Lecturas del año 2013

NARRATIVA BREVE

LA PALABRA DEL MUDOLa palabra del mudo, (relatos completos), de Julio Ramón Ribeyro, Ed. Seix Barral, 2010.

Las lunas de Júpiter, de Alice Munro, Ediciones Versal, 1990.

Cuentos completos, de Lydia Davis, Ed. Seix Barral, 2011.CUENTOS COMPLETOS DE LYDIA DAVIS

El porqué de las cosas, de Quim Monzó, Ed. Anagrama, 1994

Flores de plomo, de Juan Eduardo Zúñiga, Círculo de lectores, 1999.

 NOVELA

Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, RBA, 1993 (Relectura) .

SEFARAD Sefarad, de Antonio Muñoz Molina, Ed. Cátedra, 2013. Edición  de Pablo  Valdivia (Relectura)

 Canción de Hielo y Fuego I. Juego de Tronos, de George R. R. Martin,  Gigamesh, 2012.

 Canción de Hielo y Fuego II. Choque de Reyes, de George R. R. Martin,    Gigamesh, 2012.

CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO

Novela de ajedrez, de Stefan Zweig, Ediciones Acantilado, 2010.

Ardiente secreto, de Stefan Zweig, Ediciones Acantilado, 2009.

HHhH, de Laurent Binet, Ed. Seix Barral, 2011

El corzo herido de muerte, de Antonio Priante, Ed. Caoba, 2007.

LITERATURA JUVENIL

El maestro oscuro, de César Mallorquí, Ed. Edebé, 1999.   LOS JUEGOS DEL HAMBRE

Los juegos del hambre, de Suzanne Collins, Ed. Molino, 2012 (Relectura)

Los juegos del hambre II. En llamas, de Suzanne Collins, Ed. Molino, 2012

Los juegos del hambre III. Sinsajo, de Suzanne Collins, Ed. Molino, 2012.

TEATRO

Bajarse al moro, de José Luis Alonso de Santos, Ed. Anaya, 2001. (Relectura)

La estanquera de Vallecas, de José Luis Alonso de Santos, Ed. Castalia, 1995 (Relectura)

La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, Ed. Vicens-Vives, 2010. (Relectura)

Cuatro corazones con freno y marcha atrás, de Enrique Jardiel Poncela, Ed. Vicens Vives, 2007. (Relectura)

La Detonación, de Antonio Buero Vallejo, Ed. Cátedra, 2009. Edición de Virtudes Serrano.

 CÓMIC Y NOVELA GRÁFICA

 ASESINOAsesino 1. Tiro por la culata, de Jacamon y Matz, Norma Editorial, 2003.  (Relectura)

Asesino 2. El Engranaje, de Jacamon y Matz, Norma Editorial, 2004.  (Relectura)

Asesino 3. La Deuda, de Jacamon y Matz, Norma Editorial, 2004.

Asesino 4. Vínculos de sangre, de Jacamon y Matz, Norma Editorial, 2005.

Asesino 5, La Muerte en el Alma, de Jacamon y Matz, Norma Editorial, 2005.

Camino a la perdición, de Max Allan Collins y Richard Piers Rayner, Dolmen Publicaciones, 2002.

Blacksad 1. Un lugar entre las sombras, de Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido, Norma Editorial, 2001.

La peor banda del mundo 1. El Quiosco de la Utopía, de José Carlos Fernandes, Devir Iberia, S.L., 2002.

La peor banda del mundo 2. Museo Nacional de lo Accesorio e Irrelevante, de José Carlos Fernandes, Devir Iberia, S.L., 2002.

La peor banda del mundo 3. Las Ruinas de Babel, de José Carlos Fernandes, Devir Iberia, S.L., 2003.

LA PEOR BANDA DEL MUNDO

Replay: historia de una amistad, de Jorge Zentner y David Sala, Astiberri ediciones, 2002.

ENSAYO, PERIODISMO, TESTIMONIOS, AUTOAYUDA…

Historia del mundo contada para escépticos, de Juan Eslava Galán, Ed. Planeta, 2012.

Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina, Ed. Seix Barral, 2013.

Jorge Luis Borges, la ironía metafísica, de Fernando Savater, Ed. Omega, 2002.

Notas de prensa. 1980-1984, de Gabriel García Márquez, Editorial Sudamericana, 1991.

Días felices en Argüelles, de Francisco Umbral, Ed. Planeta, 2005.

LARRA. BIOGRAFÍA DE UN HOMBRE DESESPERADOGente Tóxica, de Bernardo Stamateas, 2011

Autoboicot, de Bernardo Stamateas, Ed. Planeta, 2008

Diarios, de Iñaki Uriarte, Pepitas de calabaza ed., 2010

Diarios II, de Iñaki Uriarte, Pepitas de calabaza ed., 2011.

Larra. Biografía de un hombre desesperado, de Jesús Miranda de Larra, Ed. Aguilar, 2009.

SI NO SIEMPRE ENTENDIDOS, SIEMPRE ABIERTOS

 Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi, Ed. El Aleph, (Relecturas)

Las 48 leyes del poder, de Robert Greene, Editorial Atlántida, 1999. (Relecturas)

Artículos, de Mariano José de Larra, Ed. Planeta, 1964. Edición de Carlos Seco Serrano. (Relecturas)

 EN PROCESO

 Articuentos completos, de Juan José Millás, Ed. Seix Barral, 2011.

El anarquista que se llamaba como yo, de Pablo Martín Sánchez, Círculo de lectores, 2013.

IMPRESIONES. JUGANDO A LA CRÍTICA CRÍTICA: 

  1. Veintidós años después de haberlo leído por primera vez, me sigue fascinando Larra, como hombre y como escritor. Sin duda es nuestro clásico más actual. No sé de ningún escritor en español cuya obra periodística sea comparable a la de él.
  2. Me sorprende que Julio Ramón Ribeyro no sea más reverenciado en los sagrados altares de la Literatura Hispanoamericana.
  3. Después de este año, Lydia Davis es muchísimo más que la ex de Paul Auster.
  4. Los libros de autoayuda me siguen pareciendo muy divertidos e inspiradores. Continuaré frecuentándolos.
  5. Será considerada literatura juvenil, pero la trilogía de Los juegos del hambre me parece una distopía a la altura de 1984 y Un mundo feliz.
  6. No exagero si digo que José Carlos Fernandes, el autor de La peor banda del mundo, es el António Lobo Antunes del mundo del cómic.
  7. La serie Asesino de Jacamon y Matz es “una obra maestra total, absoluta y definitiva”.
  8. Propongo incluir el Todo lo que era solido, de Muñoz Molina, en el listado de libros de lectura obligatoria para el Bachillerato. Casi da lo mismo la asignatura en la que se incluya, ayudaría muchísimo a la formación intelectual de personas decentes.
  9. Los Diarios de Uriarte me parecen casi tan buenos como dicen todos.
  10. Con el celebrado libro de Laurent Binet, HHhH, me pasa lo mismo que con los libros de Milan Kundera, con la excepción de La Broma, que sí me parece un novelón; están a medio camino entre una novela fallida y un fascinante y originalísimo ensayo. Binet, en concreto, aún habiéndome interesado mucho su libro, pienso que se quedó en las anotaciones previas a la novela, probablemente por hartazgo o impaciencia. Tratando de saber algo más sobre el escritor, recuerdo que en su día me llamaron poderosamente la atención, por pretenciosas, unas declaraciones suyas que leí por ahí; venía a decir que con su manera de novelar había intentado una alternativa a la novela histórica. Si es así, se trata de una intentona fallida.

Pequeñas obras maestras

Todos los años, desde que soy profesor, les propongo a mis alumnos un taller de microcuentos. Lo considero un buen ejercicio, una manera rápida y fácil de que escriban algo que les apetezca sin demasiadas complicaciones ni exigencias. Y sin pretensiones de ningún tipo, que es, en definitiva, como voy comprendiendo que salen bien las cosas. Lo mismo algún día me da por traer a estas páginas el sistema que aplico para ello, las instrucciones que les doy, las mínimas herramientas que se utilizan. Pero ahora no me quiero distraer con eso, porque no viene al caso.

 Lo que me apetece contar es que todos los años salen dos o tres microcuentos que me fascinan. Y aún más: que me deslumbran encantándome, de una manera que me hace sentir orgulloso y que durante un tiempo, no demasiado, hace que se me olviden algunos sinsabores diarios, el que dejan en la boca los sapos que nos comemos cada día todos los que nos dedicamos a este oficio.

 No sé cuántos microcuentos de alumnos tendré ya en mis archivos, nunca me ha dado por contarlos, pero sin duda son muchos. Algunos, malísimos; bastantes de ellos, regulares; pero otros, y no pocos, muy buenos, entre los que destacan dos o tres, o cuatro o cinco, o quizás más, que directamente me parecen  pequeñas genialidades, y hasta obras maestras de la literatura espontánea sin engreimiento. Y que me atrevo a comparar con lo mejor de un Monterroso, de un Max Aub, de una Luisa Valenzuela o de una Lydia Davis, por nombrar a cuatro de los autores que más me gustan en este terreno y mantener la paridad, dos hombres y dos mujeres.

 Es un género que me interesa especialmente, muy de moda en nuestra época. Pero también muy maltratado. Maltratado por algunos de sus más fervientes cultivadores, que los producen en serie, como churros; una aberración que comparte con el haiku y con determinada poesía de franquicia, que ni es haiku ni es poesía. Pues igual. Hay quienes todos los días se levantan y cometen dos o tres microcuentos, o algo que ellos dicen que es un microcuento. Y quien dice un microcuento dice un haiku o un poema. Y no es eso, claro. Pero tampoco me apetece deslizarme por el tobogán de la crítica literaria, que siempre pringa.

 Todo lo dicho hasta ahora no es más que un pretexto. En realidad lo que me propongo es colgar aquí tres de las mejores minificciones perpetradas por mis alumnos. Sucede que hoy he vuelto a revisar mis archivos y me he topado de nuevo con ellos, y resulta que me siguen gustando, más que antes, incluso.

 El primero de ellos, titulado Mi pata de jamón, lo escribió José Temblador, un alumno de 3º de ESO que no hacía absolutamente nada en clase, ni siquiera tomarse la molestia de abrir el cuaderno. Los exámenes siempre los dejaba en blanco. Supongo que no estaba suficientemente motivado. Se sentaba al final y se ponía a observar en silencio lo que ocurría a su alrededor, como si la cosa no fuera con él. Pero que no se te ocurriera tratar de motivarlo, porque la podía liar parda. Creo que este fue el único ejercicio que conseguí que hiciera en todo el año. Y además lo hizo en cinco minutos, lo que aumentó mi asombro. No sabría decir muy bien cómo ocurrió la cosa, pero de repente se incorporó en su silla, sacó el cuaderno y me dijo: “Agustín, esto sí lo voy a hacer”. Y lo hizo. Y mereció la pena.

 El segundo, titulado Una cena desagradable, me parece una pequeña joya del género fantástico. Lo hizo en clase Marta Moreno, de 2º de ESO, una alumna aplicada, bajita e introvertida, una de esas chicas que prefieren pasar desapercibidas por temor a destacar demasiado en un ambiente que puede resultarles hostil a poco que se descuiden. Fui su tutor en mi primer año de docencia, pero solo durante unos meses, de Septiembre a Febrero, si mal no recuerdo. Su padre pertenecía al cuerpo diplomático y fue destinado a Casablanca mediado el curso. Hace unos meses me la encontré en una librería y tuvo el desparpajo de saludarme. Fue ella la que inició la conversación; yo no la hubiera reconocido. Es increíble lo que cambian los alumnos de uno en tan solo seis o siete años. Ahora estudia medicina.

 El tercero, La bruja de mi madre, es de Adrián Ojeda, también de 2º de ESO, una de las mejores cabezas a las que le he dado clase. Curioso, lúcido, inquieto, inteligentísimo. Recuerdo que con él y con otros tres alumnos me atreví a participar aquel año en el concurso Es de Libros, con un trabajo sobre El Principito, que quedó muy bien aunque no llegáramos a ganar nada. A final de curso me regaló una figurita del Principito hecho con barro refractario que había mandado hacer para mí; una pieza única que tengo como oro en paño entre mi colección de fetiches. Nunca más lo he vuelto a ver, pero hace poco supe de él por un email que me envío otra antigua alumna, Cristina Benítez, que ahora es su novia. Me escribía porque se había acordado de mí hablando con su tía que, por esas cosas que pasan, resulta que es una de las limpiadoras del instituto en el que trabajo, y quería saludarme. “¿Te acuerdas de Adrián Ojeda?”, me pregunta, “Pues ahora somos novios y llevamos ya 3 años juntos. Él aprobó la selectividad el año pasado y ayer mismo acabó su primer año universitario estudiando Ingeniería Aeroespacial, estamos a la espera de alguna nota pero yo creo que las aprobará todas”. No sabe cuánto me alegro.

* * *

 MI PATA DE JAMÓN

 Era un día muy feliz para mí. Me  encontraba en el campo con mis amigos cuando me cogieron mis dueños y me metieron en un camión. No sabía adónde iba, pero cuando me di cuenta estaba en un matadero.

Me colocaron en una mesa y me arrancaron la pierna de cuajo. Yo grité:

-¡Dios! ¡Mi pierna!

Luego morí, pero se llevaron mi pata a unos grandes almacenes, la convirtieron en un gran jamón ibérico y triunfé por todo el mundo con mi sabor.

 José Temblador Márquez

 * * *

 UNA CENA DESAGRADABLE

 En la casa de los Rodríguez era un día especial porque estaba reunida toda la familia disfrutando de una cena.

De repente, la niña más pequeña de la familia, de unos cinco años de edad, dijo:

-Mi hermano se acaba de matar.

Se hizo un silencio. Cuando al fin reaccionaron le dijeron a la niña que no dijera tonterías y la sacaron del salón para calmarla y preguntarle por qué había dicho eso.

A la media hora sonó el teléfono. Era la policía. Habían encontrado a su hijo muerto en un accidente de coche.

Marta Moreno Martínez

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 LA BRUJA DE MI MADRE

Aunque ella me obligaba a llamarla mamá, siempre pensé que había sido adoptado por aquella bruja.

 Mis hermanos y yo le teníamos miedo; más que miedo, pavor. Era horrorosamente fea: desde su estropajoso pelo hasta sus encallecidos pies y más vieja que Matusalén. Pero lo peor de ella era su espantosa risa diabólica. Cada vez que se reía se nos helaba la sangre y se nos erizaban los pelos. Aquella risa nos perforaba los tímpanos y retumbaba en nuestras mentes durante horas.

 Nos obligaba a hacer toda clase de trabajos forzados, pero lo peor de todo eran las interminables faenas de la casa. Y mientras nosotros realizábamos las tareas del hogar, ella se encerraba sola en su habitación. Durante largas horas todo se quedaba en silencio; sospechábamos que se dedicaba a sus tretas de brujería.

 Cierto día me armé de valor y decidí espiarla. Mientras estaba encerrada en su habitación, entreabrí la puerta silenciosamente y me quedé perplejo al observar que estaba trabajando en el ordenador bajo montañas de papeles.

 Solo cuando me hice mayor lo comprendí todo. Nos obligaba a realizar las tareas de la casa para que estuviéramos preparados para el futuro.

 Adrián Ojeda López

 

 

Señales exteriores de pobreza

El chaval que llama a tu puerta, a la hora de la siesta, con un barco lleno de dulces y te cuenta que en la pastelería donde los hacen están dispuestos a darle 20 € por cada 60 que sea capaz de vender.

 La vecina del pueblo en el que trabajas, y a la que ves a diario, a eso de las once y media, durante el desayuno, salir de su casa y pasearse por las calles anunciando su labor: “Nuevo zapatero en Wada”, dice más o menos. “Se recogen y arreglan zapatos. De puerta en puerta voy recogiendo zapatos para arreglar… Nuevo zapatero en Wada…”

 La señora que llama a tu puerta ofreciendo “ropa usada, pero nueva, nueva, de este verano, a 1 € la prenda”. Por sacar algo pa’ comer, te dice.

 La visita de tu suegra al Instituto, en calidad de presidenta de SOJE (Solidaridad Jerezana), acompañada del secretario, que se te meten en el despacho para solicitar oficialmente la colaboración del Centro en la próxima campaña de recogida de alimentos para las familias sin recursos de la ciudad; cientos, al parecer; muchas de ellas de aquí, de Wada. Lógicamente dices que sí.

 El anciano al que te encuentras delante de la puerta con una bolsa del Mercadona pidiéndote no dinero, sino comida, en lo que insiste con algunos ejemplos que ilustren su petición: “una bolsa de macarrones, por ejemplo, un litro de leche aunque sea…”

 El listado que te ponen encima de la  mesa, con los nombres y apellidos de los alumnos cuyas familias se encuentran en situación de riesgo social, sin ninguna clase de ingresos desde hace meses, y que sobreviven gracias a las ayudas que ofrecen ONGs como Cáritas, Madre Coraje, SOJE o el comedor de El Salvador. “Para que lo tengáis en cuenta por si notáis que los chavales empiezan a flojear en los estudios”, me dicen.

 El cartel que viste pegado el viernes en la puerta del Instituto, según el cual el Ayuntamiento de Wada ha decidido ayudar, a toda aquella persona que lo desee, en la tramitación de la documentación necesaria para buscar trabajo en Francia, Bélgica y Holanda.

 La explosión de alegría con la que  S recibe la noticia de que J ha entrado a formar parte del listado de las 433 personas a las que el Ayuntamiento contratará durante tres meses dentro del Plan contra la Exclusión Social. “Ahora mismo es como si me hubiese tocado la lotería”, me dice.

 El escepticismo que una alumna del PDC muestra ante la posibilidad de que podamos recoger los frutos del huerto que venimos cultivando desde principios de curso en el Instituto. Ahora mismo tenemos plantadas habas, lechugas y rábanos. Y nada hace prever que se vaya a echar a perder la cosecha. Pero eso no es lo que a ella le preocupa. “Que no, Agustín”, me dice, como queriendo desengañarme, “si todo esto lo van a robar en cuanto esté bueno…” Y añade: “como no hay gente pasando hambre…”

 Luego uno escucha la radio o lee el periódico y resulta que hay quienes ven signos claros de recuperación económica en el país.

La Educación a debate

Durante varias semanas me han estado rondando desde una emisora de radio local para que participara en un coloquio sobre Educación. “La Educación a debate”. Interesante y sugerente título. Trillada fórmula. Por saturación, por exceso de trabajo, por motivos de huelga, por imposibilidad, les he venido diciendo que no podía ser, que quizá más adelante, que puede que en otra ocasión, en otra semana. Pretendían que fuera con dos o tres compañeros más a hablar sobre la enseñanza, ese tema que preocupa a todos, del que todo el mundo tiene formada una opinión, sobre todo los intelectuales, que nunca dejan escapar la ocasión para aportar sencillas soluciones nunca antes vislumbradas; sobre todo los políticos, tan aficionados a legislar sobre enseñanza que cada seis o siete años se sacan una nueva ley orgánica con toda su parafernalia de decretos, órdenes, circulares e instrucciones precisas.

 Ayer me volvieron a insistir y pronuncié el definitivo no. Sencillamente no es posible. Y así lo expuse,  explicando la situación con argumentos incontestables, los de verdad: un centro que ahora mismo tiene dos profesores de baja sin sustitución no se puede permitir la ausencia de tres o cuatro profesores más, ni siquiera durante un par de horas. Sería una locura.

 Aunque he notado cierta exasperación en el tono de mi interlocutor a medida que se desarrollaba la conversación por teléfono, en todo momento se ha mostrado correcto. Digamos que lo comprendía. Cómo no… Pero aún así he creído notar un deje de descrédito en la seriedad con que ha pronunciado las últimas frases, ya despidiéndose; no sé… cierto desdén, cierto desprecio, que se ha vuelto casi insulto en la urgencia con que se ha precipitado hacia el adiós, en la prisa que se ha dado en colgar. Quizá ultrajado por mi negativa, seguramente ofendido o decepcionado. Él, que quizá pretendía avivar el debate sobre educación a nivel local. Él, que solo trataba de aportar su granito de arena, buscar soluciones, arrimar el hombro, hacer que se entienda la gente. Pero no hay nada que hacer, se habrá dicho. Y fantaseo e imagino que por un momento, como todos alguna vez, se habrá dejado vencer por el desánimo. ¡Bienvenido!

 

Principio de incompetencia

Sin temor a caer en el desánimo, y mucho menos en la auto indulgencia, sin gloria ni vanidad me atrevo a decir que todos los días corro el riesgo de convertirme en ejemplo paradigmático de aquello que enunció, tan brillantemente, Laurence J. Peter:

“En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia” .

Que el tipo fuera, además, catedrático de ciencias de la educación no me tranquiliza nada.

Todo un proyecto literario

Tres y veinte de la madrugada. Aun agotado por el insomnio, se me ocurre recurrir al IPad y tomar nota de mi última ocurrencia literaria, todo un proyecto que llevaré a cabo o no, seguramente no, pero del que quiero dejar constancia escrita para que no se me olvide. ¡Qué bien estaría, me digo, ir registrando mediante breves anotaciones, no carentes de sana ironía, las insensateces que se te ocurran al hilo de los problemones que se te van presentando en tu nueva etapa profesional, en este lío en el que te has metido!

Cada dos o tres días se me ocurre un nuevo proyecto literario que después no llevo a cabo, entre otras cosas porque nunca anoto la idea y se me acaba olvidando. Pero no todos cuentan con la ventaja de este. La matería prima de la que está hecho me provoca insomnio… ¡Qué suerte!, me digo, podrás escribir por las noches, sin nadie que te interrumpa… Como Kafka.

Así se escribe la Historia

Lou Reed

No sé por qué me sorprende tanto, pero la verdad es que me sorprende. O más bien me sigue sorprendiendo. Ahora que han muerto, con muy pocos días de diferencia, Lou Reed y Manolo Escobar, me asombran algunos comentarios de gente a la que me gusta catalogar como “de la generación de mis padres”. Así es como me gusta referirme a ellos. La generación de mis padres. La gente que nació, más o menos, hacia principios de los años cuarenta. Aunque, en fin, la cosa puede alargarse hasta casi 1955. Esos son, quizá, los quince años en los que yo sitúo, caprichosamente, sus nacimientos. Mi padre, por ejemplo, es del 45. Mi madre lo fue del 48.

Lo que me sorprende es la capacidad para inventarse un pasado falso. Ignoro si se trata de una constante histórica, pero sospecho que no. Más bien creo que es una seña de identidad propia de esa generación. Una característica propia de esa quinta. Gente a la que le gusta creerse lo que nunca pasó. Gente que disfruta elevando a categoría general experiencias personales muy concretas. Gente que cuando rememora asuntos personales hace Historia. Son los auténticos cronistas de una época que no existió. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la escasa élite cultivada. Al intelectual de turno que recuerda, inventando, sus años de juventud: años de lucha antifascista, por ejemplo. Contra Franco. Años de rebeldía, en una palabra. Años contestatarios. Esos años en los que, según ellos, la gente de su generación, que es la de mis padres, escuchaban con entusiasmo frenético a Lou Reed. Y quien dice Lou Reed dice Bob Dylan o dice Leonard Cohen o dice Van Morrison. Claro…

Y la cosa es que, por más que intento imaginármelo, me resulta imposible concebir a mis padres escuchando a Lou Reed. Ni a mis padres ni al vecino del quinto, que tiene sesenta y tantos. Como mucho, como mucho, escuchaban a Cecilia, que a lo mejor sí que había escuchado a Lou Reed.

Así se escribe la Historia. Ahora dicen algunos que lo que escuchaban los jóvenes de los años 70 era a Lou Reed, cuando a quien oían realmente era a Manolo Escobar.

Manolo Escobar