Pequeñas obras maestras

Todos los años, desde que soy profesor, les propongo a mis alumnos un taller de microcuentos. Lo considero un buen ejercicio, una manera rápida y fácil de que escriban algo que les apetezca sin demasiadas complicaciones ni exigencias. Y sin pretensiones de ningún tipo, que es, en definitiva, como voy comprendiendo que salen bien las cosas. Lo mismo algún día me da por traer a estas páginas el sistema que aplico para ello, las instrucciones que les doy, las mínimas herramientas que se utilizan. Pero ahora no me quiero distraer con eso, porque no viene al caso.

 Lo que me apetece contar es que todos los años salen dos o tres microcuentos que me fascinan. Y aún más: que me deslumbran encantándome, de una manera que me hace sentir orgulloso y que durante un tiempo, no demasiado, hace que se me olviden algunos sinsabores diarios, el que dejan en la boca los sapos que nos comemos cada día todos los que nos dedicamos a este oficio.

 No sé cuántos microcuentos de alumnos tendré ya en mis archivos, nunca me ha dado por contarlos, pero sin duda son muchos. Algunos, malísimos; bastantes de ellos, regulares; pero otros, y no pocos, muy buenos, entre los que destacan dos o tres, o cuatro o cinco, o quizás más, que directamente me parecen  pequeñas genialidades, y hasta obras maestras de la literatura espontánea sin engreimiento. Y que me atrevo a comparar con lo mejor de un Monterroso, de un Max Aub, de una Luisa Valenzuela o de una Lydia Davis, por nombrar a cuatro de los autores que más me gustan en este terreno y mantener la paridad, dos hombres y dos mujeres.

 Es un género que me interesa especialmente, muy de moda en nuestra época. Pero también muy maltratado. Maltratado por algunos de sus más fervientes cultivadores, que los producen en serie, como churros; una aberración que comparte con el haiku y con determinada poesía de franquicia, que ni es haiku ni es poesía. Pues igual. Hay quienes todos los días se levantan y cometen dos o tres microcuentos, o algo que ellos dicen que es un microcuento. Y quien dice un microcuento dice un haiku o un poema. Y no es eso, claro. Pero tampoco me apetece deslizarme por el tobogán de la crítica literaria, que siempre pringa.

 Todo lo dicho hasta ahora no es más que un pretexto. En realidad lo que me propongo es colgar aquí tres de las mejores minificciones perpetradas por mis alumnos. Sucede que hoy he vuelto a revisar mis archivos y me he topado de nuevo con ellos, y resulta que me siguen gustando, más que antes, incluso.

 El primero de ellos, titulado Mi pata de jamón, lo escribió José Temblador, un alumno de 3º de ESO que no hacía absolutamente nada en clase, ni siquiera tomarse la molestia de abrir el cuaderno. Los exámenes siempre los dejaba en blanco. Supongo que no estaba suficientemente motivado. Se sentaba al final y se ponía a observar en silencio lo que ocurría a su alrededor, como si la cosa no fuera con él. Pero que no se te ocurriera tratar de motivarlo, porque la podía liar parda. Creo que este fue el único ejercicio que conseguí que hiciera en todo el año. Y además lo hizo en cinco minutos, lo que aumentó mi asombro. No sabría decir muy bien cómo ocurrió la cosa, pero de repente se incorporó en su silla, sacó el cuaderno y me dijo: “Agustín, esto sí lo voy a hacer”. Y lo hizo. Y mereció la pena.

 El segundo, titulado Una cena desagradable, me parece una pequeña joya del género fantástico. Lo hizo en clase Marta Moreno, de 2º de ESO, una alumna aplicada, bajita e introvertida, una de esas chicas que prefieren pasar desapercibidas por temor a destacar demasiado en un ambiente que puede resultarles hostil a poco que se descuiden. Fui su tutor en mi primer año de docencia, pero solo durante unos meses, de Septiembre a Febrero, si mal no recuerdo. Su padre pertenecía al cuerpo diplomático y fue destinado a Casablanca mediado el curso. Hace unos meses me la encontré en una librería y tuvo el desparpajo de saludarme. Fue ella la que inició la conversación; yo no la hubiera reconocido. Es increíble lo que cambian los alumnos de uno en tan solo seis o siete años. Ahora estudia medicina.

 El tercero, La bruja de mi madre, es de Adrián Ojeda, también de 2º de ESO, una de las mejores cabezas a las que le he dado clase. Curioso, lúcido, inquieto, inteligentísimo. Recuerdo que con él y con otros tres alumnos me atreví a participar aquel año en el concurso Es de Libros, con un trabajo sobre El Principito, que quedó muy bien aunque no llegáramos a ganar nada. A final de curso me regaló una figurita del Principito hecho con barro refractario que había mandado hacer para mí; una pieza única que tengo como oro en paño entre mi colección de fetiches. Nunca más lo he vuelto a ver, pero hace poco supe de él por un email que me envío otra antigua alumna, Cristina Benítez, que ahora es su novia. Me escribía porque se había acordado de mí hablando con su tía que, por esas cosas que pasan, resulta que es una de las limpiadoras del instituto en el que trabajo, y quería saludarme. “¿Te acuerdas de Adrián Ojeda?”, me pregunta, “Pues ahora somos novios y llevamos ya 3 años juntos. Él aprobó la selectividad el año pasado y ayer mismo acabó su primer año universitario estudiando Ingeniería Aeroespacial, estamos a la espera de alguna nota pero yo creo que las aprobará todas”. No sabe cuánto me alegro.

* * *

 MI PATA DE JAMÓN

 Era un día muy feliz para mí. Me  encontraba en el campo con mis amigos cuando me cogieron mis dueños y me metieron en un camión. No sabía adónde iba, pero cuando me di cuenta estaba en un matadero.

Me colocaron en una mesa y me arrancaron la pierna de cuajo. Yo grité:

-¡Dios! ¡Mi pierna!

Luego morí, pero se llevaron mi pata a unos grandes almacenes, la convirtieron en un gran jamón ibérico y triunfé por todo el mundo con mi sabor.

 José Temblador Márquez

 * * *

 UNA CENA DESAGRADABLE

 En la casa de los Rodríguez era un día especial porque estaba reunida toda la familia disfrutando de una cena.

De repente, la niña más pequeña de la familia, de unos cinco años de edad, dijo:

-Mi hermano se acaba de matar.

Se hizo un silencio. Cuando al fin reaccionaron le dijeron a la niña que no dijera tonterías y la sacaron del salón para calmarla y preguntarle por qué había dicho eso.

A la media hora sonó el teléfono. Era la policía. Habían encontrado a su hijo muerto en un accidente de coche.

Marta Moreno Martínez

 * * *

 LA BRUJA DE MI MADRE

Aunque ella me obligaba a llamarla mamá, siempre pensé que había sido adoptado por aquella bruja.

 Mis hermanos y yo le teníamos miedo; más que miedo, pavor. Era horrorosamente fea: desde su estropajoso pelo hasta sus encallecidos pies y más vieja que Matusalén. Pero lo peor de ella era su espantosa risa diabólica. Cada vez que se reía se nos helaba la sangre y se nos erizaban los pelos. Aquella risa nos perforaba los tímpanos y retumbaba en nuestras mentes durante horas.

 Nos obligaba a hacer toda clase de trabajos forzados, pero lo peor de todo eran las interminables faenas de la casa. Y mientras nosotros realizábamos las tareas del hogar, ella se encerraba sola en su habitación. Durante largas horas todo se quedaba en silencio; sospechábamos que se dedicaba a sus tretas de brujería.

 Cierto día me armé de valor y decidí espiarla. Mientras estaba encerrada en su habitación, entreabrí la puerta silenciosamente y me quedé perplejo al observar que estaba trabajando en el ordenador bajo montañas de papeles.

 Solo cuando me hice mayor lo comprendí todo. Nos obligaba a realizar las tareas de la casa para que estuviéramos preparados para el futuro.

 Adrián Ojeda López

 

 

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