del mundo del cómic.
  7. La serie Asesino de Jacamon y Matz es “una obra maestra total, absoluta y definitiva”.
  8. Propongo incluir el Todo lo que era solido, de Muñoz Molina, en el listado de libros de lectura obligatoria para el Bachillerato. Casi da lo mismo la asignatura en la que se incluya, ayudaría muchísimo a la formación intelectual de personas decentes.
  9. Los Diarios de Uriarte me parecen casi tan buenos como dicen todos.
  10. Con el celebrado libro de Laurent Binet, HHhH, me pasa lo mismo que con los libros de Milan Kundera, con la excepción de La Broma, que sí me parece un novelón; están a medio camino entre una novela fallida y un fascinante y originalísimo ensayo. Binet, en concreto, aún habiéndome interesado mucho su libro, pienso que se quedó en las anotaciones previas a la novela, probablemente por hartazgo o impaciencia. Tratando de saber algo más sobre el escritor, recuerdo que en su día me llamaron poderosamente la atención, por pretenciosas, unas declaraciones suyas que leí por ahí; venía a decir que con su manera de novelar había intentado una alternativa a la novela histórica. Si es así, se trata de una intentona fallida.

Pequeñas obras maestras

Todos los años, desde que soy profesor, les propongo a mis alumnos un taller de microcuentos. Lo considero un buen ejercicio, una manera rápida y fácil de que escriban algo que les apetezca sin demasiadas complicaciones ni exigencias. Y sin pretensiones de ningún tipo, que es, en definitiva, como voy comprendiendo que salen bien las cosas. Lo mismo algún día me da por traer a estas páginas el sistema que aplico para ello, las instrucciones que les doy, las mínimas herramientas que se utilizan. Pero ahora no me quiero distraer con eso, porque no viene al caso.

 Lo que me apetece contar es que todos los años salen dos o tres microcuentos que me fascinan. Y aún más: que me deslumbran encantándome, de una manera que me hace sentir orgulloso y que durante un tiempo, no demasiado, hace que se me olviden algunos sinsabores diarios, el que dejan en la boca los sapos que nos comemos cada día todos los que nos dedicamos a este oficio.

 No sé cuántos microcuentos de alumnos tendré ya en mis archivos, nunca me ha dado por contarlos, pero sin duda son muchos. Algunos, malísimos; bastantes de ellos, regulares; pero otros, y no pocos, muy buenos, entre los que destacan dos o tres, o cuatro o cinco, o quizás más, que directamente me parecen  pequeñas genialidades, y hasta obras maestras de la literatura espontánea sin engreimiento. Y que me atrevo a comparar con lo mejor de un Monterroso, de un Max Aub, de una Luisa Valenzuela o de una Lydia Davis, por nombrar a cuatro de los autores que más me gustan en este terreno y mantener la paridad, dos hombres y dos mujeres.

 Es un género que me interesa especialmente, muy de moda en nuestra época. Pero también muy maltratado. Maltratado por algunos de sus más fervientes cultivadores, que los producen en serie, como churros; una aberración que comparte con el haiku y con determinada poesía de franquicia, que ni es haiku ni es poesía. Pues igual. Hay quienes todos los días se levantan y cometen dos o tres microcuentos, o algo que ellos dicen que es un microcuento. Y quien dice un microcuento dice un haiku o un poema. Y no es eso, claro. Pero tampoco me apetece deslizarme por el tobogán de la crítica literaria, que siempre pringa.

 Todo lo dicho hasta ahora no es más que un pretexto. En realidad lo que me propongo es colgar aquí tres de las mejores minificciones perpetradas por mis alumnos. Sucede que hoy he vuelto a revisar mis archivos y me he topado de nuevo con ellos, y resulta que me siguen gustando, más que antes, incluso.

 El primero de ellos, titulado Mi pata de jamón, lo escribió José Temblador, un alumno de 3º de ESO que no hacía absolutamente nada en clase, ni siquiera tomarse la molestia de abrir el cuaderno. Los exámenes siempre los dejaba en blanco. Supongo que no estaba suficientemente motivado. Se sentaba al final y se ponía a observar en silencio lo que ocurría a su alrededor, como si la cosa no fuera con él. Pero que no se te ocurriera tratar de motivarlo, porque la podía liar parda. Creo que este fue el único ejercicio que conseguí que hiciera en todo el año. Y además lo hizo en cinco minutos, lo que aumentó mi asombro. No sabría decir muy bien cómo ocurrió la cosa, pero de repente se incorporó en su silla, sacó el cuaderno y me dijo: “Agustín, esto sí lo voy a hacer”. Y lo hizo. Y mereció la pena.

 El segundo, titulado Una cena desagradable, me parece una pequeña joya del género fantástico. Lo hizo en clase Marta Moreno, de 2º de ESO, una alumna aplicada, bajita e introvertida, una de esas chicas que prefieren pasar desapercibidas por temor a destacar demasiado en un ambiente que puede resultarles hostil a poco que se descuiden. Fui su tutor en mi primer año de docencia, pero solo durante unos meses, de Septiembre a Febrero, si mal no recuerdo. Su padre pertenecía al cuerpo diplomático y fue destinado a Casablanca mediado el curso. Hace unos meses me la encontré en una librería y tuvo el desparpajo de saludarme. Fue ella la que inició la conversación; yo no la hubiera reconocido. Es increíble lo que cambian los alumnos de uno en tan solo seis o siete años. Ahora estudia medicina.

 El tercero, La bruja de mi madre, es de Adrián Ojeda, también de 2º de ESO, una de las mejores cabezas a las que le he dado clase. Curioso, lúcido, inquieto, inteligentísimo. Recuerdo que con él y con otros tres alumnos me atreví a participar aquel año en el concurso Es de Libros, con un trabajo sobre El Principito, que quedó muy bien aunque no llegáramos a ganar nada. A final de curso me regaló una figurita del Principito hecho con barro refractario que había mandado hacer para mí; una pieza única que tengo como oro en paño entre mi colección de fetiches. Nunca más lo he vuelto a ver, pero hace poco supe de él por un email que me envío otra antigua alumna, Cristina Benítez, que ahora es su novia. Me escribía porque se había acordado de mí hablando con su tía que, por esas cosas que pasan, resulta que es una de las limpiadoras del instituto en el que trabajo, y quería saludarme. “¿Te acuerdas de Adrián Ojeda?”, me pregunta, “Pues ahora somos novios y llevamos ya 3 años juntos. Él aprobó la selectividad el año pasado y ayer mismo acabó su primer año universitario estudiando Ingeniería Aeroespacial, estamos a la espera de alguna nota pero yo creo que las aprobará todas”. No sabe cuánto me alegro.

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 MI PATA DE JAMÓN

 Era un día muy feliz para mí. Me  encontraba en el campo con mis amigos cuando me cogieron mis dueños y me metieron en un camión. No sabía adónde iba, pero cuando me di cuenta estaba en un matadero.

Me colocaron en una mesa y me arrancaron la pierna de cuajo. Yo grité:

-¡Dios! ¡Mi pierna!

Luego morí, pero se llevaron mi pata a unos grandes almacenes, la convirtieron en un gran jamón ibérico y triunfé por todo el mundo con mi sabor.

 José Temblador Márquez

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 UNA CENA DESAGRADABLE

 En la casa de los Rodríguez era un día especial porque estaba reunida toda la familia disfrutando de una cena.

De repente, la niña más pequeña de la familia, de unos cinco años de edad, dijo:

-Mi hermano se acaba de matar.

Se hizo un silencio. Cuando al fin reaccionaron le dijeron a la niña que no dijera tonterías y la sacaron del salón para calmarla y preguntarle por qué había dicho eso.

A la media hora sonó el teléfono. Era la policía. Habían encontrado a su hijo muerto en un accidente de coche.

Marta Moreno Martínez

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 LA BRUJA DE MI MADRE

Aunque ella me obligaba a llamarla mamá, siempre pensé que había sido adoptado por aquella bruja.

 Mis hermanos y yo le teníamos miedo; más que miedo, pavor. Era horrorosamente fea: desde su estropajoso pelo hasta sus encallecidos pies y más vieja que Matusalén. Pero lo peor de ella era su espantosa risa diabólica. Cada vez que se reía se nos helaba la sangre y se nos erizaban los pelos. Aquella risa nos perforaba los tímpanos y retumbaba en nuestras mentes durante horas.

 Nos obligaba a hacer toda clase de trabajos forzados, pero lo peor de todo eran las interminables faenas de la casa. Y mientras nosotros realizábamos las tareas del hogar, ella se encerraba sola en su habitación. Durante largas horas todo se quedaba en silencio; sospechábamos que se dedicaba a sus tretas de brujería.

 Cierto día me armé de valor y decidí espiarla. Mientras estaba encerrada en su habitación, entreabrí la puerta silenciosamente y me quedé perplejo al observar que estaba trabajando en el ordenador bajo montañas de papeles.

 Solo cuando me hice mayor lo comprendí todo. Nos obligaba a realizar las tareas de la casa para que estuviéramos preparados para el futuro.

 Adrián Ojeda López

 

 

Señales exteriores de pobreza

El chaval que llama a tu puerta, a la hora de la siesta, con un barco lleno de dulces y te cuenta que en la pastelería donde los hacen están dispuestos a darle 20 € por cada 60 que sea capaz de vender.

 La vecina del pueblo en el que trabajas, y a la que ves a diario, a eso de las once y media, durante el desayuno, salir de su casa y pasearse por las calles anunciando su labor: “Nuevo zapatero en Wada”, dice más o menos. “Se recogen y arreglan zapatos. De puerta en puerta voy recogiendo zapatos para arreglar… Nuevo zapatero en Wada…”

 La señora que llama a tu puerta ofreciendo “ropa usada, pero nueva, nueva, de este verano, a 1 € la prenda”. Por sacar algo pa’ comer, te dice.

 La visita de tu suegra al Instituto, en calidad de presidenta de SOJE (Solidaridad Jerezana), acompañada del secretario, que se te meten en el despacho para solicitar oficialmente la colaboración del Centro en la próxima campaña de recogida de alimentos para las familias sin recursos de la ciudad; cientos, al parecer; muchas de ellas de aquí, de Wada. Lógicamente dices que sí.

 El anciano al que te encuentras delante de la puerta con una bolsa del Mercadona pidiéndote no dinero, sino comida, en lo que insiste con algunos ejemplos que ilustren su petición: “una bolsa de macarrones, por ejemplo, un litro de leche aunque sea…”

 El listado que te ponen encima de la  mesa, con los nombres y apellidos de los alumnos cuyas familias se encuentran en situación de riesgo social, sin ninguna clase de ingresos desde hace meses, y que sobreviven gracias a las ayudas que ofrecen ONGs como Cáritas, Madre Coraje, SOJE o el comedor de El Salvador. “Para que lo tengáis en cuenta por si notáis que los chavales empiezan a flojear en los estudios”, me dicen.

 El cartel que viste pegado el viernes en la puerta del Instituto, según el cual el Ayuntamiento de Wada ha decidido ayudar, a toda aquella persona que lo desee, en la tramitación de la documentación necesaria para buscar trabajo en Francia, Bélgica y Holanda.

 La explosión de alegría con la que  S recibe la noticia de que J ha entrado a formar parte del listado de las 433 personas a las que el Ayuntamiento contratará durante tres meses dentro del Plan contra la Exclusión Social. “Ahora mismo es como si me hubiese tocado la lotería”, me dice.

 El escepticismo que una alumna del PDC muestra ante la posibilidad de que podamos recoger los frutos del huerto que venimos cultivando desde principios de curso en el Instituto. Ahora mismo tenemos plantadas habas, lechugas y rábanos. Y nada hace prever que se vaya a echar a perder la cosecha. Pero eso no es lo que a ella le preocupa. “Que no, Agustín”, me dice, como queriendo desengañarme, “si todo esto lo van a robar en cuanto esté bueno…” Y añade: “como no hay gente pasando hambre…”

 Luego uno escucha la radio o lee el periódico y resulta que hay quienes ven signos claros de recuperación económica en el país.

La Educación a debate

Durante varias semanas me han estado rondando desde una emisora de radio local para que participara en un coloquio sobre Educación. “La Educación a debate”. Interesante y sugerente título. Trillada fórmula. Por saturación, por exceso de trabajo, por motivos de huelga, por imposibilidad, les he venido diciendo que no podía ser, que quizá más adelante, que puede que en otra ocasión, en otra semana. Pretendían que fuera con dos o tres compañeros más a hablar sobre la enseñanza, ese tema que preocupa a todos, del que todo el mundo tiene formada una opinión, sobre todo los intelectuales, que nunca dejan escapar la ocasión para aportar sencillas soluciones nunca antes vislumbradas; sobre todo los políticos, tan aficionados a legislar sobre enseñanza que cada seis o siete años se sacan una nueva ley orgánica con toda su parafernalia de decretos, órdenes, circulares e instrucciones precisas.

 Ayer me volvieron a insistir y pronuncié el definitivo no. Sencillamente no es posible. Y así lo expuse,  explicando la situación con argumentos incontestables, los de verdad: un centro que ahora mismo tiene dos profesores de baja sin sustitución no se puede permitir la ausencia de tres o cuatro profesores más, ni siquiera durante un par de horas. Sería una locura.

 Aunque he notado cierta exasperación en el tono de mi interlocutor a medida que se desarrollaba la conversación por teléfono, en todo momento se ha mostrado correcto. Digamos que lo comprendía. Cómo no… Pero aún así he creído notar un deje de descrédito en la seriedad con que ha pronunciado las últimas frases, ya despidiéndose; no sé… cierto desdén, cierto desprecio, que se ha vuelto casi insulto en la urgencia con que se ha precipitado hacia el adiós, en la prisa que se ha dado en colgar. Quizá ultrajado por mi negativa, seguramente ofendido o decepcionado. Él, que quizá pretendía avivar el debate sobre educación a nivel local. Él, que solo trataba de aportar su granito de arena, buscar soluciones, arrimar el hombro, hacer que se entienda la gente. Pero no hay nada que hacer, se habrá dicho. Y fantaseo e imagino que por un momento, como todos alguna vez, se habrá dejado vencer por el desánimo. ¡Bienvenido!

 

Principio de incompetencia

Sin temor a caer en el desánimo, y mucho menos en la auto indulgencia, sin gloria ni vanidad me atrevo a decir que todos los días corro el riesgo de convertirme en ejemplo paradigmático de aquello que enunció, tan brillantemente, Laurence J. Peter:

“En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia” .

Que el tipo fuera, además, catedrático de ciencias de la educación no me tranquiliza nada.

Todo un proyecto literario

Tres y veinte de la madrugada. Aun agotado por el insomnio, se me ocurre recurrir al IPad y tomar nota de mi última ocurrencia literaria, todo un proyecto que llevaré a cabo o no, seguramente no, pero del que quiero dejar constancia escrita para que no se me olvide. ¡Qué bien estaría, me digo, ir registrando mediante breves anotaciones, no carentes de sana ironía, las insensateces que se te ocurran al hilo de los problemones que se te van presentando en tu nueva etapa profesional, en este lío en el que te has metido!

Cada dos o tres días se me ocurre un nuevo proyecto literario que después no llevo a cabo, entre otras cosas porque nunca anoto la idea y se me acaba olvidando. Pero no todos cuentan con la ventaja de este. La matería prima de la que está hecho me provoca insomnio… ¡Qué suerte!, me digo, podrás escribir por las noches, sin nadie que te interrumpa… Como Kafka.

Así se escribe la Historia

Lou Reed

No sé por qué me sorprende tanto, pero la verdad es que me sorprende. O más bien me sigue sorprendiendo. Ahora que han muerto, con muy pocos días de diferencia, Lou Reed y Manolo Escobar, me asombran algunos comentarios de gente a la que me gusta catalogar como “de la generación de mis padres”. Así es como me gusta referirme a ellos. La generación de mis padres. La gente que nació, más o menos, hacia principios de los años cuarenta. Aunque, en fin, la cosa puede alargarse hasta casi 1955. Esos son, quizá, los quince años en los que yo sitúo, caprichosamente, sus nacimientos. Mi padre, por ejemplo, es del 45. Mi madre lo fue del 48.

Lo que me sorprende es la capacidad para inventarse un pasado falso. Ignoro si se trata de una constante histórica, pero sospecho que no. Más bien creo que es una seña de identidad propia de esa generación. Una característica propia de esa quinta. Gente a la que le gusta creerse lo que nunca pasó. Gente que disfruta elevando a categoría general experiencias personales muy concretas. Gente que cuando rememora asuntos personales hace Historia. Son los auténticos cronistas de una época que no existió. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la escasa élite cultivada. Al intelectual de turno que recuerda, inventando, sus años de juventud: años de lucha antifascista, por ejemplo. Contra Franco. Años de rebeldía, en una palabra. Años contestatarios. Esos años en los que, según ellos, la gente de su generación, que es la de mis padres, escuchaban con entusiasmo frenético a Lou Reed. Y quien dice Lou Reed dice Bob Dylan o dice Leonard Cohen o dice Van Morrison. Claro…

Y la cosa es que, por más que intento imaginármelo, me resulta imposible concebir a mis padres escuchando a Lou Reed. Ni a mis padres ni al vecino del quinto, que tiene sesenta y tantos. Como mucho, como mucho, escuchaban a Cecilia, que a lo mejor sí que había escuchado a Lou Reed.

Así se escribe la Historia. Ahora dicen algunos que lo que escuchaban los jóvenes de los años 70 era a Lou Reed, cuando a quien oían realmente era a Manolo Escobar.

Manolo Escobar

Preocupaciones

Me cuenta una amiga que anda muy preocupada con el expolio al que están sometiendo a la sanidad pública. Enseguida supongo que lo dice porque ella es médico y además vive en Madrid, donde el asunto parece que está tomando proporciones delictivas. Luego me pregunta si no me ocurre lo mismo con la educación y me recuerda que dentro de unos días vuelve a haber huelga en la enseñanza, indagando en mis silencios si pienso adherirme a ella o no. Sospecho que me interroga sin palabras porque soy profesor. Me la quedo mirando sin responderle y al cabo de un rato me sobresalto al descubrir que no lo decía en silencio, que había palabras más allá de su mirada, que una pregunta había quedado a la espera a la vez que mi pensamiento viraba hacia otros asuntos radicalmente sin importancia, pero que últimamente me preocupan y me tomo muy en serio, como el hecho insignificante para el mundo de que haga demasiado tiempo desde la última vez que me apeteció de veras defender una opinión.