Amadeus

De vez en cuando, en alguna que otra ocasión, pero con una frecuencia creciente, le permito a mi hijo Darío, que ahora tiene 10 años, leer algún libro (a lo que empieza a ser muy aficionado) no del todo adecuado para su edad, o incluso ver alguna película (a lo que aún es más aficionado) directamente no recomendada para un niño de tan pocos años. Soy consciente de que esto es casi anatema en la época ñoña que nos ha tocado en suerte. De enterarse, sé que más de un pedagogo santurrón, de los que tanto abundan hoy día, afearía severamente mi conducta y recriminaría con rigor evangelizador mi irresponsable proceder. Pero qué quieren, estoy tan en contra de toda forma de mojigatería, incluso de la más aceptada y bien vista, que me he visto obligado a elaborar una forma propia de emboscadura que amortigüe un poco el avance paralizador del pensamiento melindroso y pacato que amenaza a diario con convertirnos a todos en individuos formalmente ecuánimes, escrupulosos, ingenuos y definitivamente idiotas.

Así las cosas, una de las estrategias que suelo seguir a la hora de educar a mis hijos consiste en no encerrarlos en una burbuja de felicidad entontecedora; en no privarlos del (por otra parte) inevitable contacto con lo inquietante cuando es una ficción quien lo procura; en no protegerlos en exceso del desasosiego quimérico, no real, que produce la cercanía de lo abominable en una invención de los hombres; y, sobre todo, en no negarles el necesario conocimiento que toda persona, saludablemente formada, debe tener del miedo que produce la fantasía. Y no solo del miedo; en general de todo aquello que puede amenazar con herirnos, y de cuya verdad las ficciones dan buena cuenta: las mentiras, los engaños, lo tenebroso, lo cruel, lo amenazador, lo siniestro.

Creo que es bueno no engañar a los niños sobre este punto capital de la existencia. Y en ese sentido la ficción, en todas sus variadas formas, puede resultar una aliada imprescindible. Se trata, en cierta manera, de otorgarles una manera de protegerse de la realidad; de aprender a protegerse de ella; de percibirla a través de otros y vivirla por medio de un personaje interpuesto. Vicariamente. Porque a los niños les ayuda mucho percibir los peligros del mundo a través de la experiencia de otros, para así aprender a asumirlos serenamente, sin la tragedia y la inseguridad que da el sufrirlos en carne propia. Con la experiencia pausada que da el saber que el contagio que nos provoca la ficción suele ser temporal, pero el conocimiento que nos aporta es siempre duradero.

De modo que esta noche le voy a permitir a Darío que vea conmigo Amadeus, esa obra maestra total, absoluta y definitiva que hizo Milos Forman en 1984 con ese pedazo de actor que es Fahrid Murray Abraham en el papel de Salieri, y que en esta maravilla del séptimo arte se sale del cuerpo y de la pantalla para hacer realidad un personaje (ficticio, vale; sin relación alguna con la realidad, de acuerdo) que encarna el concepto de perversidad en todas sus variadas e intercambiables formas; las de la adulación, la mendacidad, la envidia, la cruel venganza, la ambición sin límites…

No sé si Darío sabrá captar esta noche todo lo que en la ficción de Amadeus hay de verdad y de terrible, pero quiero creer que, más allá de la historia dramática que la película nos cuenta, algo comprenderá de cuanto expone sobre algunos de los peligros del mundo.

AMADEUS

* Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) escribió su Réquiem por encargo del conde Walsegg zu Stuppach, quien desde hacía tiempo admiraba su talento. A principios de 1791 murió la mujer del conde y, sabiendo las penurias económicas y la terrible enfermedad que acuciaba al músico, le encargó una misa de Réquiem. Esta obra, la más inquietante y misteriosa de Mozart, siempre ha estado envuelta con un halo de leyenda sin duda propiciada por el oscuro interés que escondía el encargo del conde Walsegg.

Este ricohombre, aficionado a la música, tenía a su servicio a un criado llamado Leutgeb para las cuestiones musicales. Este solía contactar con compositores afamados para encargarles, previo pago de una suculenta cantidad, alguna obra que después el conde de Stuppach se encargaba de copiar de su puño y letra, y que más tarde publicaba y mandaba ejecutar como si fuesen suyas. El contrato se llevaba a cabo en el más absoluto secreto. Tal era así que Leutgeb aparecía embozado en una oscura capa para que nadie pudiera reconocerlo y relacionarlo con su amo. De tal manera que cuando llamó a la puerta del enfermo Mozart con tal encargo y tales pintas a este se le pasó por la cabeza la imagen de la propia Muerte que le encargaba una misa por su propia y desdichada alma. Por supuesto aceptó el encargo y exigió el precio: cincuenta ducados. El visitante nocturno satisfizo la demanda e impuso las  condiciones: un mes de plazo, la renuncia a la obra y la promesa de que nunca, bajo ningún pretexto, trataría de averiguar la identidad de su acreedor. Y Mozart no tuvo más remedio que aceptar, su situación era lamentable.

Por aquel entonces, poco antes de su muerte, se encontraba cargado de deudas, enfermo de una dolencia renal crónica, agotado por el excesivo trabajo a que se sometía y sobre todo trastornado por los efectos de una gran depresión nerviosa. Necesitaba el dinero desesperadamente. Además, quería enviar a su mujer Constanze a Baden  para que cambiara de aires. Lo necesitaba.

Mozart no terminó la obra en un mes y pidió al emisario un nuevo plazo de entrega que le fue concedido. Poco a poco fue escribiendo cada una de las partes de su obra: el “Réquiem Aeternam”, el “Dies Irae”, el “Kyrie Eleison”, el “Domine Jesu”, etc., pero no llegó a completar su propósito de ver incluida en la obra toda su portentosa visión del Juicio Final. La completaría a su muerte su discípulo Franz Xavier Süssmayr.

Mozart murió el 5 de diciembre de 1791, y tras su muerte las partituras del Réquiem fueron entregadas al conde Walsegg, que como solía hacer se las adueñó y dos años más tarde hizo que se ejecutaran con su nombre.

Lo que hoy es el famoso Réquiem de Mozart es probable que fuese el famoso Réquiem de Walsegg si Constanze Mozart no su hubiese convertido a la muerte de su esposo en una imprescindible difusora de la obra de este. Por las mismas fechas en las que Walsegg estrenaba la obra en Wiener-Neustadt, Constanze la estrenaba en Viena incumpliendo el acuerdo de su marido con el conde.

Mozart

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* Publicado en Agustín Celis, Historias Curiosas, Ed. Añil, Madrid, 2001

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