Un acto de justicia

La primera bala le rompió el cuello y durante unos segundos me estuvo mirando con sorpresa y pesar. El segundo disparo dejó un punto negro en su frente y una mancha de sangre en la pared. Su rostro exhibió una mueca patética. Con saña, vacié el resto del cargador en su cuerpo tal y como me lo habían ordenado. Querían confundir a las autoridades haciéndoles creer que se trataba de un ajuste de cuentas. Algunas deudas de juego, algún marido despechado, algún asunto de drogas. Hay quienes solo conciben el asesinato como un acto de justicia. Se equivocan.

Durante unos minutos me quedé mirando su cuerpo derrumbado, inerte, chorreante. Tenía ya cincuenta años, mi misma edad, una edad en la que ya no se emprenden muchas cosas. No era una gran pérdida.

Hasta entonces se había desenvuelto en la vida según la estética del triunfador. Se dejó corromper por los halagos de una vida cómoda sin reparar en las constantes humillaciones que esa actitud implicaba. Como yo, como todos nosotros, entendió pronto que hay ocasiones en las que a un hombre le conviene dejarse insultar. Siguiendo este método había llegado a hacerse con una considerable fortuna. Ahora estaba muerto y a nadie le iba a importar demasiado los motivos que tuvo el criminal para hacer lo que hizo.

Me dijeron solo que debía matarlo en su casa, por la noche, con silenciador. No pregunté de dónde venía la orden, ni cuáles eran sus culpas, ni qué razones había para todo esto. Al fin y al cabo, pensé, Dios y la Muerte actúan de igual modo y todos se resignan.

Unas horas antes habíamos estado tomando unas copas con los amigos, como tantas veces, riéndonos de un mundo al que habíamos sabido burlar y del que habíamos sacado partido. Éramos tan parecidos que casi parecíamos una misma persona. Los otros nos confundían muchas veces. Yo mismo creía haberlo visto más de una vez en el espejo por las mañanas, mientras me afeitaba, cuando me hacía el nudo de la corbata o me lavaba los dientes. Nos parecíamos tanto que en ocasiones me daba miedo mirarle a los ojos. Al igual que yo, ya no esperaba nada de nadie.

En otro tiempo habíamos compartido a las mismas mujeres. Tuvimos idénticos deseos y conseguimos juntos todo lo que poseíamos. La ambición velaba nuestros sueños. Todo nos iba bien y llegamos a pensar que no nos necesitábamos.

Imperceptiblemente, sin que nos diéramos cuenta, en los últimos meses nos habíamos ido alejando el uno del otro. Ahora, a veces, tenía miedo de seguir siendo quien era. Me reprochaba que siguiera inventándome pasiones para sobrevivir. Se desesperaba ante la idea de tener que envejecer.

Me acompañó hasta casa borracho, amargado, tratando de convencerme de que su vida no había sido un absoluto fracaso. Me estuvo hablando de pérdidas y ganancias, haciendo repaso de nuestras vidas paralelas, ejercitándose inútilmente en recuperar una memoria que era común, o casi.

La casa estaba vacía y a oscuras. Me sirvió el último whisky y dejó que le advirtiera que no era sano ni prudente hacer demasiadas preguntas. Sacudió la cabeza como queriendo ahuyentar alguna idea funesta o simplemente contradictoria. Supe que era la incertidumbre. Aun con dudas, fingió mostrarse resuelto para hacer lo que hizo. Yo no podía impedirlo.

Cuando sacó la pistola vi que estaba llorando. Con desesperación, con rabia, con el orgullo herido, me apuntó y dejó que el dedo resbalara por el gatillo. No pude oír la detonación. Tampoco pude decir nada. La primera bala me rompió el cuello y la sangre me empapó la camisa y la corbata. Me sorprendió saber que tampoco él sabía de dónde había venido la orden. Me pesó que todo acabara de esta manera. Volvió a disparar una y otra vez hasta que el arma quedó hecha un juguete.

Derrumbado sobre el suelo del salón, muerto como nunca antes había estado, reparé en que las autoridades nunca encontrarían a mi asesino. Fue un crimen perfecto. A lo mejor es verdad que fue un acto de justicia.

El suicida, de Edouard Manet, 1877.

El suicida, de Edouard Manet (1877)

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Escrito en Enero de 2003, este texto fue publicado en la web del Proyecto Sherezade en junio de ese mismo año.

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Mi personal método de autoayuda

El Beso de Edvard Munch, 1897

A pesar de la edad, de ser tan joven, Lucía tiene ya un cuerpo en declive que sin embargo gusta mucho. A mí me gusta. Al portero del bloque donde tenemos nuestro nidito de amor sé que también le gusta, y he comprobado que cuando bajamos algunas tardes a la cafetería de la esquina los camareros la miran a ella con deseo y a mí con sospecha. Puede que me encuentre entonces entre el viejo verde y el padre superprotector, por la edad y seguro que también por el nudo de la corbata, ancho y perfecto como me enseñó mi tía a hacerlo antes de que tuvieran que ingresarla en un sanatorio para enfermos mentales. Y entonces, cuando el camarero trae la cuenta de mis dos cafés con leche y del sofisticado capuccino con moka y nata que se tomó Lucía, confirmo un deje de envidia en sus ojos, una huella de placer dudoso en el temblor de su mano, una sombra de amenaza frustrada en los labios juveniles que pronuncian sin asombro ni duda, pero con recelo,

su cuenta, señor.

Todos los lunes, miércoles y viernes nos vemos en el pisazo que le he puesto en pleno barrio de Salamanca, y allí nos contamos nuestros martes, jueves y sábados, nunca los domingos, el único día ajeno a mi vida con ella, independiente de ella, tal y como yo quise que fuera. Y allí, en nuestro nidito de amor, me entrego a la recuperación del tiempo que he ido perdiendo en mi impecable vida, sin tacha, de esposo y padre ejemplar. Tenemos ya establecido hasta nuestro ritual de apareamiento. Tres veces a la semana me arrullo en su pecho y le impongo el orden que precisan sus veinte años, su cultura de estilo cosmopólitan para la mujer diez, de opción política antiglobalizadora, formación preuniversitaria y futuro prometedor.

La chica promete. Desde que yo le compré el piso y dejó de vivir con sus padres no se imagina el cambio que ha dado. Con el dinero que le paso y que a ella le resbala amuebló toda la casa sin ostentación pero con personalidad. Yo no entiendo demasiado ese gusto suyo por los suelos rayados y las vigas vistas, pero como a ella le gustan no me meto. No sé ya ni cuántos catálogos lleva vistos para casi cualquier cosa; para el color de las paredes, para los pomos de las puertas, para la grifería del cuarto de baño, para que los estores de la salita estén a juego con la alfombra de sus sueños que encontró en una revista francesa para amantes de las superficies rugosas.

La veo feliz y me basta. Las cuatro horas que le robo los días impares son para mí un alivio reparador. Lo normal es que me reciba en ropa interior, con música étnica sonando desde la habitación del fondo, un montón de cojines por el suelo y unas tazas de té verde que ha preparado, en un instante, en el hornillo portátil que adquirió por un precio desorbitado en unas tiendas de estética oriental que destinan el cincuenta por ciento de sus beneficios, fíjese, a reparar el hambre de los niños hambrientos del tercer mundo.

Está viviendo una etapa receptiva. Según ella, en estos once meses conmigo ha descubierto el lado humano de los objetos. Está abierta a las múltiples influencias que le proporciona el mundo exterior. Ya no es más aquella niña asustada y suspicaz que, según me cuenta, un día fue. Ayer mismo se inscribió en un nuevo curso de esos que en quince días nos convierten en seres motivados capaces de enfrentar cualquier situación que se presente. Yo mismo le subí del buzón, la semana pasada, el folleto desplegable que anunciaba “la forma definitiva de ser usted mismo”. El reclamo no tiene desperdicio: “con el método astral de mentalismo en cinco fases AYUDÓN olvídese de sus complejos y sea el que siempre quiso ser”.

Eso es lo que yo hago con Lucía. Ella es mi personal método de autoayuda, desde casa y sin gastos extras de envío. Y por si fuera poco, por si no bastara con el encuentro de su piel contra la mía tres veces a la semana, para que no me venga abajo, para que confíe en el futuro y no me termine de convertir en el hombre envejecido y triste que voy siendo, para que confíe en mí y en ella y en los sucesivos cursos de mentalismo que tiene ya pensado hacer, cada día me lee el horóscopo en la cama después de haberla penetrado y de haber sentido nuevamente renovada esa juvenil efervescencia que a veces quiero encontrar en mi ánimo. Y el horóscopo, siempre condescendiente con el público lector, prevé para mí, piscis, el más sensible del zodiaco, “esa relación total con la persona de sus sueños”; y para ella, escorpio, la mejor amante, “un encuentro inesperado que te saque de la brutal rutina en la que te has instalado en los últimos meses”.

Ya ni siquiera intento hacer el amor con mi mujer. Ya ni siquiera me lo pide por las noches. No sé si se ha terminado de conformar con el beso sin ternura que le doy, con piedad y un poco por cumplir, justo antes de ponerme a leer en la cama, o si es que también ella se ha buscado un joven al que ponerle un piso, quizá en pleno barrio de Salamanca, y con el que practicar, previo pago, esa gimnasia adulta que recuerda nuestros encuentros de hace ya treinta años.

A mi mujer le dedico los cada vez más aburridos domingos de la semana. Los domingos de periódico, tele, sofá y espera. Los domingos de encontronazo con los familiares a quienes no conocemos. Los domingos cuyo único entretenimiento consiste en buscarle al cuerpo de mi mujer parecidos razonables. Imposible imaginarla ya encima de mí, penetrada, si no es como un grotesco animal de la era terciaria que apoya su barriga en mi barriga sosteniendo el peso de unos senos incapaces ya de endurecerse con el tirón de una caricia. Imposible concebir el desarrollo de una felación practicada por una boca que ha ido aumentando conforme el dentista ha ido corrigiendo las imperfecciones del tiempo, y cuya lengua tiene ya el tacto viscoso de un filete de hígado aún no cocinado. Y qué decir de los surcos de las patas de gallo disimuladas con potingues ecológicos de venta en farmacias. Y qué decir de las manos manchadas de años, del pelo ralo, de la piel enredada por los rastros de venas que han ido eliminando sus operaciones millonarias.

No me engaño. Tampoco yo poseo ya el entusiasmo idiota del veinteañero y a Lucía la encontré por primera vez en la hoja de anuncios breves de la edición madrileña de un periódico nacional, cuando todavía ella, según me ha confesado luego, no había descubierto sus verdaderas inquietudes. El anuncio iba dirigido a exquisitos sin límites y el reclamo era un lujo de mujer, sensible pero supermorbosa, penetración infinita, francés tragando y griego superprofundo. Nada que objetar. La chica dio lo que prometía y los encuentros se repitieron en semanas sucesivas hasta que la cosa se fue enredando y terminó convertida en mi puta por doce horas a la semana con un salario casi millonario.

No me engaño. Sé que los fines de semana de Lucía tienen los claroscuros de los de cualquier jovencita de su edad. Me lo dicen las ojeras de sus lunes. Me lo confirma cierto desorden en la casa que años atrás hubiera provocado el derrumbe de mi alma a los pies. Un día incluso encontré debajo de la cama, junto a la mesita de noche, un preservativo con nudo envuelto en un kleenex ya de cartón.

No se equivoque. No me importó. Aquel día, sin decir nada, yo mismo recogí la única prueba de su traición y sin mayores desvelos la tiré a la basura. ¿Qué quiere que le diga? Lucía está hecha a la medida de las ambiciones masculinas que desde hace cincuenta años llevo alimentando como cualquier macho de la era moderna. ¿Qué más puede desear un hombre de mi posición, con mi fortuna, que lo ha conseguido todo en la vida, que no se queja, que tiene una familia que lo quiere, una mujer y unos hijos, que tiene éxito y dos o tres amigos que lo respetan?

No, en serio, no se quede ahí callado, juzgándome. Dígame. ¿Qué otra cosa puede desear un hombre de mi edad que a una veinteañera sensible pero supermorbosa que cuando está a punto de correrse o de fingir que se corre me araña con las uñas y me susurra al oído, entre ahogos,

soy tu puta, soy tu puta,

a la vez que le sobrevienen los espasmos y mueve la cabeza de un lado a otro estremecida por el placer?

Venga, no se corte. Confiese que también a usted le gustaría ser un cornudo por un día a cambio de esa vanidad.

Entiéndame. No se equivoque con lo que le dije antes de mi mujer. Ella y Lucía son compatibles. No hay conflicto. A diferencia de otras, Lucía no le pide a mi dinero una credencial de posesión, no agobia con lo de ser mi amante, no me pide que deje a mi mujer. Y mi mujer, fíjese lo que le digo, no se mete demasiado en mi vida. ¿Qué más puede desear un hombre? La vida es más sencilla de lo que he tardado cincuenta años en entender. Este domingo, por ejemplo, hemos quedado con unos amigos para pasar la noche. Mi mujer va de estreno; un traje que se ha comprado esta semana según los patrones establecidos por la pasarela Cibeles para esta primavera verano, unos zapatos de ensueño y, cómo no, el bolso que va a ser la envidia de sus amigas, más el complemento de una o dos joyas que como a urracas que revolotean alrededor del brillo les dará para la única conversación de varias horas. Pero en casa yo veré lo de siempre. ¡Qué espectáculo presenciar cómo se pone la faja y los potingues encima de las correcciones y del colágeno inyectado! Y seguro que en el último minuto, mientras me avisa para que no se me olviden las llaves, se retocará una vez más, guapísima, el rímel y los enormes labios de silicona antes de salir para la Ópera.

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Este texto lo escribí en julio de 2001 como una especie de homenaje a António Lobo Antunes, a quien empecé a leer por aquel entonces. Pretendía ser un relato escrito según el patrón aprendido en sus crónicas.

Y ahora, consuélate

 

Autorretrato en espejo esférico, de Maurits Cornelius Escher, 1935

Solo ahora, cuando tan poco falta para que también yo pase a formar parte de esa cofradía, he entendido al fin lo que supone ser un fantasma. Se equivocan quienes tratan laboriosamente de alcanzar un testimonio, de conseguir una visión, una foto, de provocar un último contacto con los fantasmas ahora huidizos que fueron hace tiempo nuestros allegados. Y sin embargo existen y están próximos. O quizá sería mejor decir que siguen existiendo. Tras muchos años de arduas investigaciones, al fin he venido a saber que de nada sirven el esmero y la búsqueda, ni siquiera la paciencia. Toda una vida dedicada a invadir intimidades que me eran ajenas no me ha proporcionado la seguridad de reconocer ninguna presencia invisible. Postrado en mi cama veo pasar a diario todo el cortejo de mis deudos, familiares olvidadizos y hasta algún que otro amigo que regresa. He sido un hombre de trato difícil, aunque en el fondo muy querido, y me llegan visitas de muchas personas que aún se resisten a mirarme como a una figura de ayer, de quien ya hay que hablar casi en pasado.

La culpa de tantas equivocaciones la tiene ella, claro. Desde que murió, hace ahora treinta y cinco años, he tratado de encontrarla en los mil sitios donde estuvo. Siempre he querido preguntarle qué significaba aquello que escribió antes de hacer lo que hizo: “Y ahora, consuélate”.

¿De qué me tendría yo que consolar, acaso de su muerte suicida?

Mis pesquisas han sido vanas; mi búsqueda, inútil; mis deseos, frustrados. Sin embargo no he transigido, y he llegado finalmente a entender. No soy un inútil, no soy un débil. Soy infinitamente fuerte. Ella no lo entendió nunca, estaba demasiado preocupada en procurarse una satisfacción a su impaciencia histérica. Como los niños, era incapaz de vivir cualquier dilación. Lo quería todo, y lo quería en el mismo instante en que se le pasaba por la cabeza el quererlo. Así vivía, permanentemente instalada en un presente abrumador. Y así me exigía que yo viviera. Por supuesto estaba equivocada.

Se pasó la vida tratando de convencerme de que yo era el equivocado. Me humillaba públicamente, se reía de mis investigaciones, me aseguraba que no llegaría a nada nunca, a ninguna conclusión, se esforzaba en convencer a todos para que me convencieran de la necesidad de cejar en mi empeño, que me estaba absorbiendo, decían, que estaba abandonándolo todo por culpa de un capricho sentimental, que era una búsqueda inútil, que era un romántico condenado al fracaso que persigue un vago ideal, una abstracción irrisoria, una empresa abortada aun antes de ser emprendida.

Por supuesto estaba equivocada, aunque eso lo supo ella misma, estoy seguro, el mismo día de su muerte, cuando hizo repaso y contempló pensativa su pasado, por una vez en la vida. Quizá se suicidó al descubrir que era ella quien estaba en el error, que no hacía falta estar muerto para saberse un fantasma. Se atiborró de pastillas, estoy seguro, cuando supo que yo andaba en lo cierto. Después de tantas humillaciones como me había infligido, ¿cómo se iba a postrar ante mí para pedirme perdón, ella, que tanto vaticinó mi derrota? Era ella la que había finalmente perdido, y no podía soportarlo.

“Y ahora, consuélate”. Cuántos comentarios recriminatorios he sufrido por culpa de esa frase, que todos consideraron una sentencia, un veredicto de culpabilidad. Qué de críticas. Todos encontraban mil explicaciones, y todos me encontraban culpable: mi escasa dedicación a ella, mis continuas infidelidades, el tesón con que me sumergía en mi trabajo, el tributo que yo le rendía a mi afición favorita, y que ella no entendió nunca, hasta las explicaciones que yo le daba continuamente sobre la existencia de una realidad distinta de la que vemos, tratando de que también ella participara con pasión, fue considerado negativamente por todos, como reproches, como egoísmo, como desprecio. Si hubiesen conocido la verdad… Si hubiesen sabido cuáles eran las verdaderas razones que le dictaron las palabras, habrían comprendido lo equivocados que estaban. Ahora, en el lecho de muerte, descubro que con aquella sentencia me hizo dudar de mis convicciones. Ella murió, sí, pero dejó constancia de su inconformismo, y en mí instaló la incertidumbre ¿Me estaría engañando? ¿Sería cierto que mi incapacidad para afrontar de cara mi realidad tal cual era me predisponía para consolarme con la promesa de otras dimensiones? Qué de tiempo perdido por culpa de este titubeo. El miedo a que no fueran ciertas mis creencias, las que había tenido hasta ese momento, motivó en mí el deseo de obtener pruebas concluyentes. Por supuesto, éstas son imposibles de conseguir.

Somos muy pocos los que conocemos la verdad. He llegado a descubrirla demasiado tarde. Ya no me queda tiempo para poder disfrutar de este hallazgo. Toda la vida siendo un fantasma, y toda la vida perdido y buscando. Treinta y cinco años de rastreo vano por culpa de la suspicacia de una mujer que poseyó el secreto mucho antes que yo, y que vengó su suerte haciéndome depositario de un escrúpulo y de un prejuicio torpe.

Cómo se habrá reído durante todos estos años. Qué dulce habrá sido su venganza, contemplada impunemente desde las paredes de esta misma habitación. Su fantasma preside todos los lugares donde alguna vez estuvo, y me mira torvamente, como a un ser indefenso al que llevan a una pira para ser sacrificado. La imagino confundida con el olor de años de toda su ropa, que aún cuelga de unas perchas ya anticuadas en el ropero que sigue conservando su presencia de mujer solícita, pero no gratificada. Sus chaquetas mantienen todavía la forma de unos hombros a los que alguna vez cubrieron, y es imposible que nada de ellos perdure en esa tela inútil que se afana en mantenerse sin daño. No es casual que yo no haya querido deshacerme de ellos en todo este tiempo. Y aunque así fuese, nada podría borrar la huella del fantasma de su dueña. Me mirará con ironía o con lástima en mi lecho de muerte, con la autoridad crítica de quien ya ha pasado por un trance idéntico, y vivirá feliz con mi fantasma en su realidad sin dilaciones, como siempre quiso vivir, al fin vencedora.

Sé que cuando yo muera no tendré su fantasma, y vagaré sin consuelo buscando inválido lo que a ella no le dio tiempo de ser, murió pronto. Estaré atado a unos grilletes, y mi sábana intangible me recordará siempre su sentencia eterna, “y ahora, consuélate”, mientras ella deambula insomne con el fantasma de todo lo que no fui y ella quiso que fuera.

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Este texto, que antes denominaba cuento y ahora no sé cómo llamar, lo escribí en el mes de julio de 1998, durante uno de esos bajones que uno tenía en los tontos años veinte.

En el año 2001 fue incluido en una absurda antología que publicó una editorial de cuyo nombre no quiero acordarme.

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El Otro, el Mismo

 

Todos queríamos ser héroes de anécdotas triviales

J. L. Borges

"El sueño de la razón produce monstruos". Francisco de Goya

Esta tarde, revisando papeles viejos que debía ordenar, me he encontrado con un número de teléfono que mi memoria había arrinconado, el de mi piso de Madrid en el Barrio del Pilar, del que me fui en el año 2003.

Siempre quise saber quiénes habían vivido en las casas en las que yo he vivido, y aunque nunca lo supe, muchas veces me vi buscando las huellas que su recuerdo había dejado en mi casa. Luego, cuando me fui de ellas, no dejé de sentir curiosidad por los inquilinos que habrían de ocupar el espacio que yo ocupé. No podía evitar preguntarme si también ellos, como yo, se afanarían en buscar los rastros que mi recuerdo dejó allí mismo.

Quizá por eso no pude evitar coger el teléfono y marcar el número. Me respondió una voz que no me era del todo ajena:

-¿Diga?

-¿Agustín Celis, por favor? – No sé por qué pregunté aquello. Me salió sin más. Juro que no fue premeditado.

-Sí, soy yo – respondió el hombre, que quedó aguardando unas palabras que no llegaron.

Colgué, evidentemente. Me sentí indigno de una sorpresa como aquella.

Pero lo curioso, lo que me ha llevado a escribir esta anécdota trivial, no es que yo mismo hubiera respondido a mi llamada a setecientos kilómetros y siete años de distancia. Lo curioso, lo extraño, es saber que el otro, siete años más tarde, recordaría aquella llamada después de haber hecho él la suya.

Esta vergüenza, este miedo

 

Para R. M. C., que me contó su historia.

Yo no quise incumplir el único consejo que tú me diste, abuela. Ni siquiera recuerdo bien cómo pasó el primer día y por qué estaba tirada en la cama si un segundo antes estaba de pie, junto a las cortinas, mirándolo. Ocurrió tan de repente, me dejó tan confundida, que cuando quise reaccionar él ya estaba en el salón viendo la tele y cambiando de canal cada treinta segundos. Solo pensé en ti, abuela, en tus setenta años de mujer apaleada y en tus palabras, en la cara que pondrías si supieras que tampoco yo he podido cumplirlo: “nunca dejes que un macho te ponga la mano encima, Carmen, mira en hacerte una mujer que no tenga que dar cuentas a ningún hombre”.

Siempre pensé que eso era algo que les ocurría a las otras. No a mí, abuela, nunca a la mejor de las nietas, a la más lista, a la más guapa, a la que fue a la universidad y se sacó su carrera para no dar cuentas a ningún macho. Todavía no he cumplido los treinta. Todavía no he tenido un hijo. Todavía no me he casado, abuela, vivo con mi novio en un apartamento alquilado que pagamos a medias y que encontramos muy baratito aquí mismo, en pleno centro, muy cerca de su trabajo y del mío. Estamos ahorrando para comprarnos un piso y podernos casar y tener un hijo. Yo también me quiero casar. Yo también quiero tener un hijo.

Ya sé que debería estar viviendo mis locos años veinte, abuela, pero es que no sabía que iba a sentir esta vergüenza, estas ganas de echarme en el sofá y apagar la luz, estas ganas de no ver a nadie con tal de que no sepan lo que me está pasando. Es como si estuviese muy cansada y siempre tuviera sueño. No quiero ver a mis amigas porque sé que no podré soportar sus miradas cuando les cuente que a mí también, que yo también. ¿Cómo les voy a contar esta vergüenza, esta humillación, esta culpabilidad sin culpa, este temor a que todo el que me conoce se sienta defraudado porque a mí también, porque yo también? ¿Con qué palabras les hablo del miedo por la noche, de las palabras con que después se arrastra y de mi perdón casi diario después del beso tembloroso que me estampa en la cara antes de dormirse en esta cama en la que follo poco y cada vez menos?

Me empieza a dar asco mirarme al espejo y reconocer en mí esta debilidad. Yo no quiero ser una de esas mujeres vencidas que salen por la tele, abuela. Yo no, la más lista, la más guapa, la que fue a la universidad y se sacó su carrera para no dar cuentas a ningún macho, la segura, la autosuficiente, la luchadora, la que nunca se iba a dejar pisotear y ahora se maquilla por las mañanas los moratones con un pegotón de crema, la que no consigue ocultar con el rímel la huella que me dejan sus insultos y después se contempla en el espejo, guapísima, antes de irse a trabajar deseando, por Dios, que él tenga hoy un buen día.

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Texto publicado en la web del Proyecto Sherezade en junio de 2004.

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