Solo para docentes

Especialmente dedicada a mi amiga Coral Díaz

NAGINI DE HARRY POTTER

Hastiada ante la persistente tendencia a enseñar de sus compañeros del Centro Selvático de Reeducación Ética y Social, le dijo la ultrapedagógica serpiente al sabio mandril:

-¡Aprende ya de una puta vez a sisear! ¡Y a arrastrarte!

Y a eso lo llamó “Formación permanente del profesorado”.

Los Secretos del Hombre

Un buen día los animales descubrieron que el ser humano había desaparecido de la faz de la Tierra. Ocurrió de buenas a primeras y sin que nadie supiera el motivo. Nadie pudo nunca explicar cómo fue que el hombre dejó de existir. No queda testimonio de esto en los Anales de la Nueva Era Animal. Los más sorprendidos, claro, fueron las mascotas, los animales de compañía, que desde ese día se vieron obligados a buscarse el sustento por ellos mismos. Hubo muchos que no se adaptaron a la nueva situación, y menos que ninguno los gatos ronroneadores y mimados, que asistieron atónitos y sorprendidos al expolio que en sus casas llevaron a cabo los gatos callejeros. Pero aún así, la naturaleza siguió su curso y el reino animal comenzó a vivir nuevos días de gloria.

Durante muchos siglos hubo paz y tranquilidad en el mundo. Sin embargo, algunos animales que se creían más sabios que la mayoría comenzaron a investigar la historia de la humanidad y decidieron conocer sus costumbres. Sentían muchísima curiosidad por aquella primitiva forma de vida que una vez gobernó la Tierra y los subyugó a todos. “¿Cómo fue posible que los hombres llegaran a dominarnos?”, se preguntaban los monos. Así que comenzaron a recopilar documentos y montaron sus cátedras y sus institutos tecnológicos y de investigación. Con ayuda de los burros, que resultaron ser muy útiles como bibliotecarios, en poco tiempo consiguieron una ingente cantidad de información sobre el hombre, al que llamaron “El Civilizado”.

Aunque algunas versiones dicen que fue un ratón de biblioteca, la verdad es que fue un asno el que por casualidad encontró unos escritos antiguos, propiedad de los primitivos hombres que poblaron la tierra, donde pudieron leerse unas historias con moraleja protagonizadas por otros animales. Se llamaban fábulas y los humanos las utilizaban para ser más sabios y más listos.

“He aquí el secreto”, dijo el mono mayor. “Por medio de la imitación de las costumbres del resto de los animales llegaron a ser lo que fueron. Imitemos, pues, todos al hombre, cada cual según su naturaleza, y llegaremos a ser tan poderosos como lo fue él”.

Y desde aquel día los animales del mundo comenzaron a adaptar las costumbres de los hombres. Muy pronto los leones instauraron sus monarquías absolutas. Los felinos decidieron ser la nueva aristocracia, y los zorros, que son las criaturas más astutas que existen, comenzaron a fundar los partidos políticos, tan grande era el poder que anhelaban. No se quedaron atrás los cerdos que, cansados de revolcarse en sus pocilgas, se levantaron sobre dos patas, crearon los sindicatos y convencieron a las gallinas, a los conejos y a los patos para que se dejaran representar por ellos. Muy buen negocio hizo la cigarra, que se dedicó a la especulación inmobiliaria y empezó a cobrarles hipotecas y alquileres a las trabajadoras hormigas, que siguieron a lo suyo sin saber que el mundo estaba cambiando. Los caballos organizaron sus ejércitos de tierra, los tiburones emprendieron la formación de la marina y los halcones formaron a las aves en una nueva aviación invencible. Las hienas se hicieron terroristas y los buitres banqueros, y así, en poco tiempo, los perros fueron más perros, y los cerdos más cerdos, el zorro más traidor y el león más fiero, cada uno de los animales empezó a parecerse más y más al hombre y fue dejando, sin apenas darse cuenta, de estar civilizado.

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Publicado en el diario Información El Puerto el 11 de Junio de 2004.

Actos de Fe

He podido leer en los Anales de la Historia Animal que en el principio de los tiempos se celebró, sobre una arenosa llanura, una convención multilateral en la que participaron todas las especies del planeta menos el hombre, que aún no había nacido. Llegaron de todos los confines del mundo, y cada delegado allí presente tuvo ocasión de informar a sus vecinos sobre los usos y costumbres de su pueblo. Muchos de ellos ya se conocían, y se amaban o se temían según las semejanzas o diferencias físicas que entre ellos hubiera, lo que provocaba no pocos desengaños y sí muchas imprudencias. Otros no se habían visto nunca, de modo que reinaba la desconfianza en aquella importante reunión.

Varias semanas estuvieron parlamentando aquellos celebres tribunos, y muchos fueron los temas que se trataron en la asamblea. Allí fue donde se acordó el lugar que cada especie ocuparía en el reino animal, así como sus competencias, derechos y obligaciones. Se concretaron los postulados básicos de la cuestión alimenticia y se ajustó un plan ecológico para la administración inteligente de los recursos naturales. Muchas especies entablaron acuerdos bilaterales y expusieron sus temores ante la efervescencia terrorista que los amenazaba, pero aún así alcanzaron soluciones pacíficas y lograron calmar a los más belicosos. Y hay quienes dicen que no se ha vuelto a celebrar un conciliábulo como el de aquel día.

No obstante, una de las más importantes cuestiones a tratar no halló consenso en aquella multitud. En lo tocante a la cuestión individual, al comportamiento que debe tener cada sujeto en el mundo, no supieron llegar a una solución satisfactoria. Algunas formas de sociedad desarrollada, como la de las hormigas, hicieron oídos sordos a cualquier propuesta que contrariase la planificación jerárquica que ellas habían acometido con tanta laboriosidad. Y cuando las hormigas expusieron su proyecto en voz alta, muchas otras especies lo refrendaron. “Hay que tener fe en el trabajo”, dijeron ellas, “nacemos para trabajar”, y una prolongada ovación estalló en el hemiciclo.

Entonces salió a la palestra un mono ataviado con una túnica y dijo que no, que ese era un error de base y que había que tener fe en el Gran Tótem. Todos comprendieron que se trataba de un religioso al que había que prestar atención. “Nacemos para creer y confiar”, proclamó, “no somos nada sin el Gran Tótem”, y un estallido de plenitud gozosa recorrió uno a uno los escaños parlamentarios.

Luego, al mono le sucedió el zorro, que con paso firme pero sigiloso subió al estrado. Todos pudieron oír su voz chillona e histérica, y su discurso ladino pero atrayente. “No podemos confiar en ilusiones”, dijo, “debemos organizarnos y tener fe en nuestra capacidad de gestión. Creemos partidos políticos y leyes que contemplen nuestras semejanzas, pero también nuestras diferencias esenciales, y vivamos según ellas”. Un rugido de exaltación recorrió al populacho, que ya lo aclamaba. Y sin poder contenerse más, el zorro propuso su primera ley, que se hizo celebre en aquel mismo instante: “todos los animales son iguales”, dijo, “pero algunos son más iguales que otros”.

Y así fueron pasando uno tras otro hasta que habló, por último, un gato gordo al que todos miraban con desprecio. Habían oído hablar del egoísmo de los gatos y tenían ganas de oír su propuesta. Pero en cuanto el gato abrió la boca empezaron a sospechar de él y lo tuvieron por un individuo francamente peligroso e insensato. “Dejémonos de leyes y zarandajas”, dijo el gato, que se declaró de la liga individualista, “solo debemos tener fe en nosotros mismos”. Y añadió: “si cada uno de nosotros, sin excepción, se centrara en él solo sin temor de lo que haga o tenga su vecino, todos viviríamos en un mundo más justo y pacífico”. Y sin decir ni una palabra más abandonó la asamblea ofendida por la anarquía que allí se había insinuado. Pero el gato ni se inmutó. Estaba firmemente dispuesto a llevar a cabo su compromiso ético con la sociedad. Así que eligió el sitio más soleado y se tumbó a la bartola, a tomar el sol y a ronronear un poco.

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Publicado en el diario Información El Puerto el 10 de Diciembre de 2004.