Ajedrez, o el arte de aprender a perder

Resulta que he iniciado en el Instituto una especie de taller de ajedrez con la única intención de fomentar entre la chavalería la afición por este juego que siempre me ha interesado. Como algunos días, durante el recreo, no salgo a desayunar, pues me he dicho que echarme unas partidas con algunos alumnos puede ser una saludable forma de pasar el rato. Eso sí, sin tonterías seudopedagógicas. Nada de planificación. Nada de programa. Ni objetivos ni contenidos ni procedimientos ni actitudes, por favor. En absoluto ese ripio del ajedrez como recurso educativo innovador a estas alturas. Pamplinas, las mínimas. Todo simple: un tablero, sesenta y cuatro escaques, treinta y dos piezas y dos jugadores valiéndose de su ingenio y de su astucia para vencer al contrario en singular batalla.

Ahora bien, aunque aún estamos muy en los inicios, vengo observando, con preocupación creciente, que algunos jovencitos están poco duchos en el noble arte de perder, tan necesario y útil en la vida, por otra parte.

¿Por qué es esto así? ¡Ah, gran pregunta! Una cuestión que algún día espero que sepan respondernos esos educadores irresponsables que durante años han venido convenciendo al personal de que en la vida está muy feo eso de competir porque se crean traumas profundos que luego ellos, como los hábiles psicopedagogos que son, han de tratar en el gabinete.

Muy al contrario, lo que trato de inculcarle a los chavales que juegan conmigo es una idea muy simple y a la vez muy sencilla de entender. Al jugador que tenemos delante, queridos niños, hemos de respetarlo en todo momento sin olvidar que debemos ser, a la vez y sin sentimentalismos, implacables con él. Porque así es el ajedrez. Un juego entre caballeros, pero un juego muy serio. Y tal y como dijo alguien de cuyo nombre ahora mismo no me acuerdo, probablemente el deporte más violento que existe. Y está bien que así sea porque ojalá toda violencia fuera como la que practicamos con esas dieciséis piezas que nos tocaron en suerte.

Se juega al ajedrez para pasar el rato y para tratar de vencer en la partida. Y si esto no ocurre, no pasa nada, nos echamos otra y en paz. Y al adversario se le da la mano al final del juego porque es la tradición y la manera de respetarnos como jugadores, conscientes siempre de que en alguna ocasión todos seremos vencedores y vencidos.

Ajedrez

* El ajedrez es un juego de ingenio, lógica y concentración que atrajo la atención de numerosos estrategas militares en la antigüedad. Es famosa la leyenda que habla de su origen. Los árabes lo introdujeron en Europa merced a la expansión del Islam que conquistaría la península Ibérica allá por el año 711, aunque también se difundió desde la India y a través de Rusia hacia el año 850. El presunto inventor de este juego, según los árabes, fue Sessa, el visir del rajá Check Rama, y su intención fue tan lúdica como inteligente, pues le demostró al rajá que el soberano (en el juego el rey, aunque la más poderosa, la más débil de las piezas), en toda circunstancia necesita del pueblo (los peones) para gobernar frente a sus enemigos. Y tanto le gustó al Check Rama el invento de su visir que decidió recompensarlo otorgándole lo que él quisiera. Aquí volvió a demostrar su ingenio Sessa, que le pidió que le diera un grano de trigo por la primera casilla o escaque del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta, y así sucesivamente en una progresión geométrica hasta completar los 64 escaques del tablero. Al rajá le pareció una petición modesta y se la concedió, quizá sin comprender que la estrategia del visir lo convertía en el hombre más rico del reino, y lo endeudaba a él de por vida, pues la suma total era desorbitada; sólo en la casilla 64 el número de granos acumulados ascendía a 18.446.774.073.709.551.615 granos. Misterios del ajedrez y las matemáticas e ingenio de los hombres.

El rey de Castilla Alfonso X el Sabio fue un gran aficionado a este juego, y de sus talleres salió en 1283 el Libro de axedrez, dados e tablas, que es la más importante obra que se conserva de la Edad Media sobre tales juegos, además de ser la primera obra que cimenta lo que luego será el moderno ajedrez de estrategias, celadas y problemas. Otra curiosidad sobre el mundo inabarcable del ajedrez es la que se refiere a su evolución, pues no siempre se jugó como en la actualidad. En tiempos de Alfonso X se jugaba de acuerdo con las normas árabes, según las cuales la reina y el alfil avanzaban sólo una casilla en su movimiento. No sería hasta los ss. XVI y XVII cuando se comienzan a introducir cambios en el juego. La reina se convierte en la pieza más poderosa en cuanto a movimiento, el alfil avanza tantas casillas como desee o le permita la posición en movimiento oblicuo, al peón se le permite iniciar su salida con dos pasos, y se introducen dos jugadas revolucionarias, el peón al paso y el enroque.

Ajedrez - histórico

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* Publicado en Agustín Celis, Historias Curiosas, Ed. Añil, Madrid, 2001

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Amadeus

De vez en cuando, en alguna que otra ocasión, pero con una frecuencia creciente, le permito a mi hijo Darío, que ahora tiene 10 años, leer algún libro (a lo que empieza a ser muy aficionado) no del todo adecuado para su edad, o incluso ver alguna película (a lo que aún es más aficionado) directamente no recomendada para un niño de tan pocos años. Soy consciente de que esto es casi anatema en la época ñoña que nos ha tocado en suerte. De enterarse, sé que más de un pedagogo santurrón, de los que tanto abundan hoy día, afearía severamente mi conducta y recriminaría con rigor evangelizador mi irresponsable proceder. Pero qué quieren, estoy tan en contra de toda forma de mojigatería, incluso de la más aceptada y bien vista, que me he visto obligado a elaborar una forma propia de emboscadura que amortigüe un poco el avance paralizador del pensamiento melindroso y pacato que amenaza a diario con convertirnos a todos en individuos formalmente ecuánimes, escrupulosos, ingenuos y definitivamente idiotas.

Así las cosas, una de las estrategias que suelo seguir a la hora de educar a mis hijos consiste en no encerrarlos en una burbuja de felicidad entontecedora; en no privarlos del (por otra parte) inevitable contacto con lo inquietante cuando es una ficción quien lo procura; en no protegerlos en exceso del desasosiego quimérico, no real, que produce la cercanía de lo abominable en una invención de los hombres; y, sobre todo, en no negarles el necesario conocimiento que toda persona, saludablemente formada, debe tener del miedo que produce la fantasía. Y no solo del miedo; en general de todo aquello que puede amenazar con herirnos, y de cuya verdad las ficciones dan buena cuenta: las mentiras, los engaños, lo tenebroso, lo cruel, lo amenazador, lo siniestro.

Creo que es bueno no engañar a los niños sobre este punto capital de la existencia. Y en ese sentido la ficción, en todas sus variadas formas, puede resultar una aliada imprescindible. Se trata, en cierta manera, de otorgarles una manera de protegerse de la realidad; de aprender a protegerse de ella; de percibirla a través de otros y vivirla por medio de un personaje interpuesto. Vicariamente. Porque a los niños les ayuda mucho percibir los peligros del mundo a través de la experiencia de otros, para así aprender a asumirlos serenamente, sin la tragedia y la inseguridad que da el sufrirlos en carne propia. Con la experiencia pausada que da el saber que el contagio que nos provoca la ficción suele ser temporal, pero el conocimiento que nos aporta es siempre duradero.

De modo que esta noche le voy a permitir a Darío que vea conmigo Amadeus, esa obra maestra total, absoluta y definitiva que hizo Milos Forman en 1984 con ese pedazo de actor que es Fahrid Murray Abraham en el papel de Salieri, y que en esta maravilla del séptimo arte se sale del cuerpo y de la pantalla para hacer realidad un personaje (ficticio, vale; sin relación alguna con la realidad, de acuerdo) que encarna el concepto de perversidad en todas sus variadas e intercambiables formas; las de la adulación, la mendacidad, la envidia, la cruel venganza, la ambición sin límites…

No sé si Darío sabrá captar esta noche todo lo que en la ficción de Amadeus hay de verdad y de terrible, pero quiero creer que, más allá de la historia dramática que la película nos cuenta, algo comprenderá de cuanto expone sobre algunos de los peligros del mundo.

AMADEUS

* Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) escribió su Réquiem por encargo del conde Walsegg zu Stuppach, quien desde hacía tiempo admiraba su talento. A principios de 1791 murió la mujer del conde y, sabiendo las penurias económicas y la terrible enfermedad que acuciaba al músico, le encargó una misa de Réquiem. Esta obra, la más inquietante y misteriosa de Mozart, siempre ha estado envuelta con un halo de leyenda sin duda propiciada por el oscuro interés que escondía el encargo del conde Walsegg.

Este ricohombre, aficionado a la música, tenía a su servicio a un criado llamado Leutgeb para las cuestiones musicales. Este solía contactar con compositores afamados para encargarles, previo pago de una suculenta cantidad, alguna obra que después el conde de Stuppach se encargaba de copiar de su puño y letra, y que más tarde publicaba y mandaba ejecutar como si fuesen suyas. El contrato se llevaba a cabo en el más absoluto secreto. Tal era así que Leutgeb aparecía embozado en una oscura capa para que nadie pudiera reconocerlo y relacionarlo con su amo. De tal manera que cuando llamó a la puerta del enfermo Mozart con tal encargo y tales pintas a este se le pasó por la cabeza la imagen de la propia Muerte que le encargaba una misa por su propia y desdichada alma. Por supuesto aceptó el encargo y exigió el precio: cincuenta ducados. El visitante nocturno satisfizo la demanda e impuso las  condiciones: un mes de plazo, la renuncia a la obra y la promesa de que nunca, bajo ningún pretexto, trataría de averiguar la identidad de su acreedor. Y Mozart no tuvo más remedio que aceptar, su situación era lamentable.

Por aquel entonces, poco antes de su muerte, se encontraba cargado de deudas, enfermo de una dolencia renal crónica, agotado por el excesivo trabajo a que se sometía y sobre todo trastornado por los efectos de una gran depresión nerviosa. Necesitaba el dinero desesperadamente. Además, quería enviar a su mujer Constanze a Baden  para que cambiara de aires. Lo necesitaba.

Mozart no terminó la obra en un mes y pidió al emisario un nuevo plazo de entrega que le fue concedido. Poco a poco fue escribiendo cada una de las partes de su obra: el “Réquiem Aeternam”, el “Dies Irae”, el “Kyrie Eleison”, el “Domine Jesu”, etc., pero no llegó a completar su propósito de ver incluida en la obra toda su portentosa visión del Juicio Final. La completaría a su muerte su discípulo Franz Xavier Süssmayr.

Mozart murió el 5 de diciembre de 1791, y tras su muerte las partituras del Réquiem fueron entregadas al conde Walsegg, que como solía hacer se las adueñó y dos años más tarde hizo que se ejecutaran con su nombre.

Lo que hoy es el famoso Réquiem de Mozart es probable que fuese el famoso Réquiem de Walsegg si Constanze Mozart no su hubiese convertido a la muerte de su esposo en una imprescindible difusora de la obra de este. Por las mismas fechas en las que Walsegg estrenaba la obra en Wiener-Neustadt, Constanze la estrenaba en Viena incumpliendo el acuerdo de su marido con el conde.

Mozart

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* Publicado en Agustín Celis, Historias Curiosas, Ed. Añil, Madrid, 2001

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Otra vez Jack

Subyugado estos días por la lectura pausada de la novela gráfica From Hell, de Alan Moore y Eddie Campbell, me ha dado por rescatar un viejo texto que escribí hace años y que, como es recomendable hacer con lo ya hecho y publicado, me niego a retocar pese a cualquier error, omisión o inexactitud que pudiera contener.

FROM HELL

Pocos asesinos en serie han llegado a tener la notoriedad legendaria de la que aún hoy día goza Jack el Destripador. Su historia está envuelta en el más oscuro secreto, y la esperanza de descubrir su identidad parece que ha sido finalmente desestimada. Actuó en el otoño de 1888, y creó un estado de auténtico pánico colectivo en la población de la zona este de Londres, la más pobre y abyecta de la ciudad. Limitó su campo de acción a una zona de 2,6 kilómetros que comprendía Whitechapel, Stepney y la City de Londres, y asesinó a un total de cinco mujeres, todas prostitutas, aunque se ha llegado a decir que fueron unas ocho e incluso más.

Mary Ann Nicholls, Annie Chapman, “Long Liz” Stride, Kate Eddowes y Mary Kelly han pasado a la historia y a los libros como las víctimas de uno de los más sanguinarios criminales de todos los tiempos. Murieron degolladas, y sus cuerpos fueron rigurosamente desmembrados, posiblemente con un escalpelo, lo que hizo sospechar a los agentes de Scotland Yard que el asesino poseía bastantes conocimientos médicos. Todas ellas fueron  destripadas por la madrugada y salvo la última, Mary Kelly, cuyo cadáver fue hallado en su propia habitación, todas encontraron la muerte en oscuros callejones de la ciudad. Jack el Destripador consiguió pasar totalmente desapercibido entre aquel ambiente, lo que sorprende tanto más cuanto que los cirujanos de la época llegaron a estimar que la mutilación a la que Jack sometía los cuerpos requería en todos los casos más de una hora de precisa operación.

¿Cómo es posible que nadie viera nada en aquel Londres en continuo estado de alerta? Se ha llegado a sospechar que por alguna razón no del todo descubierta, las autoridades competentes prefirieron silenciar el caso, no dar nombres, archivar la investigación bajo aquel apodo de Jack el Destripador, cuya última salida se produjo el nueve de noviembre de 1888, apenas tres meses después de su primer crimen.

¿Cuál era la razón de este silencio? ¿Qué secreto se escondía detrás de la identidad del asesino de Whitechapel? ¿De verdad no dejó ningún rastro, ningún indicio en ninguna de sus actuaciones sobre el que construir una investigación fiable? Al parecer sólo se descubrió una única pista. Junto al cadáver de la cuarta víctima, Kate Eddowes, se halló un reguero de sangre que se extendía hasta una pared en la que una mano había escrito con yeso el siguiente lema: “Los judíos no tienen la culpa”, lo que sirvió para crear toda una serie de especulaciones sobre la preferencia religiosa del asesino, pero nada más, ya que no se estudió “in situ” este escrito. Curiosamente, y por alguna extraña razón que nadie llega a explicarse, el jefe de la policía de Scotland Yard, Charles Warren, ordenó que borraran aquella frase en el mismo momento en que se encontró el cuerpo de la víctima. ¿Qué misterioso porqué se ocultaba tras esta negligencia policial?

El caso fue cerrado inconcluso hasta 1992, año en que volvió a abrirse para solo hallar en él meras especulaciones, aunque no carentes de interés.  Entre los principales sospechosos se hallaban el abogado Montague John Druitt, cuyo cadáver fue encontrado en el río Támesis pocos días después del último asesinato; el doctor Neill Cream, que finalmente fue hallado culpable de otro asesinato y que en el momento de ser ahorcado pronunció la famosa confesión “Yo soy Jack el…”; James T. Maybrick, un loco comerciante de Liverpool que acabó sus días a manos de su mujer; Nathan Kaminsky, un judío polaco, misógino y demente que murió de sífilis en un manicomio en 1889; y por último tres altas personalidades de la Inglaterra de la época; Sir William Gull, médico personal de la reina Victoria; James K. Stephen, tutor personal del príncipe Albert Víctor; y el propio príncipe Albert, duque de Clarence, hijo del príncipe de Gales y segundo en la línea sucesoria al trono, quien desde su nacimiento y hasta su muerte sufrió de demencia.

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Publicado en Agustín Celis, Historias Curiosas, Ed. Añil, Madrid, 2001

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