Ajedrez, o el arte de aprender a perder

Resulta que he iniciado en el Instituto una especie de taller de ajedrez con la única intención de fomentar entre la chavalería la afición por este juego que siempre me ha interesado. Como algunos días, durante el recreo, no salgo a desayunar, pues me he dicho que echarme unas partidas con algunos alumnos puede ser una saludable forma de pasar el rato. Eso sí, sin tonterías seudopedagógicas. Nada de planificación. Nada de programa. Ni objetivos ni contenidos ni procedimientos ni actitudes, por favor. En absoluto ese ripio del ajedrez como recurso educativo innovador a estas alturas. Pamplinas, las mínimas. Todo simple: un tablero, sesenta y cuatro escaques, treinta y dos piezas y dos jugadores valiéndose de su ingenio y de su astucia para vencer al contrario en singular batalla.

Ahora bien, aunque aún estamos muy en los inicios, vengo observando, con preocupación creciente, que algunos jovencitos están poco duchos en el noble arte de perder, tan necesario y útil en la vida, por otra parte.

¿Por qué es esto así? ¡Ah, gran pregunta! Una cuestión que algún día espero que sepan respondernos esos educadores irresponsables que durante años han venido convenciendo al personal de que en la vida está muy feo eso de competir porque se crean traumas profundos que luego ellos, como los hábiles psicopedagogos que son, han de tratar en el gabinete.

Muy al contrario, lo que trato de inculcarle a los chavales que juegan conmigo es una idea muy simple y a la vez muy sencilla de entender. Al jugador que tenemos delante, queridos niños, hemos de respetarlo en todo momento sin olvidar que debemos ser, a la vez y sin sentimentalismos, implacables con él. Porque así es el ajedrez. Un juego entre caballeros, pero un juego muy serio. Y tal y como dijo alguien de cuyo nombre ahora mismo no me acuerdo, probablemente el deporte más violento que existe. Y está bien que así sea porque ojalá toda violencia fuera como la que practicamos con esas dieciséis piezas que nos tocaron en suerte.

Se juega al ajedrez para pasar el rato y para tratar de vencer en la partida. Y si esto no ocurre, no pasa nada, nos echamos otra y en paz. Y al adversario se le da la mano al final del juego porque es la tradición y la manera de respetarnos como jugadores, conscientes siempre de que en alguna ocasión todos seremos vencedores y vencidos.

Ajedrez

* El ajedrez es un juego de ingenio, lógica y concentración que atrajo la atención de numerosos estrategas militares en la antigüedad. Es famosa la leyenda que habla de su origen. Los árabes lo introdujeron en Europa merced a la expansión del Islam que conquistaría la península Ibérica allá por el año 711, aunque también se difundió desde la India y a través de Rusia hacia el año 850. El presunto inventor de este juego, según los árabes, fue Sessa, el visir del rajá Check Rama, y su intención fue tan lúdica como inteligente, pues le demostró al rajá que el soberano (en el juego el rey, aunque la más poderosa, la más débil de las piezas), en toda circunstancia necesita del pueblo (los peones) para gobernar frente a sus enemigos. Y tanto le gustó al Check Rama el invento de su visir que decidió recompensarlo otorgándole lo que él quisiera. Aquí volvió a demostrar su ingenio Sessa, que le pidió que le diera un grano de trigo por la primera casilla o escaque del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta, y así sucesivamente en una progresión geométrica hasta completar los 64 escaques del tablero. Al rajá le pareció una petición modesta y se la concedió, quizá sin comprender que la estrategia del visir lo convertía en el hombre más rico del reino, y lo endeudaba a él de por vida, pues la suma total era desorbitada; sólo en la casilla 64 el número de granos acumulados ascendía a 18.446.774.073.709.551.615 granos. Misterios del ajedrez y las matemáticas e ingenio de los hombres.

El rey de Castilla Alfonso X el Sabio fue un gran aficionado a este juego, y de sus talleres salió en 1283 el Libro de axedrez, dados e tablas, que es la más importante obra que se conserva de la Edad Media sobre tales juegos, además de ser la primera obra que cimenta lo que luego será el moderno ajedrez de estrategias, celadas y problemas. Otra curiosidad sobre el mundo inabarcable del ajedrez es la que se refiere a su evolución, pues no siempre se jugó como en la actualidad. En tiempos de Alfonso X se jugaba de acuerdo con las normas árabes, según las cuales la reina y el alfil avanzaban sólo una casilla en su movimiento. No sería hasta los ss. XVI y XVII cuando se comienzan a introducir cambios en el juego. La reina se convierte en la pieza más poderosa en cuanto a movimiento, el alfil avanza tantas casillas como desee o le permita la posición en movimiento oblicuo, al peón se le permite iniciar su salida con dos pasos, y se introducen dos jugadas revolucionarias, el peón al paso y el enroque.

Ajedrez - histórico

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* Publicado en Agustín Celis, Historias Curiosas, Ed. Añil, Madrid, 2001

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Amadeus

De vez en cuando, en alguna que otra ocasión, pero con una frecuencia creciente, le permito a mi hijo Darío, que ahora tiene 10 años, leer algún libro (a lo que empieza a ser muy aficionado) no del todo adecuado para su edad, o incluso ver alguna película (a lo que aún es más aficionado) directamente no recomendada para un niño de tan pocos años. Soy consciente de que esto es casi anatema en la época ñoña que nos ha tocado en suerte. De enterarse, sé que más de un pedagogo santurrón, de los que tanto abundan hoy día, afearía severamente mi conducta y recriminaría con rigor evangelizador mi irresponsable proceder. Pero qué quieren, estoy tan en contra de toda forma de mojigatería, incluso de la más aceptada y bien vista, que me he visto obligado a elaborar una forma propia de emboscadura que amortigüe un poco el avance paralizador del pensamiento melindroso y pacato que amenaza a diario con convertirnos a todos en individuos formalmente ecuánimes, escrupulosos, ingenuos y definitivamente idiotas.

Así las cosas, una de las estrategias que suelo seguir a la hora de educar a mis hijos consiste en no encerrarlos en una burbuja de felicidad entontecedora; en no privarlos del (por otra parte) inevitable contacto con lo inquietante cuando es una ficción quien lo procura; en no protegerlos en exceso del desasosiego quimérico, no real, que produce la cercanía de lo abominable en una invención de los hombres; y, sobre todo, en no negarles el necesario conocimiento que toda persona, saludablemente formada, debe tener del miedo que produce la fantasía. Y no solo del miedo; en general de todo aquello que puede amenazar con herirnos, y de cuya verdad las ficciones dan buena cuenta: las mentiras, los engaños, lo tenebroso, lo cruel, lo amenazador, lo siniestro.

Creo que es bueno no engañar a los niños sobre este punto capital de la existencia. Y en ese sentido la ficción, en todas sus variadas formas, puede resultar una aliada imprescindible. Se trata, en cierta manera, de otorgarles una manera de protegerse de la realidad; de aprender a protegerse de ella; de percibirla a través de otros y vivirla por medio de un personaje interpuesto. Vicariamente. Porque a los niños les ayuda mucho percibir los peligros del mundo a través de la experiencia de otros, para así aprender a asumirlos serenamente, sin la tragedia y la inseguridad que da el sufrirlos en carne propia. Con la experiencia pausada que da el saber que el contagio que nos provoca la ficción suele ser temporal, pero el conocimiento que nos aporta es siempre duradero.

De modo que esta noche le voy a permitir a Darío que vea conmigo Amadeus, esa obra maestra total, absoluta y definitiva que hizo Milos Forman en 1984 con ese pedazo de actor que es Fahrid Murray Abraham en el papel de Salieri, y que en esta maravilla del séptimo arte se sale del cuerpo y de la pantalla para hacer realidad un personaje (ficticio, vale; sin relación alguna con la realidad, de acuerdo) que encarna el concepto de perversidad en todas sus variadas e intercambiables formas; las de la adulación, la mendacidad, la envidia, la cruel venganza, la ambición sin límites…

No sé si Darío sabrá captar esta noche todo lo que en la ficción de Amadeus hay de verdad y de terrible, pero quiero creer que, más allá de la historia dramática que la película nos cuenta, algo comprenderá de cuanto expone sobre algunos de los peligros del mundo.

AMADEUS

* Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) escribió su Réquiem por encargo del conde Walsegg zu Stuppach, quien desde hacía tiempo admiraba su talento. A principios de 1791 murió la mujer del conde y, sabiendo las penurias económicas y la terrible enfermedad que acuciaba al músico, le encargó una misa de Réquiem. Esta obra, la más inquietante y misteriosa de Mozart, siempre ha estado envuelta con un halo de leyenda sin duda propiciada por el oscuro interés que escondía el encargo del conde Walsegg.

Este ricohombre, aficionado a la música, tenía a su servicio a un criado llamado Leutgeb para las cuestiones musicales. Este solía contactar con compositores afamados para encargarles, previo pago de una suculenta cantidad, alguna obra que después el conde de Stuppach se encargaba de copiar de su puño y letra, y que más tarde publicaba y mandaba ejecutar como si fuesen suyas. El contrato se llevaba a cabo en el más absoluto secreto. Tal era así que Leutgeb aparecía embozado en una oscura capa para que nadie pudiera reconocerlo y relacionarlo con su amo. De tal manera que cuando llamó a la puerta del enfermo Mozart con tal encargo y tales pintas a este se le pasó por la cabeza la imagen de la propia Muerte que le encargaba una misa por su propia y desdichada alma. Por supuesto aceptó el encargo y exigió el precio: cincuenta ducados. El visitante nocturno satisfizo la demanda e impuso las  condiciones: un mes de plazo, la renuncia a la obra y la promesa de que nunca, bajo ningún pretexto, trataría de averiguar la identidad de su acreedor. Y Mozart no tuvo más remedio que aceptar, su situación era lamentable.

Por aquel entonces, poco antes de su muerte, se encontraba cargado de deudas, enfermo de una dolencia renal crónica, agotado por el excesivo trabajo a que se sometía y sobre todo trastornado por los efectos de una gran depresión nerviosa. Necesitaba el dinero desesperadamente. Además, quería enviar a su mujer Constanze a Baden  para que cambiara de aires. Lo necesitaba.

Mozart no terminó la obra en un mes y pidió al emisario un nuevo plazo de entrega que le fue concedido. Poco a poco fue escribiendo cada una de las partes de su obra: el “Réquiem Aeternam”, el “Dies Irae”, el “Kyrie Eleison”, el “Domine Jesu”, etc., pero no llegó a completar su propósito de ver incluida en la obra toda su portentosa visión del Juicio Final. La completaría a su muerte su discípulo Franz Xavier Süssmayr.

Mozart murió el 5 de diciembre de 1791, y tras su muerte las partituras del Réquiem fueron entregadas al conde Walsegg, que como solía hacer se las adueñó y dos años más tarde hizo que se ejecutaran con su nombre.

Lo que hoy es el famoso Réquiem de Mozart es probable que fuese el famoso Réquiem de Walsegg si Constanze Mozart no su hubiese convertido a la muerte de su esposo en una imprescindible difusora de la obra de este. Por las mismas fechas en las que Walsegg estrenaba la obra en Wiener-Neustadt, Constanze la estrenaba en Viena incumpliendo el acuerdo de su marido con el conde.

Mozart

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* Publicado en Agustín Celis, Historias Curiosas, Ed. Añil, Madrid, 2001

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Otra vez Jack

Subyugado estos días por la lectura pausada de la novela gráfica From Hell, de Alan Moore y Eddie Campbell, me ha dado por rescatar un viejo texto que escribí hace años y que, como es recomendable hacer con lo ya hecho y publicado, me niego a retocar pese a cualquier error, omisión o inexactitud que pudiera contener.

FROM HELL

Pocos asesinos en serie han llegado a tener la notoriedad legendaria de la que aún hoy día goza Jack el Destripador. Su historia está envuelta en el más oscuro secreto, y la esperanza de descubrir su identidad parece que ha sido finalmente desestimada. Actuó en el otoño de 1888, y creó un estado de auténtico pánico colectivo en la población de la zona este de Londres, la más pobre y abyecta de la ciudad. Limitó su campo de acción a una zona de 2,6 kilómetros que comprendía Whitechapel, Stepney y la City de Londres, y asesinó a un total de cinco mujeres, todas prostitutas, aunque se ha llegado a decir que fueron unas ocho e incluso más.

Mary Ann Nicholls, Annie Chapman, “Long Liz” Stride, Kate Eddowes y Mary Kelly han pasado a la historia y a los libros como las víctimas de uno de los más sanguinarios criminales de todos los tiempos. Murieron degolladas, y sus cuerpos fueron rigurosamente desmembrados, posiblemente con un escalpelo, lo que hizo sospechar a los agentes de Scotland Yard que el asesino poseía bastantes conocimientos médicos. Todas ellas fueron  destripadas por la madrugada y salvo la última, Mary Kelly, cuyo cadáver fue hallado en su propia habitación, todas encontraron la muerte en oscuros callejones de la ciudad. Jack el Destripador consiguió pasar totalmente desapercibido entre aquel ambiente, lo que sorprende tanto más cuanto que los cirujanos de la época llegaron a estimar que la mutilación a la que Jack sometía los cuerpos requería en todos los casos más de una hora de precisa operación.

¿Cómo es posible que nadie viera nada en aquel Londres en continuo estado de alerta? Se ha llegado a sospechar que por alguna razón no del todo descubierta, las autoridades competentes prefirieron silenciar el caso, no dar nombres, archivar la investigación bajo aquel apodo de Jack el Destripador, cuya última salida se produjo el nueve de noviembre de 1888, apenas tres meses después de su primer crimen.

¿Cuál era la razón de este silencio? ¿Qué secreto se escondía detrás de la identidad del asesino de Whitechapel? ¿De verdad no dejó ningún rastro, ningún indicio en ninguna de sus actuaciones sobre el que construir una investigación fiable? Al parecer sólo se descubrió una única pista. Junto al cadáver de la cuarta víctima, Kate Eddowes, se halló un reguero de sangre que se extendía hasta una pared en la que una mano había escrito con yeso el siguiente lema: “Los judíos no tienen la culpa”, lo que sirvió para crear toda una serie de especulaciones sobre la preferencia religiosa del asesino, pero nada más, ya que no se estudió “in situ” este escrito. Curiosamente, y por alguna extraña razón que nadie llega a explicarse, el jefe de la policía de Scotland Yard, Charles Warren, ordenó que borraran aquella frase en el mismo momento en que se encontró el cuerpo de la víctima. ¿Qué misterioso porqué se ocultaba tras esta negligencia policial?

El caso fue cerrado inconcluso hasta 1992, año en que volvió a abrirse para solo hallar en él meras especulaciones, aunque no carentes de interés.  Entre los principales sospechosos se hallaban el abogado Montague John Druitt, cuyo cadáver fue encontrado en el río Támesis pocos días después del último asesinato; el doctor Neill Cream, que finalmente fue hallado culpable de otro asesinato y que en el momento de ser ahorcado pronunció la famosa confesión “Yo soy Jack el…”; James T. Maybrick, un loco comerciante de Liverpool que acabó sus días a manos de su mujer; Nathan Kaminsky, un judío polaco, misógino y demente que murió de sífilis en un manicomio en 1889; y por último tres altas personalidades de la Inglaterra de la época; Sir William Gull, médico personal de la reina Victoria; James K. Stephen, tutor personal del príncipe Albert Víctor; y el propio príncipe Albert, duque de Clarence, hijo del príncipe de Gales y segundo en la línea sucesoria al trono, quien desde su nacimiento y hasta su muerte sufrió de demencia.

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Publicado en Agustín Celis, Historias Curiosas, Ed. Añil, Madrid, 2001

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Con el paso cambiado

Como habría dicho Javier Marías, “no he querido saber, pero he sabido” que desde hace algunos años anda flotando en formato .doc, lista para la descarga, una antología de relatos cortos, titulada Cuentos españoles contemporáneos del siglo XX, en el que aparece mi relato La bondad del Invierno.

Es lo que tiene Internet, que depara esta clase de sorpresas. Ignoro quién es el espontáneo compilador de esta colección de cuentos,  la persona a la que debo el dudoso honor de encontrar mi nombre junto al de algunos de los más destacados cultivadores del relato breve en español. En todo caso, sea quien sea esta alma cándida y predispuesta, quiero hacerle llegar mi agradecimiento por la inclusión de que me hace merecedor en su humilde antología, si bien creo que me corresponde añadir una nota marginal, a modo de aclaración aguafiestas, en mi propio texto.

El relato La bondad del Invierno es el resultado de una obsesión. En cuanto a lecturas, prácticamente todo el año 2001 lo dediqué a informarme, de manera compulsiva, sobre la Guerra Civil Española. No sé cuántos libros me llegué a leer sobre el célebre conflicto durante esos meses, pero sin duda fueron muchos, lo que me ha terminado por provocar, a la larga, cierto empacho y hasta cierto recelo hacia todo “lo nuevo” que se escribe sobre tan delicado y manido tema. Qué sé yo por qué ocurrió, pero lo cierto es que aquel año me dio por ahí… y uno de los asuntos que más despertó mi curiosidad fue el relacionado con las guerrillas antifranquistas (los llamados maquis) que, de manera más o menos organizadas, trataron de resistir en algunas zonas de España hasta bien entrado los años cincuenta, con algún caso aislado aún en los sesenta.  Pero el cuento en cuestión, largamente planeado, contado una y otra vez en mi cabeza, no lo llegué a escribir hasta el mes de julio del año 2002. De modo que, en rigor, el relato incluido en la antología es un texto escrito ya en el siglo XXI, y no en el XX, lo que quizá lo convierte en la nota discordante de la colección, y a su autor, en este caso yo, en el típico soldado que, en medio de un desfile se descubre marchando, a la vista de todos, con el paso cambiado.

 Los relatos cortos incluidos en dicha antología son estos:

La primera gripe de Adán, de Bernardo Atxaga
Acerca de la muerte de Bieito, de Rafael Dieste
Navidad sin ambiente, de Miguel Delibes
El cuento de nunca acabar, de Ofelia Dracs
El Niño-Lobo del Cine Mari, de José Mª Merino
A modo de Sonata, de Alfredo Conde
La lengua de las mariposas, de Manuel Rivas
El árbol de oro, de Ana Mª Matute
El bonito crimen del carabinero, de Camilo José Cela
El paraíso era un autobús, de Juan José Millás
El tren que no conduce nadie, de Francisco Garcia Pavón
¿Cómo te quiere él?, de Maruja Torres
Peor que la muerte, de Eduardo Vaquerizo
Televisión basura, de Manuel Vázquez Montalbán
Con la técnica de Lovecraft, de Joan Perucho
El regreso, de Rafael Diester
El caracol del jardín misterioso, de Raúl Torres
El inquisidor, de Francisco Ayala
La confesión, de Miguel Ángel Mañas
El jardín de la Alegría, de Francisco Escobar Bravo
María, de Manuel Talens
El alma en pena de Fiz Cotobelo, de Wenceslao Fernández Flórez
Entre el Cielo y el Mar, de Ignacio Aldecoa
Lenta es la luz del amanecer en los aeropuertos prohibidos, de A. Pereira
El caballero, de Álvaro Cunqueiro
La bondad del invierno, de Agustín Celis
Un curioso intercambio, de Juan José Millás
El reincidente, de Rafael Sánchez Ferlosio
Los chicos, de Ana Mª Matute
Los límites de la inocencia, de Salvador Company
Los hermanos «Dosenuno», de Patxi Irurzun
Sybil Vane, de Carmen Martín Gaite
Ragnarok en las playas de Ítaca, de Rafael Marín
Modelados en barro, de Alicia Giménez Barlett

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La bondad del invierno recibió el Premio Unión Latina de Cuento 2002, en el Concurso Internacional de Relatos “Juan Rulfo”, concedido por Radio Francia Internacional y la institución Unión Latina. El jurado que lo otorgó estaba compuesto por Fernando Aínsa, Miquel Barceló, Silvia Barón-Supervielle, Rubén Bareiro Saguier, Jorge Edwards, Claude Fell, Javier Fernández, Mercedes Iturbe, Alexis Márquez, Laura Mazzolo, Julio Ortega, Manuel Rivas, Patrick Rosas, Luis Sepúlveda, Aline Schulmann, Paco Ignacio Taibo II y Jorge Volpi

Un curioso aniversario

Ayer hizo cinco meses que escribí por última vez en este blog. Otros asuntos me han tenido ocupado, alejado y disperso. Para qué, me he preguntado en más de una ocasión. Y aunque a veces he estado tentado de retomarlo, acicateado por la realidad, al final siempre me ha terminado venciendo la pereza, la desgana y el cansancio. También la indiferencia. Esta noche, sin embargo, he regresado a casa con ganas de ponerme a escribir. Hace un rato venía en el coche pensando en ello. Regresaba de una fiesta de Halloween en Sanlúcar, donde he pasado la tarde y la noche, como acostumbro hacerlo siempre en esta fecha, en compañía de unos amigos. Mi hijo Darío y mi sobrina Cristina iban detrás dormidos, agotados de tanta risa y tanto miedo como han gastado hoy. Yo iba solo conduciendo delante, de camino a casa, atento a los peligros de la carretera sin una sola alma, pensando.

Hoy es aún 31 de octubre. Esta noche es Halloween. Mañana será el día de todos los santos. Inevitable no pensar en algunos ausentes. En los más recientes sobre todo: en Melero, en Maruchi, en mi primo Javier. Iba conduciendo pensando en ellos. También en la fiesta en la que he estado, en la casa del terror en la que me he adentrado llevando de la mano a mi sobrina, que estaba deseosa de que le dieran un susto. Darío se quedó fuera con un amigo porque le daba demasiado pavor; esa mezcla de fascinación y miedo que experimenta un niño de cinco años que empieza a sentir la atracción por lo abominable. Bendita atracción.

En todo eso pensaba hace un rato de camino a casa, en el coche, cuando de manera caprichosa, a traición, sin preverlo ni buscarlo, se me ha impuesto una fecha que ahora ya aquí, en casa, gracias a San Google, patrón de los perdidos, ha convertido esta noche en la noche en la que se cumple un curioso aniversario que me apetece recordar aquí y ahora.

Pensaba escribir sobre lo mucho que me gusta la milenaria fiesta pagana de Halloween y por qué me parece digna de celebración, pero creo que lo voy a dejar para otra ocasión, para otro año. En su lugar voy a festejar este momento. El momento en el que he descubierto y recordado que esa fecha que ha cruzado por mi cabeza era exacta y banal. 31 de Octubre de 1971. Supongo que nadie recuerda ya ese día ni lo que en él ocurrió. Pero yo sí, porque ese día tuvo lugar un suceso que hace algo más de diez años me entretuvo ocupado unas horas buscando información para un texto que luego formaría parte del primer libro que yo escribí. Y aunque ese libro ahora me parece muy malo, algunas de sus páginas me siguen divirtiendo y es bueno que así sea. Hoy sé que no las escribiría, pero a la vez me alegro de haberlas escrito. Qué sé yo…, me resulta curioso que alguna vez me llegara a interesar un asunto como el que hoy quiero recordar en esta entrada, por banal que resulte.

El 31 de octubre de 1971 tuvo lugar la insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona. Y cuarenta años más tarde, por esas cosas que pasan, me ha resultado extraño, curioso y extravagante descubrir que, si a San Google se le pregunta por el suceso en cuestión, lo primero que sale es el texto que yo escribí para mi libro de curiosidades.

 

El Cipote de Archidona

Camilo José Cela y Alfonso Canales calificaron este suceso como La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona. El episodio resulta espectacular y por eso lo refiero en esta colección de curiosidades. Para una mayor y más detallada información sobre el caso remito al lector al divertidísimo libro antes mencionado.

Ocurrió en Archidona, provincia de Málaga, el 31 de Octubre de 1971. Era ya de noche y en el cine del pueblo una pareja de novios disfrutaban viendo juntos una película musical de moda en la época. No ha quedado constancia de los motivos que incitaron a la protagonista a hacer lo que hizo, pero se sospecha que quizá la música, o alguna escena o incluso el encanto del momento propiciaron que ella tomara aquella decisión. Más tarde declaró que no sabía el cómo ni el porqué. Quizá a su novio no le sorprendió tanto que la mano de ella hurgase en su cremallera aquella noche, quizá ya era un hábito que habían adquirido e incluso una costumbre. El chico, a quien llamaremos A.A.M. tal y como aparece en el fallo que dictaminó el juez, debía de ser consentidor y hasta generoso. No opuso el menor obstáculo cuando a ella se le ocurrió comenzar los toqueteos, se dejó hacer complacido, probablemente arrellanado en el asiento, que debía de ser cómodo. No previó las consecuencias que el laborioso ejercicio de su acompañante, a quien llamaremos P.B.A, podía tener. Todo parece indicar que la voluntad de ambos se hallaba exclusivamente centrada en el goce. No hay dudas al respecto; la ejecución de ella fue espléndida. A menudo en este caso se ha tendido a olvidar el importantísimo papel que jugó la chica para mayor gloria de su novio, a quien Cela llamó muy acertadamente “honra y prez de la patria y espejo de patriotas”. Debemos reivindicar no obstante el celo apasionado y la vehemencia desprendida con que ella remató tan delicada tarea.

Me parece conveniente copiar las palabras con que Alfonso Canales resume el momento culminante de la noche. Aparecen en una carta que dirigió a Cela el 3 de febrero de 1972:

“El caso es que, en arribando al trance de la meneanza, vomitó por aquel caño tal cantidad de su hombría, y con tanta fuerza, que más parecía botella de champán, si no geiser de Islandia”.

Como este asunto fue llevado esa misma noche a la judicatura, ha quedado escrito que el chaparrón seminal salpicó a los espectadores de la fila trasera e incluso a los de la posterior. Comenzaron los gritos de extrañeza, alguien encendió la luz, identificaron la naturaleza indudable de las manchas y se hizo el escándalo. La novia que enrojece al verse sorprendida in fraganti, el novio avergonzado que trata de ocultar sin conseguirlo el cuerpo del delito, un prestigioso industrial que se queja del espectáculo al ver que su terno recién estrenado ha sido víctima de la eyaculación, una señora de la alta sociedad archidonense que estalla en gritos de histeria tras descubrir gotas de semen en su cabello, y por todo el cine voces indignadas, insultos malsonantes, palabras de indecencia en las bocas de los afectados, preguntas sin respuesta y seguro que más de una sonrisa jocosa en labios comprensivos.

Lo que resta del suceso tiene un color semejante a un auto de fe: una causa que se abre, un proceso que se estudia a conciencia, un juez que dicta sentencia y una moral que de nuevo impone su ley con el matrimonio honesto, intuitivo y urgente de los inculpados.

Tres décadas después, y visto con perspectiva, este glorioso suceso quizá no sea otra cosa que una anécdota simpática de los últimos años del franquismo en España. Pero en su día fue todo un escándalo con abundante publicidad, el libro que hizo Cela y el rodaje posterior de una película, por cierto, malísima.

Hago mías las palabras de Don Camilo en su carta respuesta a Alfonso Canales del 7 de febrero de 1972:

“¡Bendito sea Dios Todopoderoso, que nos permite la contemporaneidad con estos cipotes preconciliares y sus riadas y aun cataratas fluyentes! Amén. ¡Viva España! ¡Cuán grandes son los países en los que los carajos son procesados por causa de siniestro!”

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Publicado en Historias Curiosas, Ed. Añil, Madrid, 2001

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Enlace web: Cela comenta la insólita hazaña

Guárdate de los Idus de marzo

Nací tal día como hoy de hace ahora treinta y siete años. Siempre me complació saber que para los romanos era una fecha de buen augurio. Los Idus de marzo los llamaban ellos. Desde el año 44 a. de C. es también el día en el que asesinaron a Julio César, probablemente el más conocido magnicidio de toda la historia.

 

Busto en piedra de Julio César

 

La Muerte de Julio César

“Guárdate de los Idus de Marzo” era el consejo con que un agorero romano llevaba días saludando a Cayo Julio César, que por aquel entonces ya había sido nombrado rex sacrorum, máximo cargo religioso de Roma. Lejos estaba el hombre más importante de su tiempo de imaginar que aquel 15 de marzo del año 44 a. de C. iba a ser su último día.

La descripción que de él nos ha llegado es la de un hombre excepcional: un astuto político, un hábil estratega militar, un escritor talentoso y un amante con notable atractivo personal. Era aclamado por las multitudes y respetado por sus enemigos, con quienes se mostraba magnánimo. Su desmedida ambición le hizo disfrutar de los honores más altos, como el consulado vitalicio, la dictadura perpetua y el dictado de Padre de la Patria, entre otros honores. La historia se ha encargado de cuidar la memoria de su muerte, que pasa por ser el magnicidio más famoso de todos los tiempos.

Los elementos dramáticos que se acumulan alrededor de su muerte, no exenta de cierta ironía, merecerían figurar en una nueva historia universal de la infamia. El escenario es bien conocido. Suetonio, Plutarco, Shakespeare o Goethe, entre otros, recrearon con pequeñas variaciones los últimos momentos de la vida de César. En todos ellos hay un héroe, una advertencia, una conjura, dos infames cabecillas y 23 puñaladas asestadas en un cuerpo que cae muerto a los pies de la estatua de su máximo rival, amigo, yerno y en los últimos tiempos peor enemigo, Cneo Pompeyo Magno, asesinado en Egipto cuatro años antes.

Quiere la historia o la leyenda hacer de la muerte de César un brutal sarcasmo. Dicen que la noche previa fue ventosa y que su mujer, Calpurnia, gemía en sueños mientras él se levantaba sobresaltado por el ruido de puertas y ventanas, que se abrieron con violencia. Dicen que Calpurnia le rogó que no acudiera aquella mañana al Senado, y que él se burló de las supersticiones de ella como antes lo había hecho de los finalmente inútiles pero fatales avisos del agorero. Dicen que de los 60 conjurados dos eran los cabecillas, Cayo Casio Longino y Marco Junio Bruto, y que por despecho y ambición conspiraron contra la vida de César, pese a ocupar puestos de confianza muy cercanos a él.

El lógico desenlace tuvo lugar junto al Pórtico de Pompeyo, en pleno Campo de Marte. Estaba previsto que 20 senadores, de lo 60 conjurados, portaran dagas entre los pliegues de sus túnicas y que descargaran al menos un golpe cada uno, de modo que la responsabilidad del asesinato fuese colectiva. El plan se llevó a cabo con rigurosa precisión. Marco Antonio, el brazo derecho de César aquel año, nada pudo hacer para impedir el crimen desde la puerta donde fue entretenido por algunos de los instigadores. Entre tanto, uno de ellos, Tulio Cimbro, quizá aprovechando la fama de magnánimo con sus enemigos de que gozaba César, lo retuvo en un aparte para pedirle que perdonase a su hermano, que estaba en el exilio, en tanto que los otros aprovechaban la ocasión y el descuido para rodear a la víctima.

El resto está escrito en más de una obra maestra. Casi todos los autores de la antigüedad están de acuerdo en que fueron 23 las puñaladas recibidas, de las cuales al parecer sólo una fue mortal, precisamente la que le asestó Marco Bruto inmediatamente después de que Julio César pronunciara sus últimas palabras, que contraen aún más la tensión trágica de este curioso episodio histórico.

Julio César se ganó en vida fama de tipo duro con las mujeres. Tuvo numerosas amantes, de entre las cuales tal vez sea Cleopatra la más conocida. Pero también sedujo a las esposas de muchos de sus colaboradores. Postumia, la esposa de Servio Sulpicio; Lolia, la de Aulo Cabinio; Tértula, la de Marco Craso y Mucia, la de Cneo Pompeyo, gozaron de sus favores. Pero dicen que fue una tal Servilia, la madre de Marco Bruto,  la mujer por la que el rex sacrorum manifestó durante toda su vida una mayor pasión. Quizá  esto explica esas últimas palabras de César que nos da Shakespeare: “¿Tú también, Bruto?”.  O esas otras de Suetonio, aún más dramáticas: “¿Tú también, hijo mío?”

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Texto publicado en Historias Curiosas, Agustín Celis, Ed. Añil, 2001.

 

 

Una anécdota austeriana

 

Destino: Sixty-Three, de Salvador Dalí, 1947. Serigrafía para el corto de animación "Destino" - Dalí, Walt Disney

 

Para Eduardo Suomi

¿Quién es Eduardo Suomi? Digamos que un conocido mío, aunque nunca lo he visto, alguien del que sé algo, poco en realidad, pero que según parece a veces merodea por este blog. ¿De qué lo conozco? De la página web de Antonio Muñoz Molina, donde ambos somos contertulios, un lugar apacible dentro de la Galaxia Internet frecuentado por un grupo de personas a las que les interesa la literatura, el cine, la música, la política, y en general cualquier tema que despierte la curiosidad de los allí congregados, un sitio de encuentro que va pareciéndose cada vez más a una peña cultural y recreativa y que perfectamente podría llamarse Muñoz Molina Social Club, pero que por deseo expreso de quien lo tutela se llama Escrito en un instante.

¿Por qué se me ha ocurrido dedicarle esta entrada a Eduardo? Muy sencillo. Hoy me ha dado por echarle un vistazo a las estadísticas del blog y he comprobado que en los tres meses que lleva abierto ha recibido un total de 1625 visitas. Ignoro si son muchas o pocas, no tengo nada con qué compararlo, pero lo cierto es que las 17 entradas que he publicado hasta ahora han merecido 13 comentarios, de los cuales 3 son míos, en respuesta agradecida, por diversos motivos, a quienes tuvieron a bien dejar aquí un testimonio de su paso, en total 7 personas. Una de ellas es Eduardo, que comentó el post titulado El Otro, el Mismo, una especie de microcuento que escribí acordándome de Borges pero que a Eduardo le recordó a Paul Auster, y más concretamente “al primer Paul Auster”, según dice él.

Pues bien, hoy he vuelto a leer su comentario y me he dicho que sin duda tiene razón. Supongo que se refiere al arranque de Ciudad de Cristal, aunque también puede que se refiera al último de los relatos que figuran en su Cuaderno Rojo, una plaquette de textos sobre el azar a los que tan aficionado es el neoyorquino, un hombre en permanente estado de alerta ante los imponderables del destino, esas rarezas fortuitas con las que a menudo nos sorprende la realidad. Y pensando en todo esto que digo he pasado la tarde hasta que me ha venido a la memoria una anécdota personal que me ha hecho coger el cuaderno donde a veces escribo algunas ideas y empezar a redactar esta historia, ignorando el ataque de presunción intolerable que me hace emular, una vez más, a uno de los autores a los que más admiro.

Hará unos quince años, la que ahora es mi mujer y yo estábamos tirados en el césped de la piscina de la urbanización Valdemar de Valdelagrana, una zona residencial de El Puerto de Santa María en la que solemos pasar las vacaciones de verano. Recuerdo perfectamente el libro que cada uno estaba leyendo en ese momento; ella, el Tres tristes tigres de Cabrera Infante, que la tenía entusiasmada; yo, El metro de platino iridiado de Álvaro Pombo, que en realidad no me estaba gustando.

Fue entonces cuando Sandra levantó la cabeza del libro y me hizo una de esas preguntas que lo cogen a uno desprevenido y a la que no se sabe bien qué responder. Ignoro si fue la lectura de Cabrera Infante lo que le sugirió la pregunta, pero supongo que sí. Algo relacionado con eso debía de estar leyendo para que de pronto se le ocurriera hacerme la pregunta que me hizo. ¿Cuál era el recuerdo más antiguo del que yo guardaba memoria?

Tardé un buen rato en contestarle. La verdad es que nunca me lo había planteado. Así que urgué en mi cabeza y al cabo de unos minutos le dije que recordaba una mañana en la guardería en la que jugamos al juego de las manzanas. Eran apenas unas cuantas imágenes dispersas, no un recuerdo definido. Una de las monitoras me tapó los ojos con un pañuelo, me ató las manos con una cuerda y me colocó delante de una manzana que yo debía comerme a mordiscos.

Cuando se lo conté, Sandra se incorporó sorprendida, me miró con los ojos muy abiertos y me aseguró que su recuerdo más lejano era exactamente el mismo, el del parvulario al que asistió siendo niña, aunque ella llegó a concretar que fue en la fiesta de fin de curso donde uno de los juegos que más divirtieron a los críos era ese de las manzanas.

Fue una agradable coincidencia, un capricho del azar que nos unía, pero poco más, eso no significaba nada, era imposible que se tratara del mismo centro y ni siquiera del mismo año, puesto que Sandra es dos años mayor que yo, y aunque ambos nacimos en la misma ciudad, Jerez de la Frontera, cada uno era de un barrio distinto; yo, de la Barriada de la Granja, una zona obrera completamente rodeada de campo, en el extrarradio; ella, de la Barriada de Las Torres, en la otra punta de la ciudad, donde el Ministerio de la Vivienda había construido en los años setenta unos bloques de pisos de protección oficial destinados a funcionarios del Estado, sobre todo militares y maestros.

Cuando llegó la hora de comer, Sandra y yo recogimos nuestros bártulos y nos subimos al piso de mi suegra en Valdelagrana, y entonces fue cuando comenzó el interrogatorio a su madre. ¿En qué año estuvo en la guardería de la señorita Loli? ¿Dónde estaba esa guardería? Y sobre todo, ¿por qué fue a esa guardería y no a otra?

El curso en cuestión fue el de 1977 / 1978, y la guardería la única que había por aquel entonces en la Barriada de la Granja, en una plazoleta situada a escasos metros del colegio Elio Antonio de Nebrija, donde la madre de Sandra y su marido eran maestros de la antigua EGB.

En octubre de 1977 murió el padre de Sandra, y la que después sería mi suegra decidió, con muy buen criterio, matricular a sus tres hijos, que habían nacido de manera escalonada en tres años consecutivos, en el jardín de infancia que tenía más cerca de su lugar de trabajo, con el fin de poderlos recoger al final de la jornada. De modo que sí, se trataba del mismo lugar en el que yo estuve, pero seguía sin estar clara la coincidencia de fechas.

Entre las muchas cosas que Sandra y yo compartimos, se encuentra el hecho casual de tener cada uno una hermana con problemas cardiacos; la de Sandra, lo que llaman una transposición de los grandes vasos y las grandes arterias, naturalmente corregida, que según tengo entendido la convierte en un caso excepcional, no sé si único, dentro de la medicina española; la mía, una cardiopatía congénita denominada Tetralogía de Fallot, que le fue corregida siendo niña en una operación a corazón abierto que tuvo a mis padres en vilo durante muchos años. Si ahora cuento todo esto lo hago únicamente para dejar constancia de los enredos del azar, pues precisamente es mi hermana Lourdes la pieza clave que ha de desvelar la imagen que oculta este curioso puzzle.

Una vez que la madre de Sandra nos confirmó el curso en cuestión, agarré el teléfono y llamé a mi hermana, quien me puso al día del tinglado familiar que procuró mi ingreso en aquella misma guardería.

A finales de abril de 1977 nació mi hermano Antonio. Luego, en 1981, llegaría mi hermana Ani, convirtiendo la casa de los Celis en una familia numerosa de cinco hermanos que contribuía generosamente con el boom de natalidad de la época. Pues bien, aquel curso 77 / 78 debió de ser especialmente duro para mis padres, al fin y al cabo dos treintañeros con cuatro hijos en el mundo y, para más inri, uno recién nacido. Los dos mayores, David y Lourdes, estaban ya en edad escolar, así que el primero entró en el colegio de Nebrija y la segunda lo hizo en la clase de parvulitos de la guardería del barrio.

Ahora bien, a principios de 1978 los médicos que seguían el complejo caso de Lourdes decidieron que había llegado el momento de operarla. Gracias a la memoria familiar sé que fueron meses de preocupación constante y de miedo, con muchos viajes de mis padres a Madrid, donde en el Hospital de la Paz mantuvieron ingresada y en observación a mi hermana, haciéndole toda clase de pruebas. Por suerte, en casa contábamos con la ayuda y la presencia permanente de mi abuela María, que cuidaba de nosotros durante la ausencia de mis padres. Pero háganse cargo de la situación. Era una mujer de setenta y dos años la encargada de llevar cada mañana al colegio a un niño de siete años, y de hacerlo además en compañía de otro a punto de cumplir cuatro, que imagino iría de la mano, pasito a pasito,  y de otro más que aún no había cumplido uno, que lo haría en un carrito o en una sillita. Así que supongo que resulta comprensible que mi abuela María moviera cielo y tierra, hablando con quien hubiera que hablar, para conseguir que el niño de tres años, que era yo, ocupara la plaza de su hermana en aquel jardín de infancia, aprovechando así, de paso, la matrícula ya pagada.

Por fin, en la primavera de 1978 operaron a Lourdes, y aunque la intervención fue todo un éxito, debido a la convalecencia posterior no pudo acudir a aquella fiesta de fin de curso en la que también estuvo Sandra. En su lugar asistí yo, y fui también yo quien se comió su manzana. Pero lo curioso y sorprendente de todo este asunto, lo que lo convierte en una anécdota austeriana, es que ninguno de los dos deberíamos haber estado allí, y solo por una serie de contingencias del azar así fue como ocurrió. Solo porque se dio la coincidencia de que en el mismo curso escolar murió el padre de Sandra y a mi hermana la operaron del corazón, se dio la casualidad de que los dos estuvimos juntos en el mismo sitio durante unos meses, siendo aún muy niños.

Esta es la historia que el comentario de Eduardo Suomi me ha hecho hoy recordar. Y de ahí que merezca la dedicatoria que encabeza este escrito.

Muchos años más tarde, en 1993, Sandra y yo volveríamos a coincidir en la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz. Ella en segundo de carrera, yo en primero.